Oyarbide, otro que apuesta a la victimización
La pretensión del exjuez Norberto Oyarbide de orientar el relato de los hechos con vistas a mejorar su situación mediante el pasaje de la condición de cómplice a la condición de víctima resulta de un cinismo que asombra, aunque no deja de echar luz sobre la manipulación de la justicia sin la cual el accionar de la “asociación ilícita” que es acusado de haber constituido el gobierno anterior no habría sido posible.
La continua fuente de sorpresas que ha sido desde su inicio la causa de los “cuadernos de la corrupción” ha alumbrado una pieza particularmente notable con la irrupción del exjuez Norberto Oyarbide, quien luego de haber tomado su indagatoria con una liviandad propia de un bromista pasó a denunciar a quienes le “apretaron el cogote para sacar las causas de los Kirchner”, para terminar ingresando de lleno en el terreno de una autovictimización farsesca e inverosímil. La pretensión de orientar el relato de los hechos con vistas a mejorar su situación mediante el pasaje de la condición de cómplice a la condición de víctima, análoga a la estrategia procesal de los empresarios “arrepentidos”, resulta en su caso de un cinismo que asombra, aunque no deja de echar luz sobre la desaforada manipulación de la justicia sin la cual el accionar de la “asociación ilícita” que es acusado de haber constituido el gobierno anterior no habría sido posible.
Los servicios que prestó Oyarbide a las administraciones de Néstor y Cristina Kirchner, como antes lo había hecho con la de Carlos Menem, son innumerables. Y no se agotan en el sobreseimiento exprés en la causa por enriquecimiento ilícito de 2009 (pese a la admisión de un crecimiento patrimonial del 158 por ciento de un año para otro), sino que incluyen resoluciones que de una u otra forma beneficiaron a Amado Boudou, a Ricardo Jaime, al número dos de Carlos Zannini y a los involucrados en investigaciones pesadas, como la mafia de los medicamentos o las casas sin construir de la Fundación Madres de Plaza de Mayo.
La contraprestación obvia fue la protección a rajatabla que el kirchnerismo le brindó ante cada pedido de juicio político que llegaba al Consejo de la Magistratura. Pero también existió siempre la sospecha de que su afinidad con el oficialismo de entonces se vinculaba con su propio crecimiento patrimonial, motivo de una acusación por enriquecimiento ilícito que sigue su curso a pesar de su jubilación, tan controvertida por haber sido resultado de un acuerdo nada virtuoso con el gobierno de Mauricio Macri.
Más allá de sus idas y vueltas, ahora Oyarbide parece pretender hacerle creer a la sociedad que sus favores al kirchnerismo le fueron arrancados por la fuerza, lo que de inmediato abre la pregunta de cuál era el instrumento con el cual le “apretaban el cogote”. Esto es, cuál era la vulnerabilidad que permitía que fuera un objeto de extorsión de personajes como Jaime Stiuso, en los tiempos en que todavía operaba al servicio de quienes luego “descubrirían” que era un sujeto nefasto. Porque la posibilidad de hacerlo fallar invariablemente de acuerdo con sus intereses es seguramente la razón por la cual los Kirchner protegieron y aseguraron la permanencia en el cargo de un juez totalmente desprestigiado desde la presidencia, que ellos tanto reprobaban, de Carlos Menem.
Desde luego, la línea de defensa de Oyarbide es inaceptable. Un juez permeable a las presiones del poder político no es digno del cargo, y de haber sufrido algún tipo de extorsión, el no haberla denunciado lo convierte automáticamente en cómplice. Pero de cualquier forma, queda claro, por confesión de uno de sus protagonistas centrales, que la corrupción de la “década ganada” tenía una “pata judicial” bien afirmada, que tenía en Oyarbide a uno de sus exponentes más groseros y representativos, pero ha dejado un legado que lo trasciende, y con el que habrá que seguir lidiando en los tiempos por venir.
Los servicios que prestó Oyarbide a las administraciones de Néstor y Cristina Kirchner, como antes lo había hecho con la de Carlos Menem, son innumerables. Y no se agotan en el sobreseimiento exprés en la causa por enriquecimiento ilícito de 2009 (pese a la admisión de un crecimiento patrimonial del 158 por ciento de un año para otro), sino que incluyen resoluciones que de una u otra forma beneficiaron a Amado Boudou, a Ricardo Jaime, al número dos de Carlos Zannini y a los involucrados en investigaciones pesadas, como la mafia de los medicamentos o las casas sin construir de la Fundación Madres de Plaza de Mayo.
La contraprestación obvia fue la protección a rajatabla que el kirchnerismo le brindó ante cada pedido de juicio político que llegaba al Consejo de la Magistratura. Pero también existió siempre la sospecha de que su afinidad con el oficialismo de entonces se vinculaba con su propio crecimiento patrimonial, motivo de una acusación por enriquecimiento ilícito que sigue su curso a pesar de su jubilación, tan controvertida por haber sido resultado de un acuerdo nada virtuoso con el gobierno de Mauricio Macri.
Más allá de sus idas y vueltas, ahora Oyarbide parece pretender hacerle creer a la sociedad que sus favores al kirchnerismo le fueron arrancados por la fuerza, lo que de inmediato abre la pregunta de cuál era el instrumento con el cual le “apretaban el cogote”. Esto es, cuál era la vulnerabilidad que permitía que fuera un objeto de extorsión de personajes como Jaime Stiuso, en los tiempos en que todavía operaba al servicio de quienes luego “descubrirían” que era un sujeto nefasto. Porque la posibilidad de hacerlo fallar invariablemente de acuerdo con sus intereses es seguramente la razón por la cual los Kirchner protegieron y aseguraron la permanencia en el cargo de un juez totalmente desprestigiado desde la presidencia, que ellos tanto reprobaban, de Carlos Menem.
Desde luego, la línea de defensa de Oyarbide es inaceptable. Un juez permeable a las presiones del poder político no es digno del cargo, y de haber sufrido algún tipo de extorsión, el no haberla denunciado lo convierte automáticamente en cómplice. Pero de cualquier forma, queda claro, por confesión de uno de sus protagonistas centrales, que la corrupción de la “década ganada” tenía una “pata judicial” bien afirmada, que tenía en Oyarbide a uno de sus exponentes más groseros y representativos, pero ha dejado un legado que lo trasciende, y con el que habrá que seguir lidiando en los tiempos por venir.