En el mismo momento en que se conoció la decisión de la directora argentina Lorena Muñoz de dirigir una biografía de Rodrigo, se disparó la potencial (futura) analogía con su anterior film, “Gilda, no me arrepiento de este amor”, con el que, no hace falta conocer demasiado del tema, tiene infinitos puntos de contacto.
En “El potro: lo mejor del amor”, Lorena Muñoz desciende un peldaño de la cima que alcanzó en su impecable film sobre Gilda, dejando la sensación de que el personaje no le resulta tan cercano.
¿Muñoz sería capaz de sacudirse el ‘corset’ y de liberarse del antecedente, teniendo en cuenta que se estaba haciendo cargo de una historia con tantos elementos en común con la anterior, y en especial después de la casi uniforme percepción favorable que había tenido la película que interpretara Natalia Oreiro?
En principio, Muñoz se arriesga: la tesitura formal del film, con sus sucesos presentados en continua alternancia entre diferentes espacios cerrados (la casa familiar de Rodrigo y las habitaciones de sus parajes y amoríos, y los estudios y los escenarios en los que va ejercitándose su ascenso profesional), es la misma.
También aquí elige la oscuridad (hay apenas dos o tres escenas de exteriores, en las que se impone el brillo de la luz natural), una oscuridad que aunque se presente con tonalidades distintas en saga familiar (con tonos ocres) y en los escenarios de los recitales (en las que predomina el azul), es oscuridad al fin.
Evidentemente, decide que esa especie de sordina visual le ayuda a enquistar lo inevitable, ese acento trágico que unifica las historias: toma esa opción también aquí como si esa opacidad fuera algo así como el anuncio del común destino trágico entre ambos cantores populares.
Otra identidad es la de las formas narrativas, ya que en ambos casos Muñoz va desarrollando una estructura paralela que alterna los hechos familiares, con sus tensiones y distensiones, con el ascenso profesional, ascenso que en ambos casos, el de Gilda y el de Rodrigo, suceden orlados por un halo milagroso.
Además vuelve a acertar en la ubicación de las cesuras, los intersticios entre ambos “mundos”, donde colar las canciones, esos momentos escénicos en los que se suspenden las tribulaciones de la vida cotidiana para transformar todo en un estallido de sensaciones. Y también acierta en su brevedad.
La confrontación más aguda parece surgir de la diferencia en el punto de vista: mientras en “Gilda…” esa voz está asumida en primera persona por la protagonista, aquí, aunque Rodrigo está prácticamente siempre en pantalla, se tiene la sensación de que está siendo mirado, narrado, por otro.
En tren de conjeturar, parece posible que esa decisión quiera establecer la más profunda señal de divergencia: entre tantas similitudes exteriores, interiormente los personajes son diferentes. No es difícil conectar con la obstinación emocionalmente cristalina de Gilda mientras que Rodrigo no tiene esa nobleza.
Al menos el Rodrigo que aquí aparece, en especial después de la muerte de su padre pero incluso antes, en un muchacho-hombre algo zafio que presume de serlo, un pelín prepotente (en su ostentación de pertenencia cordobesa) y que ejerce su voluntad de ascenso con un secreto regusto de venganza.
Gatica
En ese sentido, y en otros de escenas puntuales, el Rodrigo dibujado por Muñoz recuerda mucho al Gatica de Favio. Pero Muñoz no tiene esa locura desmesurada, ese atrevimiento, y por eso resulta mucho más pregnante el perfil que consigue realizar de un personaje más amable, menos encocorado que Rodrigo.
Esa aparente empatía, al menos la que se percibe como espectador, hace también que la cámara registre la interpretación de Natalia Oreiro como una composición mientras en “El Potro…” queda la sensación de que Rodrigo Bueno (que no obstante está muy suelto) está siempre imitando.
Acaso porque Muñoz desarrolla su film con muchos elementos que aluden a la tragedia clásica (allí está la relación con padre y madre, interfiriendo y marcando) y ya se sabe que en ese contexto las criaturas son nada más que juguetes de un destino prefigurado por los dioses, que no se puede eludir.
Sin comparar la duración de ambos films, hay algo en la falta de cosido del guión de “El Potro” que se hace sentir reiterativo. Y seguramente por eso, o acaso porque la percepción de Muñoz acerca de Rodrigo sea diferente, lo que se observa es un film sin nervio.
