Opinión | Editorial

Un asesino enfermo pero saludable

La noticia de que Horacio Conzi, responsable de un asesinato en su momento resonante, que tuvo una nutrida cobertura periodística durante los meses en que permaneció prófugo, fue puesto en libertad prematuramente por motivos de validez por lo menos dudosa, parece confirmar la idea de que en la Argentina la función de hacer respetar la ley y sancionar a los criminales se suele asumir con demasiada liviandad.
Con demasiada frecuencia, la idea de que en la Argentina la función del Estado de hacer cumplir la ley y sancionar a quienes la infringen se suele desempeñar con demasiada liviandad se ve confirmada por decisiones judiciales difíciles de comprender para el ciudadano corriente, pero también para muchos versados en materia de derecho. Es sin duda el caso de la noticia de que Horacio Conzi, responsable de un asesinato en su momento resonante, que tuvo una nutrida cobertura periodística durante los meses en que permaneció prófugo, fue puesto en libertad prematuramente por motivos de validez por lo menos dudosa.



Conzi alcanzó la fama en enero de 2003, cuando disparó catorce tiros contra un remís en el que se desplazaba un grupo de personas que acababa de salir de su restaurante, del que los había expulsado en un arranque de furia porque uno de los pasajeros, Marcos Schenone, de 23 años, había besado a una joven que al parecer él estaba cortejando. Tres de los disparos provocaron la muerte del muchacho, mientras todos los demás ocupantes del vehículo, excepto uno, resultaron heridos, luego de lo cual el tirador se dio a la fuga y fue detenido en Uruguay casi dos meses más tarde, con una peluca y un documento falso.



Luego de un juicio en que trató de defenderse con el atenuante de la “emoción violenta” -que tenía pocas chances de prosperar por las circunstancias del hecho, en particular el haber ido por el arma y salido en persecución de las víctimas, es decir, con mucho tiempo para reflexionar sobre las consecuencias de lo que estaba por hacer-, le aplicaron 25 años de prisión, sentencia reducida en tres meses luego de la apelación. Una condena considerada justa, que aventó las sospechas de que por su poder económico o supuestas influencias podría hacerse acreedor a un tratamiento especial.



Esas sospechas, naturalmente, reaparecen al saberse que Conzi salió de la cárcel mucho antes de cumplir la condena, porque una jueza le creyó que el tratamiento que necesita por una arritmia cardíaca no se le puede brindar mientras se encuentra en prisión. Lo insólito es que de esto se enteraron los familiares de Schenone porque el asesino publicó en su página de Facebook un posteo en el que, además de festejar su libertad y su “filosofía de vida”, se declara “saludable 1000%”.



Es probable que la decisión tomada por la jueza de ejecución penal actuante de dejar en libertad a Conzi se ajuste a derecho, por encontrarse dentro de sus facultades. Sin embargo, la imagen del criminal que se autocelebra con el virtual reconocimiento de que ha engañado a la Justicia constituye una bofetada no sólo a una familia privada de un ser querido de manera tan terrible, sino a la sociedad toda, que con demasiada frecuencia se enfrenta a situaciones equivalentes aunque no siempre con semejante nivel de descaro.