En el vientre de El Mascaviento, en su intimidad más profunda, que involucra al hogar mismo que ellos comparten y que funge como un extraño, íntimo y atrapante entre bambalinas, laten las pasiones coincidentes de Daniela Fuentes y Jorge Varela, que han construido su vida, personal y profesional, jugando a pleno al teatro.
El concepto de juego no se introduce casualmente aquí: entre los afanes por mantener vivo el desarrollo del espacio original que ellos han creado, se yergue una necesidad íntima, de ambos, por mantener ese ánimo lúdico que está en la esencia del concepto de representación, esencia de la forma artística que abrazan.
Daniela y Jorge juegan, y se juegan, en torno al teatro, por eso han creado una fundación que está a punto de culminar con todos los requerimientos legales y que gestionaron con una idea: “Que este proyecto nos trascienda y quede funcionando en plenitud más allá de este tiempo en el que sucede bajo nuestro impulso”.
Es por eso que, desde siempre, ambos se han planteado el proyecto de “El Mascaviento” como un desarrollo que supere la creación de una sala de teatro: “Nuestro planteo fundamental, desde siempre, ha sido desarrollar el concepto de escuela, de hecho comenzamos a trabajar desde allí dos años antes de abrir la sala”, detallan.
En cualquier caso, en la unión de esos conceptos han logrado una continuidad de trabajo que reúne, por un lado, una programación consistente con un desarrollo de clases y, por otro, una serie muy completa de talleres, de los que participan muchos jóvenes que descubren y se apasionan con ese mundo fascinante.
“Por un lado está la programación general, que incluye la constante visita y presentación de elencos independientes de distintos puntos del país, y, por el otro, la que desarrollamos a través de nuestros propios proyectos teatrales, con un elenco que nunca consigue ser estable del todo y otro que se genera en el interior de las distintas facetas educativas”, enfatizan.
Mientras la sala se plantea como un cobijo de múltiples elencos que pasan por ella (de hecho en esta misma sección se expresa un comentario sobre una función realizada allí hace apenas unas horas), exhibe un profuso historial de presentaciones con elencos propios que han alcanzado una continuidad nada habitual.
El récord de 52 funciones que se consiguieron con “4.42 Psicosis” no empalidece la continuidad que tuvieron títulos como “Preguntan por un cuerpo”, “El inspector Bouvard contra el Rey de los disfraces”, “Hamlet, el esperpento” y la todavía en cartel “Tres cajas para Pandora”, que forman un corpus creativo que no es nada común en espacios de estas características.
“Pensamos que esa continuidad, y la cantidad de representaciones que se han conseguido con esos títulos, proviene del hecho de que forman parte de un proyecto que no sólo tiene en cuenta el proceso creativo propiamente dicho, de puertas adentro del grupo, sino en el trabajo desarrollado en la formación de público”, aseguran.
Esa combinatoria es atinente a lo que consideran un proyecto político en materia teatral: “Desde siempre concebimos nuestro trabajo en el sentido de expresar un punto de vista sobre el mundo y las relaciones humanas y la elección de los títulos y su desarrollo tienen siempre presente esa perspectiva”.
Punto de inflexión
Daniela y Jorge coinciden en señalar que esa definición está en constante reelaboración pero que la definición de una estética que les interesa desarrollar se redondeó con la versión personal de “Hamlet”, sobre la que trabajaron mucho tiempo y que fue el gran suceso teatral del año 2017 en nuestro medio.
“Esa interrelación entre el teatro clásico y una visión desde el presente, que permite a la vez advertir el porqué de la vigencia de ese texto, y la posibilidad de plantear una mirada desde una mayor proximidad histórica, en el caso de esa versión con nuestra propia historia política argentina, nos ha definido de ahí en adelante, con una gran fuerza”, precisan.
Dicen que esa perspectiva les dio la posibilidad además de establecer un punto de reflexión que tuvo gran repercusión entre los jóvenes: “Creemos que en nuestra versión han descubierto junto con nosotros que la tragedia de Hamlet también, en algún sentido, es la de los jóvenes que sufren por lo mandatos heredados”.
