En el marco del Día de la Salud Mental, que se conmemora cada 10 de octubre, el especialista analizó el impacto que tiene el uso excesivo de dispositivos en niños y adolescentes, y puso especial énfasis en los primeros años de vida.
En su consultorio del Centro Privado del Niño y la Familia, Sanabria describió como una situación habitual la presencia de bebés en ambientes donde permanece encendido el televisor o donde los adultos utilizan permanentemente el celular. También mencionó el momento en que los padres descubren que acercarle un dispositivo al niño logra calmarlo.
El problema aparece cuando ese recurso comienza a utilizarse sistemáticamente para conseguir que el chico permanezca tranquilo. “Para poder aprender, el niño necesita estar en acción, necesita movimiento, necesita que todos los estímulos que reciba los pueda vivenciar con su cuerpo”, explicó el profesional, para agregar que tocar, oler, probar el equilibrio, moverse y hablar, por ejemplo, son experiencias necesarias para el desarrollo.
Y para que esas experiencias sean significativas se necesita, además, la interacción con otras personas. “Para todo esto que yo necesité, necesitás un otro. Necesitás una persona, un adulto, un referente”, sostuvo Sanabria.
Padres, cuidadores, hermanos, amigos y otras personas significativas participan de ese proceso mediante la conversación, el juego, la mirada y la respuesta a lo que el niño hace.
La pantalla puede entretener y calmar, pero no ofrece ese intercambio de la misma manera.
A medida que los chicos crecen, además, el dispositivo puede convertirse en una vía rápida para aliviar la ansiedad, evitar el aburrimiento o escapar de situaciones que generan incomodidad.
Y allí aparece una de las dificultades centrales para las familias: la tecnología no solamente atrae a los niños, sino también a los adultos.
Por eso, considera que la discusión no debería limitarse a cuánto tiempo utiliza un niño el celular, sino también a qué actividades desplaza ese tiempo: movimiento, juego, conversación, lectura, interacción y descanso.
Una etapa especialmente sensible
Sanabria resalta que existen estudios científicos que advierten sobre los efectos de la exposición excesiva y planteó que, durante los primeros años, debería reducirse al mínimo.
Según el profesional, hasta los 2 años no debería haber exposición a pantallas. Entre los 2 y los 5 años, en tanto, planteó tiempos muy limitados y siempre con acompañamiento de un adulto.
“Ese acompañamiento resulta fundamental. Si un niño mira durante algunos minutos un dibujo animado, el adulto debería estar a su lado, comentar lo que sucede, poner en palabras las situaciones, reírse junto al niño y transformar ese momento en una experiencia compartida”, consideró.
La diferencia no estaría entonces solamente en encender o apagar el dispositivo, sino en evitar que la pantalla se convierta en un sustituto de la interacción.
Señales de alerta
Entre los primeros indicadores que pueden advertir dificultades en el desarrollo, Sanabria ubicó al lenguaje.
“El lenguaje es un indicador preciso del desarrollo cerebral y es uno de los primeros indicadores que te puede decir que algo no va bien”, afirmó el neurólogo infantil. Por eso, las dificultades en la adquisición del lenguaje constituyen una señal que los adultos deberían observar y consultar con profesionales.
A esto se suma el juego: la falta de juego o la tendencia a un juego predominantemente solitario también aparecen como aspectos que merecen atención.
En este punto, el especialista fue cuidadoso al referirse al autismo. Si bien no estableció una relación directa entre las pantallas y el trastorno del espectro autista, remarcó que su origen es múltiple y que existen niños predispuestos a desarrollar esta condición. Asimismo, su planteo es que, en determinados casos, la exposición a pantallas puede agravar algunas manifestaciones o hacer que ciertos síntomas aparezcan antes.
Otro aspecto señalado fue la regulación de la conducta. Sanabria describió niños pequeños con dificultades para esperar, tolerar una negativa, aceptar una crítica o controlar sus reacciones frente a la frustración.
En su análisis, este fenómeno no puede atribuirse exclusivamente a las pantallas. También intervienen los modelos de crianza y la dificultad para establecer límites.
En ese contexto, el especialista cuestionó lo que considera una interpretación equivocada de la llamada “crianza respetuosa”, cuando esta se transforma en ausencia de límites. Como consecuencia -señaló-, pueden aparecer conductas impulsivas y reacciones agresivas en chicos muy pequeños.
