Una oportunidad de participación, más allá de las distorsiones
Aunque las Paso de hoy no definen nada y sólo anticipan lo que podría ocurrir en las elecciones “de verdad”, que son las del 27 de octubre, o en todo caso, las de un balotaje a celebrar cuatro semanas más tarde, la sensación de inutilidad que afecta no sin razón a muchos ciudadanos no los exime sin embargo del deber de ejercer el derecho cívico, en un país donde no siempre se pudo dar por sentado como felizmente ocurre hoy.
Luego de que las prácticas de las diferentes fuerzas políticas las convirtieran, en un grado mayor que el verificado hasta ahora, en una pálida expresión distorsionada de lo que aspiraban a ser de acuerdo con la ley respectiva, las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias de hoy confirman su carácter de encuesta anticipada y, eventualmente, de guía para orientar el llamado “voto útil” en las elecciones “de verdad”, las que efectivamente definirán quién conducirá el país los próximos cuatro años, que son las del 27 de octubre, o en todo caso, las de un balotaje a celebrar cuatro semanas más tarde. Esa sensación de inutilidad que afecta no sin razón a muchos ciudadanos no los exime sin embargo del deber de ejercer el derecho cívico, en un país donde no siempre se pudo dar por sentado como felizmente ocurre hoy.
Como se sabe, el carácter obligatorio de las Paso es tradicionalmente pasado por alto por un porcentaje menor pero no insignificante del electorado, sea por ignorancia o por considerar inexistente la posibilidad de que se le apliquen las sanciones que la ley contempla para los transgresores. En 2015 ese fenómeno resultó decisivo, pues entre agosto y octubre la concurrencia pasó del 74,9 al 81,2 por ciento: dos millones de nuevos votos que explicaron la marcada diferencia entre los resultados de una y otra elección.
Si se considera que al menos en aquella oportunidad sí había fuerzas políticas con peso electoral que dirimían sus candidatos a presidente, y no, como ocurre ahora, exclusivamente listas únicas en la categoría más importante, podría anticiparse una concurrencia incluso más baja. No obstante, esta vez las apelaciones a concurrir a las urnas han sido más enérgicas, al hacer hincapié en que aunque las Paso no definen nada, las “sensaciones” que transmitan sus resultados podrían tener más peso que en ocasiones anteriores.
Mejor sería hacer hincapié en un estímulo menos mezquino y más noble para ir a votar, como es lo indispensable que resulta, para un ejercicio pleno de la ciudadanía, hacer uso de todas las oportunidades de participación que ofrece el sistema. Paradójicamente, entre los más quejosos y renuentes a responder a convocatorias que, es cierto, a veces resultan demasiado frecuentes o demasiado previsibles como para despertar el entusiasmo popular, están aquellos que también protestan contra decisiones en la que simultáneamente se rehusan a intervenir siquiera indirectamente.
A ello cabe agregar, puntualmente, que si bien estas primarias concebidas para designar candidatos no pueden hacerlo porque los candidatos ya están designados, sí cumplen la función de ordenar la oferta electoral dejando fuera a los postulantes que no alcancen el mínimo estipulado. Y pondrán a prueba el polémico sistema para el escrutinio provisorio, que emergerá esta noche fortalecido o debilitado según cómo funcione.
En cualquier caso, si la preferencia de las fuerzas políticas por dirimir sus internas a puertas cerradas y sin dar intervención a la ciudadanía ha vuelto este sistema irrelevante, independientemente de las buenas intenciones que puedan haber rodeado su introducción, habrá que reemplazarlo por otro que se adapte mejor a la praxis política argentina. Tocará hacerlo, en tal caso, en años no electorales y tratando de separar el debate del interés particular de cada grupo. Pero mientras esté vigente debe ser respetado, y es de esperar que así lo entienda hoy la ciudadanía.
Como se sabe, el carácter obligatorio de las Paso es tradicionalmente pasado por alto por un porcentaje menor pero no insignificante del electorado, sea por ignorancia o por considerar inexistente la posibilidad de que se le apliquen las sanciones que la ley contempla para los transgresores. En 2015 ese fenómeno resultó decisivo, pues entre agosto y octubre la concurrencia pasó del 74,9 al 81,2 por ciento: dos millones de nuevos votos que explicaron la marcada diferencia entre los resultados de una y otra elección.
Si se considera que al menos en aquella oportunidad sí había fuerzas políticas con peso electoral que dirimían sus candidatos a presidente, y no, como ocurre ahora, exclusivamente listas únicas en la categoría más importante, podría anticiparse una concurrencia incluso más baja. No obstante, esta vez las apelaciones a concurrir a las urnas han sido más enérgicas, al hacer hincapié en que aunque las Paso no definen nada, las “sensaciones” que transmitan sus resultados podrían tener más peso que en ocasiones anteriores.
Mejor sería hacer hincapié en un estímulo menos mezquino y más noble para ir a votar, como es lo indispensable que resulta, para un ejercicio pleno de la ciudadanía, hacer uso de todas las oportunidades de participación que ofrece el sistema. Paradójicamente, entre los más quejosos y renuentes a responder a convocatorias que, es cierto, a veces resultan demasiado frecuentes o demasiado previsibles como para despertar el entusiasmo popular, están aquellos que también protestan contra decisiones en la que simultáneamente se rehusan a intervenir siquiera indirectamente.
A ello cabe agregar, puntualmente, que si bien estas primarias concebidas para designar candidatos no pueden hacerlo porque los candidatos ya están designados, sí cumplen la función de ordenar la oferta electoral dejando fuera a los postulantes que no alcancen el mínimo estipulado. Y pondrán a prueba el polémico sistema para el escrutinio provisorio, que emergerá esta noche fortalecido o debilitado según cómo funcione.
En cualquier caso, si la preferencia de las fuerzas políticas por dirimir sus internas a puertas cerradas y sin dar intervención a la ciudadanía ha vuelto este sistema irrelevante, independientemente de las buenas intenciones que puedan haber rodeado su introducción, habrá que reemplazarlo por otro que se adapte mejor a la praxis política argentina. Tocará hacerlo, en tal caso, en años no electorales y tratando de separar el debate del interés particular de cada grupo. Pero mientras esté vigente debe ser respetado, y es de esperar que así lo entienda hoy la ciudadanía.