Wilfred Andrew, su vida en El Durazno y la historia de su tío, náufrago del Titanic
A pocas semanas de haber cumplido 100 años, Wilfred Alejandro Andrew, sobrino de Edgar Andrew, el argentino que murió en el Titanic el 15 de abril de 1912, habló con Puntal sobre su tiempo en la estancia El Durazno y recordó la historia de su tío. Además, se refirió a los años que compartió con Adelia María Harilaos de Olmos. Su testimonio es sumamente valioso debido a que es un testigo único de lo sucedido en el sur de Córdoba en la primera mitad del siglo pasado.
-¿Cuál es su vínculo con la estancia El Durazno?
-Prácticamente nací allí. En realidad, nací en Río Cuarto, pero inmediatamente me llevaron a la estancia, ya que allí vivían mis padres. Permanecí en El Durazno desde 1920 hasta 1941. Ese año me fui a La Plata (Buenos Aires) para estudiar en la Universidad (se recibió de ingeniero civil y ejerció hasta después de los 70 años). De todos modos, como mis padres siguieron viviendo en El Durazno, mis vacaciones siempre fueron en la estancia.
-¿Qué recuerdos tiene de esos 21 años en la estancia?
-Mis recuerdos son de la infancia y la adolescencia. Recuerdos que uno guarda profundamente. Si me piden que haga una descripción de la estancia, aunque hayan pasado 80 años del día en el que me fui, puedo decir hasta los caminos que había en el monte, que se extendía en toda la costa del río y tenía unos tres kilómetros de profundidad. Nuestras excursiones a caballo eran toda una aventura, porque nos metíamos en la profundidad del monte, que era bastante espeso. Allí se refugiaban todos los pumas de la zona.
-Sus abuelos Andrew llegaron de Inglaterra y fueron contratados para administrar la estancia, que originalmente era más extensa que en la actualidad (desde la década de 1950 está en manos de los Salesianos), ¿qué recuerdos tiene de ellos?
-Mi abuelo Samuel Andrew trabajaba a la par de don Ambrosio Olmos, el dueño de la estancia. Al comienzo, lo más fuerte de la estancia era la hacienda. Mi abuelo y Ambrosio murieron con poco tiempo de diferencia. Fue allí cuando mi padre (que también se llamaba Wilfred) se hizo cargo de todo, cuando apenas tenía 19 años. La dueña pasó a ser Adelia María Harilaos, quien intervino junto a dos hermanos. En ese momento ella viajaba mucho a Europa y tenía pretensiones de ser una gran estanciera. Fue por eso que se le ocurrió hacer toda la edificación que está actualmente.
-¿Estuvo en contacto con Adelia María?
-Sí, al poco tiempo de enviudar (1906), empezó a ir seguido a la estancia. Con el tiempo, sus viajes dejaron de ser tan frecuentes. Cada vez que venía lo hacía en compañía de una cantidad enorme de parientes y amigos. Llegaba en un tren que le alquilaba especialmente al Ferrocarril Central Argentino, que hacía un viaje a la estancia directamente desde Retiro (Buenos Aires). Entre 1920 (año en que nació Wilfred Alejandro) y 1941 fue unas 5 o 6 veces a El Durazno. La última vez que estuvo en la estancia fue para la inauguración de la capilla, que se había construido 20 años antes, pero no había sido inaugurada porque alguien le había dicho a Adelia que era igual a una capilla anglicana. De todas maneras, por pedido de mi hermana Noemí que se casaba, aceptó venir a la estancia para inaugurar la capilla.
-¿Cómo fue su vida en Río Cuarto?
-Nosotros íbamos al colegio a Río Cuarto. El lunes llegábamos a la ciudad y el sábado volvíamos a la estancia. Estudiábamos en el viejo Colegio Nacional, que funcionaba en el edificio de la Sociedad Española. Mis padres se fueron de El Durazno cuando la estancia fue cedida a los salesianos, a comienzos de la década de 1950. Mis últimos años fueron muy felices porque empezamos a hacer sociedad.
-La historia de su tío, Edgar Andrew, es conocida a nivel mundial. Se trata del único argentino que perdió la vida en el naufragio del Titanic, ¿usted cuándo se enteró?
-Tanto yo como mis hermanos nos enteramos del tema del Titanic porque mi abuela vivía con nosotros y en su cuarto tenía un cuadro enorme de mi tío Edgar. Ahí mismo estaba la famosa postal que él mandó desde Irlanda, en pleno viaje. Nos enteramos al preguntar quién era el de la foto. Allí nos contaron la historia del naufragio, pero todo quedó ahí. Al cabo de unos años, en la secundaria, un profesor de apellido Sarandón me dijo que había sido compañero de mi tío. En ese momento uno no entendía la importancia de la historia. Recién en la década del 80, cuando encontraron el barco, empezó a aparecer más información.
-Este año, la historia de Edgar volvió a cobrar importancia, ¿ha seguido las noticias?
-El año de mayor repercusión fue cuando se hizo la exposición sobre el Titanic en Buenos Aires, pero sí, he leído todo lo que se publicó. El momento más importante para la familia fue cuando se encontró la valija de Edgar con sus objetos personales en el fondo del océano. Una de las cosas que se hallaron fue una carta de su madre que, salvo por algunos pequeños borrones, se lee con toda claridad. Además también se hallaron fotos de Río Cuarto antiguo.
-¿Hace mucho que no va a la estancia?
-La última vez fue en el 2008. Nos juntamos varios integrantes de la familia Andrew. Hicimos una gran reunión. Fue un momento muy agradable que siempre esperamos repetir.
-Hace poco cumplió 100 años, ¿qué mensaje le gustaría dar?
-Me ha gustado vivir y creo que he aprovechado bien la vida. Siempre fui una persona optimista, de carácter alegre. No me arrepiento de haber pasado por esta vida. Tengo hijos, nietos y bisnietos. Me gusta mucho verlos y haber llegado a los 100 años.