Atención, aprendizaje y escuela
El impacto de las pantallas también alcanza al ámbito educativo. Sanabria cuestionó su utilización como herramienta pedagógica habitual durante los primeros años de escolarización y sostuvo que, en los primeros 8 o 10 años, las actividades educativas no deberían desarrollarse principalmente a través de dispositivos, salvo situaciones puntuales y con acompañamiento profesional.
También expresó reparos frente al avance de la inteligencia artificial en los procesos educativos. Desde su perspectiva, su utilización como sustituto de las tareas escolares puede afectar el desarrollo de capacidades como la memoria, la creatividad y la resolución de problemas.
Su preocupación forma parte de una discusión que busca instalarse también en Río Cuarto. Sanabria participa del Foro de la Salud, donde el pasado lunes convocó en el Colegio Médico de Río Cuarto a representantes de distintas disciplinas vinculadas con la salud y la educación para analizar qué estrategias pueden adoptarse frente al avance de las pantallas.
El sueño también está en juego
Hay otro aspecto que resulta inseparable de esta problemática: el sueño. “El sueño es fundamental, no podemos aprender si no dormimos”, afirmó.
Para Sanabria, dormir mal afecta la memoria y la capacidad de aprendizaje y, por eso, resulta necesario garantizar una cantidad suficiente de horas y una buena calidad de descanso.
El teléfono puede interferir directamente en ese proceso. Las notificaciones, los mensajes y el hábito de despertarse para revisar el dispositivo pueden fragmentar el sueño.
La situación alcanza especialmente a adolescentes que permanecen hasta altas horas de la madrugada con el celular y que, al día siguiente, pueden no encontrarse en condiciones adecuadas para mantenerse atentos, aprender o desarrollar normalmente sus actividades.
En ese marco, consideró que el problema no consiste solamente en contabilizar las horas de pantalla: también es necesario observar qué está quedando relegado por ese uso, como por ejemplo dormir, jugar, hacer actividad física, leer o compartir tiempo con otras personas.
Frente a este escenario, Sanabria propone recuperar actividades que impliquen interacción, movimiento y creatividad.
Hacer deporte, leer, dibujar, jugar y participar de actividades recreativas son experiencias que contribuyen a proteger el cerebro y pueden disminuir el impacto asociado al exceso de pantallas.
El desafío, sin embargo, no debería recaer exclusivamente sobre las familias. El especialista pidió evitar que los padres se castiguen pensando que el problema es únicamente una falla en la crianza. “Esto no es solo una falta nuestra como padres”, remarcó. A su entender, existe también una característica propia de las plataformas digitales: están diseñadas para captar y mantener la atención.
Los algoritmos buscan que el usuario permanezca conectado y continúe consumiendo contenidos. Por eso, establecer límites no siempre resulta sencillo, especialmente cuando los propios adultos tienen dificultades para desprenderse de sus dispositivos.
El “pacto parental”
En ese contexto, Sanabria mencionó el llamado “pacto parental”, una iniciativa que busca que los padres de un grupo de niños acuerden colectivamente determinadas reglas para el acceso a los celulares.
La idea surge de una dificultad concreta: cuando una familia intenta limitar el uso del teléfono, puede resultar complicado sostener esa decisión si todos los compañeros del niño ya cuentan con uno.
El pacto propone que las familias establezcan acuerdos comunes sobre la edad y las condiciones de acceso a los dispositivos, de manera que la decisión no recaiga individualmente sobre cada padre.
En esa línea, Sanabria planteó una comparación para determinar cuándo un niño estaría preparado para tener un celular: cuando los adultos consideren que posee una autonomía semejante a la necesaria para entregarle la llave de su casa.
No se trata solamente de saber manejar un dispositivo, sino de contar con herramientas suficientes para enfrentar las situaciones y riesgos que implica acceder al mundo digital.
La discusión sobre las pantallas, desde esta perspectiva, no debería quedar limitada al ámbito doméstico. También involucra a las escuelas, los profesionales de la salud, las autoridades educativas y el Estado.
Mientras ese debate avanza, algunas decisiones sí pueden comenzar a tomarse en casa: limitar la exposición durante los primeros años, establecer tiempos y horarios, acompañar a los niños cuando utilizan pantallas, evitar los dispositivos durante el descanso y, fundamentalmente, ofrecer alternativas.