Ese descubrimiento no supone una direccionalidad uniforme: “Nos parece que podemos trabajar con Shakespeare, pero también con Fontanarrosa, o con nuestros propios textos, y desde ellos afirmarnos en una línea de trabajo que siempre está conectado con elementos de la ‘commedia dell arte’, utilizados para decir desde distintos lugares lo que queremos decir”.
En ese sentido, manifiestan haber recuperado o acaso redescubierto la narración dentro del hecho teatral, la necesidad de contar, sin descartar por ello elementos de una poética simbólica: “Lo que nos interesa es encontrar un lenguaje autónomo que se pueda servir de distintos elementos sin descartarlos por una decisión estilística a priori”, puntualizan.
También resaltan que siempre tienen presente como punto de partida el conocer la tradición teatral y no negarla y eso es lo que trabajan como concepto en su relación con los jóvenes que participan de los diversos talleres que se desarrollan cada año: “Esa relación con los jóvenes es fascinante, pero tiene un punto de exigencia en el sentido de integrarlos al proceso de formación como espectadores antes que como sujetos el hecho teatral”.
Los dos destacan que esa comunidad que se logra con los chicos “es bárbara y se ha hecho más fuerte con las experiencias recientes a través de la participación en las movilizaciones del movimiento ‘Ni una menos’”. “Eso ha dado un nuevo alimento a la convocatoria habitual que hacemos para que vean teatro, que incluye la convocatoria a escribir una especie de bitácora de espectadores y a través de la cual conseguimos una gran respuesta”, subrayan.
Por estos días, levemente vacíos porque sus dos hijas también han sido inoculadas con el virus y tratan de alimentarlo en Buenos Aires, imaginando una versión de “La señora Macbeth”, de Griselda Gambaro, recién llegados de participar con “Tres cajas para Pandora” en el Festival de Corral de Bustos y preparándose para presentarla en Villa General Belgrano, Daniela y Jorge mantienen vigente ese proyecto que los une y hace del teatro un modo de comprometerse con la vida.
LO QUE PASÓ: VIVAN LAS FEAS!
Las furias
Encendida invectiva femenina, justa y justificable, que se cuida bien de estar a tono con la época, políticamente correcta.
El descentrado estilo autoral de Mariana Asensio le da un perfil heterodoxo a “¡Vivan las feas!”, que es parte de su encanto y también, en algún sentido, su límite. El problema de la obra no es que no responda a una forma dramática tradicional, sino que se prenda mucho de esa desestructura y por momentos pierde el hilo o cae en el juego trivial.
La base de la pieza, ciertamente, está en los textos, se verbaliza: es decir que su apelación básica es claramente intelectual. Pero el desarrollo de esa exposición, deslenguada y voluptuosa, está interceptada por otros elementos -audiovisuales, músicales- que abren otros perfiles la acción y se dirigen a generar un agite de efectos sensoriales.
Como si fueran tres furias, esos personajes mitológicos, las tres mujeres que desarrollan sus perfiles de rebeldía (de las otras dos que aparecen en escena, una tiene un rol de soporte y la otra es una figura simbólica), lo hacen en el interior de una representación, exponiendo una encendida invectiva femenina, justa y justificable, pero que se cuida bien de estar a tono con la época, políticamente correcta.
Desbordándose de su nudo ideológico –se trata de teatro político aunque trafique desenfado a través del humor-, “¡Vivan las feas!” se enfrenta con rabia a la cultura que ha cosificado a la mujer, sometiéndola a modelos que no tienen en cuenta sus vibraciones y necesidades más íntimas, pero sobrecarga sus puentes de efecto: el ataque a la imagen-Arjona de la mujer, efectiva y expresiva en primera instancia, termina por ser recurrente.
