El sí y el no
La trama de la política argentina, tensa y oscilante, parece pensada y escrita por esos guionistas talentosos pero un poco sádicos que hacen pasear a los protagonistas y a los espectadores por la gama más intensa de las sensaciones humanas. Sería una serie apasionante -lo es- para verla en una maratón interminable, aunque con el condimento particular de que, esta vez, quien mira la historia también siente que se juega parte de su destino.
Es una elección extrema, tal vez la más extrema desde la vuelta de la democracia porque está planteada no como una instancia electoral más, normal y habitual, sino como un punto de quiebre en el que aparece comprometida la configuración del país, su presente y su futuro. Los dos polos que llegaron al balotaje construyen sobre la base de una idea similar:con el otro, la Patria está en peligro.
Esa fractura tajante ha causado que entre los votantes de uno y otro, de Sergio Massa y de Javier Milei, se haya abierto un abismo de sentido que parece insalvable. Quienes optan por el libertario no pueden entender cómo se puede poner un voto por Massa, que tiene al país con 140% de inflación y las estaciones de servicio sin nafta;quienes eligen al tigrense no comprenden que un personaje estrafalario como Milei signifique para alguien algo distinto que una puerta al desastre.
La suerte de la elección estará en la capacidad de uno o de otro para atraer a quienes todavía no están decididos. Es probable que a esos electores no les guste ni Massa ni Milei pero, tal como está planteada la elección, el 19 de noviembre tendrán que definirse no tanto por lo que quieren para el país, sino por lo que no quieren.
El domingo a la noche, cuando dio el batacazo y estuvo cerca de ganar en primera vuelta, Massa demostró que su campaña creció notablemente en profesionalización con respecto a las Paso. En las pantallas, mientras el candidato hablaba delante de una enorme bandera argentina, aparecía un eslogan que pretende ser mucho más:aspira a establecer la definición de los dos bandos en pugna.
“Argentina Sí” se leía detrás de Massa. Los publicistas del ministro, que en el camino a la primera vuelta ya habían pensado la segunda, expresaron así la intención de que la positividad quede del lado del tigrense. Conceptualmente, Massa aparece en su propia campaña como el sí a la producción, a la educación y la salud, a la continuidad de los subsidios, entre otros aspectos. Milei, por contraposición, representa la otra cara: el no, la negatividad. Esa es una categorización que el propio libertario contribuyó a cimentar: su agenda promete una larga cadena de destrucciones y una casi inexistente lista de construcciones.
Milei debe haber comprendido esa misma noche que prometer arrasar con todo tal vez no haya sido una estrategia electoralmente redituable. No al menos en esa instancia. En su discurso de admisión de la derrota argumentó que el 63% de la gente votó por una opción opositora. Es verdad. Aunque también lo es que sólo 30 de cada 100 argentinos se vieron seducidos por la oferta libertaria. El resto, incluso los que abominan al kirchnerismo, se fue para otro lado.
El problema determinante de Milei en la primera vuelta fue que su propuesta de futuro, su idea sobre la sociedad y el ser humano, terminó siendo para una porción numerosa de los votantes más temible que el presente que ofrece Massa. El Milei real dio incluso más miedo que la campaña del miedo que se ejecutó en su contra.
Ahora, si pretende llegar con chances de ganar, deberá revisar una composición de campaña que fue deshilachada, confusa y hasta temeraria.
Los primeros indicios después de la derrota del domingo no parecen ir en esa dirección. Desesperado, presionado, el libertario cometió algunos errores groseros en una instancia en que ese tipo de equivocaciones pueden pagarse a un costo altísimo.
Todo el mundo lo vio, por ejemplo, en la ya histórica entrevista que le dio a Esteban Trebucq en A24. Fue muy incómodo mirarlo. Y escucharlo. Transpiró a mares, lloró, se sacó al aire y volvió a recurrir a una de esas metáforas sexuales que tanto le gustan y que para casi todo el mundo son perturbadoras. No parecía tener control sobre su cara, en la que aparecieron gestos y tics que hasta ese momento no había tenido y que lo hicieron ver como una mezcla argenta entre el Señor Burns y el Joker de Joaquin Phoenix.
La salud mental es un asunto estrictamente personal y privado pero se vuelve público cuando se trata de un candidato que pretende presidir un país.Y no cualquier país:se trata de Argentina. ¿Cómo va a hacer Milei para soportar las enormes presiones que implica el cargo, las críticas, las manifestaciones, si no fue capaz de aguantar un murmullo en un estudio de televisión?
Pero hubo otro aspecto de la semana que fue clave para Milei y cuyo efecto electoral aún es una incógnita: el pacto con Mauricio Macri y Patricia Bullrich, la gran derrotada en las elecciones del domingo.
