Criatura enajenada

En "El motoarrebatador", Agustín Toscano despliega sutilmente una perspectiva humanística en este relato que desestima todo subrayado acusatorio y se mete en la piel del protagonista.
 
La segunda película de Agustín Toscano, cuya exhibición termina el jueves y cuya particularidad anima de recomendar su visión, confirma la particularidad del punto de vista narrativo que el director tucumanos había mostrado ya en “Los dueños”, film que vino a presentar hace un par de años en ese mismo espacio y en compañía de su codirector de entonces, Ezequiel Raduzky.

De planteo argumental es deliberadamente escueto: un hombre, que ha ligado el destino de su supervivencia al producto de los arrebatos que realiza a bordo de una moto, queda prendido a la culpa que le despierta el daño que le causa a una mujer mayor a la que arrastra durante en el único asalto ambulante que muestra el film, apenas comenzado. 

Con cultivada inteligencia, Toscano abandona allí mismo, al comienzo, toda recurrencia a esa práctica a la que alude el título de su film y a través de la cual sobrevive Miguel, que así se llama el protagonista. Lo que sigue a ese primer acto, se aparta del subrayado del robo como un estigma y, con atinado sentido dramático, va en busca de otras cuestiones.

La principal, que parece instalarse en el corazón del interés temático del director puesto que ya estaba presente en su primera obra, es el esfuerzo de la criatura humana por salir de su enajenación encontrando un claro de redención para sus errores. De allí que, frente a esa culpa que lo inquieta, se ve empujado a establecer una rara relación con esa mujer a la que causó daño, que lo dobla en años, y cuya amnesia, sobreviviente del arrebato, le ayuda a la construcción de una historia de fraternidad a través de la cual imagina redimirse.

Más allá de Miguel

Ese relato cerrado se airea, y se completa, a través de los destellos que ofrece la televisión con su iridiscencia diaria, molesta y contundente: lo que le sucede a Miguel, su vida, su hijo simpático, su mujer que lo quiere y le teme, su padre con el que vive en distante conflicto, se inscribe en la situación general de una ciudad, Tucumán, abrumada por una pobreza gris que aúpa saqueos grupales a supermercados, beneficiados de una huelga policial que promete prolongarse.

Toscano deja circular esos acontecimientos digamos que paralelos, aunque esenciales a un estado de cosas que determinan su vida, como un telón de fondo que adquiere, gracias a su tratamiento distante y seco, una gran fuerza de conjunto; y sirven para entender los balbuceos emocionales de ese hombre que, hasta que le sucede ese choque emocional, ha naturalizado un modo de vida en el que se piensa encerrado, condenado, para siempre.

Esa Tucumán, que asoma en su forma de hablar y que se muestra con sus calles empobrecidas, sus barrios periféricos, sus compañeros de fechorías, sus vertederos de basura y sus limoneros imponentes, encuadra y explica la existencia de otras tantas criaturas vacías de las que se suele pero a las que ni estigmatiza ni condena, porque éste Miguel es un individuo antes que otro más de ese colectivo de “mala gente” a los que apunta con su impiedad el espíritu persecutorio y carcelario que suele brotar de boca de las “buenas conciencias”.

Más allá de las episódicas escapadas a los espacios abiertos, “El motoarrebatador” sucede en espacios cerrados: la pieza del hospital, los cuartos de la casa donde se desarrolla la curiosa relación entre asaltante y asaltada, y finalmente en la cárcel. Espacios de una opresión que Toscano registra con una delicadeza notable, expresada por su capacidad para ubicar la cámara de modo tal que lo que se encuadra sugiere con potencia la grisura que queda fuera de campo.

Haciendo base en ese talento, su relato encuentra una grandeza que emerge de la sencillez con la que asume el punto de vista de Miguel, desplegando desde allí una perspectiva claramente humanística que viene a decir, con todas las letras que, como él, nadie nace “motochorro”. Y que por detrás de la violencia que ejecuta (que ejecutan) a bordo de una moto, se desanda una desesperación tal que, una criatura humana doliente y entrañable, enajenada, acosada y despojada de horizontes, termina por darle lugar al animal que todos llevamos adentro.

Ricardo Sánchez