También los guiños de autorreferencia, y la apelación a sus actrices –que las tres principales están muy a tono- sacándolos de sus roles de ficción, sufren ese mal: recuperan en exceso esa desviación, transformando en rémora un recurso que en principio parece destinado a matizar el tono panfletario que amenaza a este discurso a favor de la deconstrucción del patrón de belleza exigido a las mujeres en pleno siglo XXI.
Ricardo Sánchez
Daniela y Jorge juegan, y se juegan, en torno al teatro, por eso han creado una fundación que está a punto de culminar con todos los requerimientos legales y que gestionaron con una idea: “Que este proyecto nos trascienda y quede funcionando en plenitud más allá de este tiempo en el que sucede bajo nuestro impulso”.
Es por eso que, desde siempre, ambos se han planteado el proyecto de “El Mascaviento” como un desarrollo que supere la creación de una sala de teatro: “Nuestro planteo fundamental, desde siempre, ha sido desarrollar el concepto de escuela, de hecho comenzamos a trabajar desde allí dos años antes de abrir la sala”, detallan.
En cualquier caso, en la unión de esos conceptos han logrado una continuidad de trabajo que reúne, por un lado, una programación consistente con un desarrollo de clases y, por otro, una serie muy completa de talleres, de los que participan muchos jóvenes que descubren y se apasionan con ese mundo fascinante.
“Por un lado está la programación general, que incluye la constante visita y presentación de elencos independientes de distintos puntos del país, y, por el otro, la que desarrollamos a través de nuestros propios proyectos teatrales, con un elenco que nunca consigue ser estable del todo y otro que se genera en el interior de las distintas facetas educativas”, enfatizan.
Mientras la sala se plantea como un cobijo de múltiples elencos que pasan por ella (de hecho en esta misma sección se expresa un comentario sobre una función realizada allí hace apenas unas horas), exhibe un profuso historial de presentaciones con elencos propios que han alcanzado una continuidad nada habitual.
El récord de 52 funciones que se consiguieron con “4.42 Psicosis” no empalidece la continuidad que tuvieron títulos como “Preguntan por un cuerpo”, “El inspector Bouvard contra el Rey de los disfraces”, “Hamlet, el esperpento” y la todavía en cartel “Tres cajas para Pandora”, que forman un corpus creativo que no es nada común en espacios de estas características.
“Pensamos que esa continuidad, y la cantidad de representaciones que se han conseguido con esos títulos, proviene del hecho de que forman parte de un proyecto que no sólo tiene en cuenta el proceso creativo propiamente dicho, de puertas adentro del grupo, sino en el trabajo desarrollado en la formación de público”, aseguran.
Esa combinatoria es atinente a lo que consideran un proyecto político en materia teatral: “Desde siempre concebimos nuestro trabajo en el sentido de expresar un punto de vista sobre el mundo y las relaciones humanas y la elección de los títulos y su desarrollo tienen siempre presente esa perspectiva”.
Punto de inflexión
Daniela y Jorge coinciden en señalar que esa definición está en constante reelaboración pero que la definición de una estética que les interesa desarrollar se redondeó con la versión personal de “Hamlet”, sobre la que trabajaron mucho tiempo y que fue el gran suceso teatral del año 2017 en nuestro medio.
“Esa interrelación entre el teatro clásico y una visión desde el presente, que permite a la vez advertir el porqué de la vigencia de ese texto, y la posibilidad de plantear una mirada desde una mayor proximidad histórica, en el caso de esa versión con nuestra propia historia política argentina, nos ha definido de ahí en adelante, con una gran fuerza”, precisan.
Dicen que esa perspectiva les dio la posibilidad además de establecer un punto de reflexión que tuvo gran repercusión entre los jóvenes: “Creemos que en nuestra versión han descubierto junto con nosotros que la tragedia de Hamlet también, en algún sentido, es la de los jóvenes que sufren por lo mandatos heredados”.