Por supuesto que el apoyo del expresidente y de la candidata es un capital simbólico y político por una parte, pero puede contener a la vez un riesgo considerable:desde que se oficializó el acuerdo, el discurso de Milei se desperfiló, para usar un término que le encanta a Macri. El libertario, en un momento, dejó de tener como adversario a la casta -de la que Juntos por el Cambio formaba parte- para pasar a combatir exclusivamente al kirchnerismo;pero, cuando entendió que ese viraje podía perjudicarlo, volvió a la casta. Todo en tres días.
Pero, además, está en duda qué representa hoy Milei, qué es. ¿Va a quemar el Banco Central con todo adentro o le va a ceder ese puesto a un macrista? ¿Sigue vigente la idea de la dolarización o ya caducó? Él asegura que sí, pero sus nuevos socios de Juntos fueron los que más consistentemente argumentaron en contra de la eliminación del peso.
Milei está corriendo el riesgo de que se diluya la imagen que lo llevó a ganar las Paso y a quedar segundo en la elección de octubre.
Y no sólo él es confuso. También Bullrich y Macri y una parte del Pro. Hace 10 días dijeron, en el cierre de campaña, que las ideas del libertario son “malas y peligrosas” y que llevarían al país al desastre. ¿Por qué las apoyan para el balotaje? ¿Piensan ahora que las ideas de Milei son buenas y positivas o que ya no las defiende? ¿O creen que, como habría dicho Macri, gobernarán a través del libertario e impondrán los proyectos que quedaron terceros el domingo?
Cuando Bullrich aún estaba en shock por el desastre electoral, Macri le hizo cerrar un acuerdo con Milei y en ese acto sepultó a Juntos por el Cambio tal como se lo conocía. Los radicales estallaron de furia -en parte porque el libertario los defenestra a ellos y a sus símbolos cada vez que puede- contra un socio con el que ya parecían compartir poco y nada.
Pero, más allá de lo político y simbólico, el domingo pasado quedó claro que un aspecto central del balotaje de noviembre será el territorial. La maquinaria del peronismo se puso en marcha y dio vuelta una elección que parecía imposible ¿El pacto Macri-Milei contribuye a contrarrestar esa desventaja?Por ahora parece que no. Porque el expresidente no se llevó a ninguno de los gobernadores, ni siquiera a los del Pro, y el despliegue de base es patrimonio del radicalismo, que tiene intendentes en todo el país.
La incógnita es si la UCR será realmente neutral o si por lo bajo jugará en realidad para Massa. Hay dirigentes que ya insinúan que no se quedarán quietos. Ese hecho podría tener efecto, sobre todo en los distritos en los que Massa corre con desventaja. Por ejemplo, en Córdoba.
Las primeras encuestas señalan que en la provincia, previsiblemente, el libertario encabeza la intención de voto. Un sondeo de CBConsultora le otorga a Milei el 70,9% y a Massa, el 29,1. El peronismo cordobés, de JuanSchiaretti y Martín Llaryora, maneja cifras similares. En ese escenario, la decisión de Schiaretti -los criterios políticos los fijará por lo menos hasta el 10 de diciembre en consulta con Llaryora- es sostener la neutralidad hasta los 10 días finales de la campaña. Podría extenderla hasta el día de la votación pero en El Panal no descartan que Schiaretti, que juntó 1.800.000 votos el domingo pasado a nivel nacional, se incline por uno u otro. Consideran que a Massa tiene para aportarle un activo central:despegarlo del kirchnerismo. A Milei, lograr el apoyo de Schiaretti le incrementaría la estructura para la gobernabilidad y le daría una pátina de sensatez.
¿De qué dependerá que se incline por uno u otro, si lo hace? De los compromisos que asuman Milei o Massa por concretar algunos de los reclamos de federalismo que el gobernador enumeró durante la campaña.
La crisis de Juntos por el Cambio reconfigurará a la oposición a nivel nacional, pero también en la provincia. El primer desafío de esa fuerza opositora en Córdoba, que viene de perder cuanta elección se cruzó en su paso, es sostenerse como un bloque legislativo único.
El segundo desafío será electoral. Dentro de algunos meses tendrá que afrontar la elección municipal en Río Cuarto, capital alterna y segundo distrito. En el radicalismo ya aseguran que crearán una nueva coalición, con otro nombre y más aliados. Enfrente tendrá al peronismo, que espera capturar a algunos de los heridos. Juan Manuel Llamosas estaba exultante el domingo en el búnker peronista. Schiaretti no ganó en la ciudad pero remontó:pasó de tercero a segundo y recuperó un bastión como barrio Alberdi. El intendente cree que ese cambio lo posiciona mejor en el tablero provincial y le permitirá sostener en la ciudad, el año próximo, su intención de conducir en el oficialismo el proceso para elegir a su sucesor.