Vamos, un film que extraña que los conflictos y las alegrías que se expresan a través de las vicisitudes que Rodrigo vivió a lo largo de su corta vida, para ir del anonimato al estrellato: en “El Potro…”, las únicas emociones que se transmiten en plenitud son las que aparecen cuando Rodrigo sube al escenario y canta.
Ricardo Sánchez
En principio, Muñoz se arriesga: la tesitura formal del film, con sus sucesos presentados en continua alternancia entre diferentes espacios cerrados (la casa familiar de Rodrigo y las habitaciones de sus parajes y amoríos, y los estudios y los escenarios en los que va ejercitándose su ascenso profesional), es la misma.
También aquí elige la oscuridad (hay apenas dos o tres escenas de exteriores, en las que se impone el brillo de la luz natural), una oscuridad que aunque se presente con tonalidades distintas en saga familiar (con tonos ocres) y en los escenarios de los recitales (en las que predomina el azul), es oscuridad al fin.
Evidentemente, decide que esa especie de sordina visual le ayuda a enquistar lo inevitable, ese acento trágico que unifica las historias: toma esa opción también aquí como si esa opacidad fuera algo así como el anuncio del común destino trágico entre ambos cantores populares.
Otra identidad es la de las formas narrativas, ya que en ambos casos Muñoz va desarrollando una estructura paralela que alterna los hechos familiares, con sus tensiones y distensiones, con el ascenso profesional, ascenso que en ambos casos, el de Gilda y el de Rodrigo, suceden orlados por un halo milagroso.
Además vuelve a acertar en la ubicación de las cesuras, los intersticios entre ambos “mundos”, donde colar las canciones, esos momentos escénicos en los que se suspenden las tribulaciones de la vida cotidiana para transformar todo en un estallido de sensaciones. Y también acierta en su brevedad.
La confrontación más aguda parece surgir de la diferencia en el punto de vista: mientras en “Gilda…” esa voz está asumida en primera persona por la protagonista, aquí, aunque Rodrigo está prácticamente siempre en pantalla, se tiene la sensación de que está siendo mirado, narrado, por otro.
En tren de conjeturar, parece posible que esa decisión quiera establecer la más profunda señal de divergencia: entre tantas similitudes exteriores, interiormente los personajes son diferentes. No es difícil conectar con la obstinación emocionalmente cristalina de Gilda mientras que Rodrigo no tiene esa nobleza.
Al menos el Rodrigo que aquí aparece, en especial después de la muerte de su padre pero incluso antes, en un muchacho-hombre algo zafio que presume de serlo, un pelín prepotente (en su ostentación de pertenencia cordobesa) y que ejerce su voluntad de ascenso con un secreto regusto de venganza.
Gatica
En ese sentido, y en otros de escenas puntuales, el Rodrigo dibujado por Muñoz recuerda mucho al Gatica de Favio. Pero Muñoz no tiene esa locura desmesurada, ese atrevimiento, y por eso resulta mucho más pregnante el perfil que consigue realizar de un personaje más amable, menos encocorado que Rodrigo.
Esa aparente empatía, al menos la que se percibe como espectador, hace también que la cámara registre la interpretación de Natalia Oreiro como una composición mientras en “El Potro…” queda la sensación de que Rodrigo Bueno (que no obstante está muy suelto) está siempre imitando.
Acaso porque Muñoz desarrolla su film con muchos elementos que aluden a la tragedia clásica (allí está la relación con padre y madre, interfiriendo y marcando) y ya se sabe que en ese contexto las criaturas son nada más que juguetes de un destino prefigurado por los dioses, que no se puede eludir.
Sin comparar la duración de ambos films, hay algo en la falta de cosido del guión de “El Potro” que se hace sentir reiterativo. Y seguramente por eso, o acaso porque la percepción de Muñoz acerca de Rodrigo sea diferente, lo que se observa es un film sin nervio.
Vamos, un film que extraña que los conflictos y las alegrías que se expresan a través de las vicisitudes que Rodrigo vivió a lo largo de su corta vida, para ir del anonimato al estrellato: en “El Potro…”, las únicas emociones que se transmiten en plenitud son las que aparecen cuando Rodrigo sube al escenario y canta.
Ricardo Sánchez