Ese descubrimiento no supone una direccionalidad uniforme: “Nos parece que podemos trabajar con Shakespeare, pero también con Fontanarrosa, o con nuestros propios textos, y desde ellos afirmarnos en una línea de trabajo que siempre está conectado con elementos de la ‘commedia dell arte’, utilizados para decir desde distintos lugares lo que queremos decir”.
En ese sentido, manifiestan haber recuperado o acaso redescubierto la narración dentro del hecho teatral, la necesidad de contar, sin descartar por ello elementos de una poética simbólica: “Lo que nos interesa es encontrar un lenguaje autónomo que se pueda servir de distintos elementos sin descartarlos por una decisión estilística a priori”, puntualizan.
También resaltan que siempre tienen presente como punto de partida el conocer la tradición teatral y no negarla y eso es lo que trabajan como concepto en su relación con los jóvenes que participan de los diversos talleres que se desarrollan cada año: “Esa relación con los jóvenes es fascinante, pero tiene un punto de exigencia en el sentido de integrarlos al proceso de formación como espectadores antes que como sujetos el hecho teatral”.
Los dos destacan que esa comunidad que se logra con los chicos “es bárbara y se ha hecho más fuerte con las experiencias recientes a través de la participación en las movilizaciones del movimiento ‘Ni una menos’”. “Eso ha dado un nuevo alimento a la convocatoria habitual que hacemos para que vean teatro, que incluye la convocatoria a escribir una especie de bitácora de espectadores y a través de la cual conseguimos una gran respuesta”, subrayan.
Por estos días, levemente vacíos porque sus dos hijas también han sido inoculadas con el virus y tratan de alimentarlo en Buenos Aires, imaginando una versión de “La señora Macbeth”, de Griselda Gambaro, recién llegados de participar con “Tres cajas para Pandora” en el Festival de Corral de Bustos y preparándose para presentarla en Villa General Belgrano, Daniela y Jorge mantienen vigente ese proyecto que los une y hace del teatro un modo de comprometerse con la vida.
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Las furias
Encendida invectiva femenina, justa y justificable, que se cuida bien de estar a tono con la época, políticamente correcta.
El descentrado estilo autoral de Mariana Asensio le da un perfil heterodoxo a “¡Vivan las feas!”, que es parte de su encanto y también, en algún sentido, su límite. El problema de la obra no es que no responda a una forma dramática tradicional, sino que se prenda mucho de esa desestructura y por momentos pierde el hilo o cae en el juego trivial.
La base de la pieza, ciertamente, está en los textos, se verbaliza: es decir que su apelación básica es claramente intelectual. Pero el desarrollo de esa exposición, deslenguada y voluptuosa, está interceptada por otros elementos -audiovisuales, músicales- que abren otros perfiles la acción y se dirigen a generar un agite de efectos sensoriales.
Como si fueran tres furias, esos personajes mitológicos, las tres mujeres que desarrollan sus perfiles de rebeldía (de las otras dos que aparecen en escena, una tiene un rol de soporte y la otra es una figura simbólica), lo hacen en el interior de una representación, exponiendo una encendida invectiva femenina, justa y justificable, pero que se cuida bien de estar a tono con la época, políticamente correcta.
Desbordándose de su nudo ideológico –se trata de teatro político aunque trafique desenfado a través del humor-, “¡Vivan las feas!” se enfrenta con rabia a la cultura que ha cosificado a la mujer, sometiéndola a modelos que no tienen en cuenta sus vibraciones y necesidades más íntimas, pero sobrecarga sus puentes de efecto: el ataque a la imagen-Arjona de la mujer, efectiva y expresiva en primera instancia, termina por ser recurrente.
También los guiños de autorreferencia, y la apelación a sus actrices –que las tres principales están muy a tono- sacándolos de sus roles de ficción, sufren ese mal: recuperan en exceso esa desviación, transformando en rémora un recurso que en principio parece destinado a matizar el tono panfletario que amenaza a este discurso a favor de la deconstrucción del patrón de belleza exigido a las mujeres en pleno siglo XXI.
Ricardo Sánchez

