Un momento difícil para la búsqueda de acuerdos políticos
Si bien resulta valorable la intención de apuntalar la generación de un marco de previsibilidad capaz de reducir los inéditos niveles de desconfianza que exhiben tanto los operadores financieros externos e internos como la propia población en general, sería ingenuo ignorar que la coyuntura particular en la que se lanza la convocatoria a lograr acuerdos básicos con la oposición acota significativamente sus posibilidades de éxito.
Poco después de haber conseguido acordar con el Fondo Monetario Internacional la utilización, en caso de ser necesario, de una estrategia menos ortodoxa para administrar el inestable mercado cambiario, el Gobierno ha comenzado a dialogar con parte de los referentes de la oposición con el propósito de consensuar algunos lineamientos básicos de los pasos a seguir en el futuro. Si bien resulta valorable la intención de apuntalar la generación de un marco de previsibilidad capaz de reducir los inéditos niveles de desconfianza que exhiben tanto los operadores financieros externos e internos como la propia población en general, sería ingenuo ignorar que la coyuntura particular en la que se lanza la iniciativa acota significativamente sus posibilidades de éxito.
En rigor, la idea de que la disputa entre las diferentes propuestas políticas se dé dentro de un marco de coincidencias básicas, que sin anular las diferencias entre las distintas fuerzas las encuadre de manera que el triunfo de una no signifique la anulación de absolutamente todo lo hecho por la otra, aparece con mucha más frecuencia en lo discursivo que en la praxis concreta. En estos últimos años, en particular, la preferencia por la confrontación por encima de la búsqueda de acuerdos ha sido más marcada que nunca, una conclusión en la que coincidirían todos los analistas más allá de sus discrepancias en torno de quiénes son los responsables principales de esa situación.
Las ventajas de romper con esta inercia son evidentes: si se instala la certeza, o al menos una probabilidad razonablemente alta, de que ciertas reglas del juego permanecerán inalterables más allá de los vaivenes políticos, el estímulo para emprender una actividad productiva, o incrementar la inversión en una que ya esté en marcha, será mucho mayor. Por el contrario, si se percibe que un cambio de gobierno podría implicar no ya una ligera desviación por una ruta alternativa que lleva a la misma meta, sino la adopción de un rumbo totalmente distinto, el exceso de prudencia ahogará toda iniciativa y la parálisis irrumpirá mucho antes de que el cambio efectivamente se materialice.
En cualquier caso, las ventajas que supone el consenso para la economía suelen tropezar con las necesidades de la política, donde la búsqueda de apoyo popular exige a veces ofrecerse como algo diferente de los demás, y es difícil que un exceso de armonía con los adversarios sea premiado por un mayor grado de respaldo ciudadano. La voluntad de sobrevivir y crecer como opción de poder no es fácil de compatibilizar con la generosidad y la apertura requeridas por una negociación que forzosamente incluirá ceder tanto en materia programática como en términos de ambición de ocupar espacios que también son deseados por otros.
Y si esa generosidad es una virtud que escasea en todos los tiempos, se vuelve casi inhallable en una instancia preelectoral. El Gobierno, que no ha mostrado demasiada predisposición a tenderles una mano a sus adversarios –incluso a adversarios que no parecen estar en las antípodas en términos de proyecto de país– en momentos en que la distensión propia de cada momento posterior a las elecciones mejoraba las condiciones para el diálogo, ha descubierto los beneficios de los consensos de manera demasiado tardía y cuando su situación es de más debilidad que nunca. Habrá que ver si consigue volver creíble este cambio de estrategia.
En rigor, la idea de que la disputa entre las diferentes propuestas políticas se dé dentro de un marco de coincidencias básicas, que sin anular las diferencias entre las distintas fuerzas las encuadre de manera que el triunfo de una no signifique la anulación de absolutamente todo lo hecho por la otra, aparece con mucha más frecuencia en lo discursivo que en la praxis concreta. En estos últimos años, en particular, la preferencia por la confrontación por encima de la búsqueda de acuerdos ha sido más marcada que nunca, una conclusión en la que coincidirían todos los analistas más allá de sus discrepancias en torno de quiénes son los responsables principales de esa situación.
Las ventajas de romper con esta inercia son evidentes: si se instala la certeza, o al menos una probabilidad razonablemente alta, de que ciertas reglas del juego permanecerán inalterables más allá de los vaivenes políticos, el estímulo para emprender una actividad productiva, o incrementar la inversión en una que ya esté en marcha, será mucho mayor. Por el contrario, si se percibe que un cambio de gobierno podría implicar no ya una ligera desviación por una ruta alternativa que lleva a la misma meta, sino la adopción de un rumbo totalmente distinto, el exceso de prudencia ahogará toda iniciativa y la parálisis irrumpirá mucho antes de que el cambio efectivamente se materialice.
En cualquier caso, las ventajas que supone el consenso para la economía suelen tropezar con las necesidades de la política, donde la búsqueda de apoyo popular exige a veces ofrecerse como algo diferente de los demás, y es difícil que un exceso de armonía con los adversarios sea premiado por un mayor grado de respaldo ciudadano. La voluntad de sobrevivir y crecer como opción de poder no es fácil de compatibilizar con la generosidad y la apertura requeridas por una negociación que forzosamente incluirá ceder tanto en materia programática como en términos de ambición de ocupar espacios que también son deseados por otros.
Y si esa generosidad es una virtud que escasea en todos los tiempos, se vuelve casi inhallable en una instancia preelectoral. El Gobierno, que no ha mostrado demasiada predisposición a tenderles una mano a sus adversarios –incluso a adversarios que no parecen estar en las antípodas en términos de proyecto de país– en momentos en que la distensión propia de cada momento posterior a las elecciones mejoraba las condiciones para el diálogo, ha descubierto los beneficios de los consensos de manera demasiado tardía y cuando su situación es de más debilidad que nunca. Habrá que ver si consigue volver creíble este cambio de estrategia.