Opinión | Editorial

Un fiasco en el proceso de integración

El hecho de que el anuncio del “peso real” haya sobrevivido solamente unas pocas horas antes de desinflarse frente a la desmentida del Banco Central de Brasil refleja no sólo diferencias nada menores entre su autoridad monetaria y su poder político, sino un nivel de amateurismo e improvisación que no permite albergar demasiadas expectativas respecto del futuro inmediato del proceso de integración.
Luego de que ciertas señales manifestadas en los momentos iniciales de la gestión de Jair Bolsonaro sugirieran la probabilidad de un relativo distanciamiento entre la Argentina y Brasil, la irrupción de la polémica idea de generar una moneda común constituye una sorpresa mayúscula y desconcertante para todos los que están familiarizados con la naturaleza y la evolución del vínculo bilateral. El hecho de que el anuncio haya sobrevivido solamente unas pocas horas antes de desinflarse frente a la desmentida del Banco Central del país vecino refleja no sólo diferencias nada menores entre su autoridad monetaria y su poder político, sino un nivel de amateurismo e improvisación que no permite albergar demasiadas expectativas respecto del futuro inmediato del proceso de integración.



El escaso tiempo transcurrido entre el anuncio, formulado en el marco de la breve visita de Estado de Bolsonaro a Buenos Aires, y la desestimación, poco antes de la medianoche de ese mismo jueves, fue suficiente para que en el medio voceros oficiales argentinos confirmaran las conversaciones al respecto, aunque con la aclaración de que se trataría de un proyecto de largo plazo. Algo que en alguna medida implicaba una contradicción, por cuanto el presidente brasileño había presentado el instrumento como una estrategia para solucionar el problema de la inflación, entre cuyos motivos figura precisamente la inestabilidad de la moneda.



También hubo tiempo para matizar ciertas voces exageradamente entusiastas con otras más juiciosas y prudentes, más algunas que tomaron la novedad como una oportunidad para ejercitar el sarcasmo, ante lo que se les presentaba como un evidente despropósito. Y aun cuando la desmentida del Banco Central brasileño está redactada, como es natural, en términos más corteses y diplomáticos, se encuentra más cerca de estos últimos en términos de advertir la falta de realismo subyacente en una propuesta que para avanzar necesitaría un grado de convergencia entre las dos economías que hoy resulta inimaginable.



Y no se trata sólo de las diferencias profundas pero coyunturales en variables como las tasas de inflación o de crecimiento, ni siquiera de las más estructurales, como las existentes entre los respectivos regímenes laborales o previsionales, o entre los mecanismos regulatorios y las legislaciones ambientales, por ejemplo. También está la incertidumbre generada por los barquinazos políticos: en ambos países hay gobiernos que, más allá de su relativa buena sintonía actual, implican fuertes rupturas con sus predecesores y llevan adelante procesos que, independientemente de cualquier juicio sobre sus perspectivas de éxito, no tienen garantizada su subsistencia más allá de la siguiente elección.



En rigor, da la impresión de que tanto la Argentina como Brasil deberían ganar la suficiente cohesión interna para instrumentar políticas de Estado capaces de trascender los vaivenes propios de la vida democrática y recién después comenzar siquiera a pensar en una unión monetaria que incluso entonces habría que evaluar hasta qué punto dejaría un saldo favorable en términos de costos y beneficios. Mientras tanto, hay muchos otros aspectos del proceso de integración que, en una instancia de estancamiento como la que el Mercosur viene transitando desde hace varios años, sería oportuno abordar antes de lo que a la luz de la experiencia de otros espacios comunes (como el de la Unión Europea) aparecería como prematuro e irreflexivo.