Sin embargo, un trabajo de Idesa advierte que poner el foco en el aspecto presupuestario del sistema educativo, como responsable de los malos resultados, es un error central que impide encontrar una salida.”
Durante años, el fracaso educativo se atribuyó casi exclusivamente a una supuesta falta de recursos. El diagnóstico tradicional sostenía que, si los resultados eran bajos, era porque se invertía poco. En respuesta, la política pública se centró en aumentar el presupuesto: se aprobaron leyes que fijaban metas crecientes de inversión educativa y se concentraron los esfuerzos en expandir el gasto”, recuerda el informe.
Allí se recuerda que las pruebas nacionales Aprender muestran que una gran proporción de estudiantes no alcanza niveles satisfactorios en Lengua y Matemática, especialmente en secundaria. En el plano internacional, los resultados del ERCE reflejan lo mismo: muchos alumnos siguen sin llegar al mínimo esperado, con cifras alarmantes en sexto grado.
A esto se suma un problema igual de grave: las trayectorias escolares son frágiles. Solo el 22% de los estudiantes de 15 años llega en tiempo y forma con aprendizajes aceptables. En Chile, esa cifra es del 38%. “Es decir que el sistema no solo enseña poco, sino que también expulsa o deja atrás a muchos en el camino”, remarca Idesa.
La situación demográfica
Argentina atraviesa un cambio demográfico histórico: la natalidad cayó con fuerza y, por primera vez en décadas, hay menos chicos ingresando al sistema educativo. La caída, que se aceleró abruptamente a partir de 2014, ya se siente en las aulas. Entre 2019 y 2023, según el informe de Idesa, la matrícula en el nivel inicial se redujo en más de 182.000 niños. Desde 2022, esa misma tendencia comenzó a impactar también en la primaria.
“Si bien la baja en la cantidad de alumnos reduce la presión de crear nuevas aulas, sumar infraestructura y contratar más docentes, sería un error suponer que esto, por sí solo, va a mejorar el sistema. Sería repetir el mismo razonamiento equivocado de antes: creer que más recursos —ahora por alumno— garantizan automáticamente mejores resultados”, advierte Idesa.
Y agrega: “La verdad es otra. Sin un cambio profundo en la forma en que se organiza y gestiona el sistema, la baja natalidad no resolverá nada. De hecho, puede convertirse en una confirmación brutal del fracaso educativo. El gasto por alumno va a subir, pero también el ausentismo, el despilfarro y la mediocridad en los resultados. El sistema quedará aún más expuesto: sin presión demográfica ni excusas presupuestarias, la falta de mejoras dejará en evidencia que el verdadero obstáculo es la mala gestión”, indica.
En ese sentido, el trabajo destaca que “sobran las evidencias de que la degradación educativa no se detiene. Año tras año, Argentina participa en evaluaciones nacionales e internacionales, por lo que cuenta con datos claros y accesibles de los muy malos resultados. La evidencia está sobre la mesa, pero rara vez se convierte en acción”.
¿Por qué ocurre esto? Porque los recursos no se gestionan con eficacia. La calidad educativa no depende solo de cuánto se gasta, sino de cómo se administran los recursos. Particularmente, cómo se gestiona el actor más importante del proceso educativo: los recursos humanos”, remarca Idesa.