Opinión | Editorial

Un fenómeno inquietante y en expansión

La victoria de Jair Bolsonaro confirma el desembarco en América Latina de un fenómeno de alcance mundial, consistente en el surgimiento de liderazgos tóxicos que contienen en sus discursos y en sus andamiajes ideológicos elementos incompatibles con la democracia republicana, y no obstante son legitimados por un respaldo popular en ocasiones abrumador.
Tal como se esperaba desde que la primera vuelta electoral le concedió un triunfo contundente que lo dejaba en la antesala del 50 por ciento más uno de los votos requerido por la ley de su país, Jair Bolsonaro se consagró el domingo como próximo presidente de Brasil, sin que la reacción de última hora adjudicada por algunos sondeos a la candidatura de Fernando Haddad sirviera más que para acortar una ventaja que de todos modos terminó por ser muy amplia. Se confirma así el desembarco en América Latina de un fenómeno de alcance mundial, consistente en el surgimiento de liderazgos tóxicos que contienen en sus discursos y en sus andamiajes ideológicos elementos incompatibles con la democracia republicana, y no obstante son legitima- dos por un respaldo popular en ocasiones abrumador.



En ese sentido, la analogía con el caso de Donald Trump va mucho más allá de los posicionamientos de extrema derecha, incluyendo las manifestaciones de racismo, homofobia y misoginia -mucho más groseros en el caso del brasileño-, los ataques a los aparatos políticos tradicionales y las promesas de mano dura en temas de seguridad. Ambas candidaturas fueron, en el momento de producirse su lanzamiento, minimizadas como aventuras inviables, por no estar sustentadas en estructuras partidarias relevantes y porque las mismas encuestas que les concedían un apoyo popular de peso también revelaban niveles de rechazo mucho mayores. 



En ambos casos también, el sentido común -un sentido común mal entendido, por lo que se ve, a partir de una interpretación errónea de la sensibilidad social de las mayorías- llevó a concluir que en la medida en que el electorado se viera más y más expuesto a los exabruptos de esos candidatos impresentables los apoyos mermarían y el rechazo se volvería mayor. Ocurrió exactamente lo contrario. Así como Trump no podría haber ganado la elección sin el apoyo de un número importante de hispanos -como los que calificó de violadores y asesinos en el lanzamiento de su campaña-, ni las mujeres, ni los negros, ni siquiera los homosexuales emitieron un voto anti-Bolsonaro tan masivo como el que habría sido lógico teniendo en cuenta el desprecio y la agresividad con que han sido maltratados por el próximo presidente de Brasil.



En este marco, queda planteada la pregunta de si es posible el surgimiento de figuras análogas en otros sitios de Latinoamérica, en particular en la Argentina, donde también es fácil identificar algunos elementos considerados esenciales dentro del caldo de cultivo que permitió el ascenso de Bolsonaro. Si bien la comparación entre el “Lava Jato” y causas como Hotesur o la de los cuadernos nos deja mejor parados porque en Brasil prácticamente toda la dirigencia está asociada a la corrupción, mientras aquí se la vincula más bien con un sector en particular, hay coincidencias en el marcado rechazo a la clase política tradicional, y una creciente preocupación por la inseguridad. Y en que ambas inquietudes están vinculadas entre sí por la sensación de que a los primeros no les interesa en lo más mínimo lo que los ciudadanos comunes padecen en función de lo segundo. 



Desde luego, se debe seguir denunciando los discursos de odio y a quienes los utilizan para manipular las frustraciones de la sociedad en su propio beneficio. Sin embargo, el único antídoto realmente eficaz contra un eventual Bolsonaro argentino es una dirigencia que esté a la altura de las demandas de la gente, como para que no caiga en la tentación de las soluciones simplistas y autoritarias.