Un largo y costoso camino hacia el punto de partida
Luego de la imposición de fuertes restricciones en el mercado cambiario, la impresión de que el gobierno de Mauricio Macri ha terminado por abjurar de la mayor parte de sus ideas sobre la administración de la economía para evitar llegar al final de su mandato en una situación desmadrada refuerza la sensación de un fracaso en toda la línea, frente a la cual cualquier aspecto pretendidamente positivo aparece como desdibujado y poco relevante.
A pocas horas del anuncio del “reperfilamiento” de parte de la deuda pública, con el consiguiente debate sobre si debía o no ser considerado un default, la fuerte intervención en el mercado cambiario resuelta el domingo reconoce la impotencia de las medidas previas para poner calma en los mercados, cuya volatilidad domina la agenda pública desde la demoledora derrota sufrida por el oficialismo en las elecciones primarias del 11 de agosto. De este modo, la impresión de que el gobierno de Mauricio Macri ha terminado por abjurar de la mayor parte de sus ideas sobre la administración de la economía para evitar llegar al final de su mandato en una situación desmadrada refuerza la sensación de un fracaso en toda la línea, frente al cual cualquier hipotético aspecto positivo aparece como desdibujado y poco relevante.
Se vuelve a escuchar por estos días, desde voces afines al Gobierno, lo que se considera un error comunicacional cometido en diciembre de 2015, cuando se decidió no hacer demasiado hincapié en la gravedad de la herencia recibida entonces y se alentó la idea de que los problemas eran relativamente fáciles de resolver. Y en algunos casos pareció hasta cierto punto funcionar: la salida del cepo cambiario que “ahogaba la economía” y el fin del default emanado del fallo de la Justicia norteamericana a favor de los fondos buitres se formalizaron rápidamente, aunque a un costo elevado en materia de inflación y de nuevo endeudamiento.
Ahora, casi cuatro años después de haberle pasado al país una factura muy cara para resolver esas anomalías, el mismo Gobierno que las definía como inadmisibles genera una situación que tiene evidentes puntos de contacto con la de entonces, dándoles legitimidad a armas que había condenado cuando las utilizaban sus adversarios políticos. El control de cambios, así como la obligatoriedad de liquidar divisas impuesta a los exportadores y las restricciones a la libre salida de capitales, no son simples desviaciones menores respecto de la creencia irrestricta en la infalibilidad de la libertad de mercados -como, por ejemplo, los acuerdos de precios-, sino contradicciones esenciales a ese principio que supuestamente iba a colocar de una vez a la Argentina en el mundo.
Una vez más, cabe insistir en la relativización del argumento que apunta al resultado de las Paso y a la inédita situación generada por las particularidades del sistema electoral argentino, como responsable del descalabro. Ni eso ni las declaraciones incendiarias de quien es a la vez el virtual presidente electo y “un simple candidato” tendrían semejante poder de daño si la economía no hubiera sido conducida en los últimos años de un modo que la llevó a una situación de extrema vulnerabilidad, tanto a las tormentas externas como a los vaivenes en el humor de los mercados y también el de los ciudadanos. Y todo ello en un marco de empobrecimiento del país en general y de las familias argentinas individualmente.
Es de esperar que las medidas adoptadas para estabilizar el tipo de cambio den resultado y que la ansiedad extrema de los mercados se atenúe para que el resto del proceso electoral pueda transcurrir con algo parecido a la normalidad. Que eso sea lo mejor que pueda esperarse de este fin de ciclo, al que se llega en una situación de claro retroceso respecto de su punto de partida, da cuenta de la dimensión del fracaso.
Se vuelve a escuchar por estos días, desde voces afines al Gobierno, lo que se considera un error comunicacional cometido en diciembre de 2015, cuando se decidió no hacer demasiado hincapié en la gravedad de la herencia recibida entonces y se alentó la idea de que los problemas eran relativamente fáciles de resolver. Y en algunos casos pareció hasta cierto punto funcionar: la salida del cepo cambiario que “ahogaba la economía” y el fin del default emanado del fallo de la Justicia norteamericana a favor de los fondos buitres se formalizaron rápidamente, aunque a un costo elevado en materia de inflación y de nuevo endeudamiento.
Ahora, casi cuatro años después de haberle pasado al país una factura muy cara para resolver esas anomalías, el mismo Gobierno que las definía como inadmisibles genera una situación que tiene evidentes puntos de contacto con la de entonces, dándoles legitimidad a armas que había condenado cuando las utilizaban sus adversarios políticos. El control de cambios, así como la obligatoriedad de liquidar divisas impuesta a los exportadores y las restricciones a la libre salida de capitales, no son simples desviaciones menores respecto de la creencia irrestricta en la infalibilidad de la libertad de mercados -como, por ejemplo, los acuerdos de precios-, sino contradicciones esenciales a ese principio que supuestamente iba a colocar de una vez a la Argentina en el mundo.
Una vez más, cabe insistir en la relativización del argumento que apunta al resultado de las Paso y a la inédita situación generada por las particularidades del sistema electoral argentino, como responsable del descalabro. Ni eso ni las declaraciones incendiarias de quien es a la vez el virtual presidente electo y “un simple candidato” tendrían semejante poder de daño si la economía no hubiera sido conducida en los últimos años de un modo que la llevó a una situación de extrema vulnerabilidad, tanto a las tormentas externas como a los vaivenes en el humor de los mercados y también el de los ciudadanos. Y todo ello en un marco de empobrecimiento del país en general y de las familias argentinas individualmente.
Es de esperar que las medidas adoptadas para estabilizar el tipo de cambio den resultado y que la ansiedad extrema de los mercados se atenúe para que el resto del proceso electoral pueda transcurrir con algo parecido a la normalidad. Que eso sea lo mejor que pueda esperarse de este fin de ciclo, al que se llega en una situación de claro retroceso respecto de su punto de partida, da cuenta de la dimensión del fracaso.