Espectáculos

“El truco es hacerte creer que con los 10 datos que te cuento podés entender una ciudad”

Desde sus inicios en Página 30, Caparrós irrumpió como un exquisito narrador de las megalópolis y de sus personajes. Consagrado hoy como uno de los cronistas más emblemáticos, el escritor confió a Puntal los secretos de su profesión: lecturas, curiosidad, caminar las calles y saber escuchar.

Genial y polémico. Inspirado y provocador, Martín Caparrós anda suelto por Córdoba. 

  El diario de mayor circulación de la capital acaba de publicar su foto en la contratapa del suplemento del Congreso de la Lengua Española, pero eso no lo inquieta. Caparrós camina la ciudad a zancadas largas y, a la vez, morosas. 

   No tiene apuro.

  Las piernas se bambolean a su aire como si cada una decidiera a último momento qué baldosa pisar. Va por Hipólito Yrigoyen, una de las calles más transitadas de La Docta, pero camina a contramano. Mientras la mayoría enfila en dirección al Patio Olmos para sumarse a la horda de fanáticos atraídos por la presencia de Joaquín Sabina en el Teatro del Libertador San Martín, él que también es uno de los invitados especiales a la cita internacional de la lengua, va en sentido contrario, y le encanta. 

  Es un tipo disfrutando de una cuota de anonimato.

  Caparrós viste de negro y a su antojo. Lleva la remera deslavada metida dentro de unos pantalones que dejan al descubierto unos cuántos centímetros de tobillo. El detalle no lo inquieta en absoluto.

Lo más probable es que en este mismo momento, el hombre calvo del bigote espiralado, esté haciendo acopio de la materia prima de alguna crónica.

   Es la hora de la siesta, cuando el flujo continuo de piernas, brazos y rostros se permite circular por la ciudad con una o dos marchas menos.

 No es el mejor momento para intentar una entrevista.

  

* * *



  Ahora, son las seis y monedas de la tarde. La cuadra de Vélez Sarsfield al 300, el epicentro del español por estos días, es un racimo de señores de la RAE y del Instituto Cervantes que entran y salen del teatro San Martín con trajes grises y tonada castiza: el diccionario de la lengua española parece huérfano de madre.

   Un par de cabezas por encima de los hombrecitos de traje, la figura longilínea de Caparrós emerge del teatro y apenas pisa la vereda cuando una mujer de vestido negro y labios rojo furioso, le corta el paso:

-¡Hola! Disculpá que te pregunte, tu eres el amigo de González Padilla, ¿cierto? -Le suelta con acento centroamericano.

  Caparrós se sonríe, se alisa la punta del bigote y la despacha:        -No, señorita, no tengo la menor idea de quién es el señor.

  El equívoco llegó caído del cielo para intentar un diálogo sin cita previa. Es ahora o nunca. 

 “Dale, hablemos”, concede Caparrós y durante unos minutos se enfrascará en el juego que mejor juega y que más le gusta: la crónica literaria.

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  -¿Qué cree que cambió entre el crónista de aquellas historias de ciudades en la revista Página 30, a este que  vuelve a retratar las megalópolis?

-Creo que con respecto al trabajo específico este de hacer periodismo narrativo, de hacer lo que se llama la crónica, no tengo la sensación de haber cambiado mucho, ni de que lo que hago haya cambiado mucho. Yo ahora estoy haciendo una serie sobre las grandes ciudades sudamericanas que está saliendo en El País de los días domingos -hoy justo salió en internet la tercera entrega-. Hice Caracas, Bogotá y hoy sale México. Y la verdad que el laburo ese es igual que el que hacía en el año 91 cuando escribía sobre China. Te diría que, por un lado, me gusta que no haya cambiado, más allá de que obviamente desde entonces y hasta ahora, los medios técnicos hayan cambiado muchísimo. Estamos hablando de que arranqué en una época preinternet, casi precomputadoras. Yo creo que la primera computadora la compré en el año 91 y era un adelantado. Osea, todo el entorno técnico en el que laburamos es totalmente distinto, pero el trabajo lo sigo haciendo muy parecido.

-Poniendo en juego la sensibilidad del cronista para captar lo que la ciudad te ofrece.

-Claro, camino por los lugares para ver qué es lo que se ve. Escucho a la gente y trato de armar con eso un cierto panorama. Eso sigue siendo muy parecido a lo que hacía antes. Después, como te decía, hay infinidad de cosas que han cambiado mucho.

-Si tuviera que revelar dos o tres secretos para quienes se están formando como cronistas, que les diría: ¿con qué herramientas se narra una ciudad?

-La verdad es que intentar contar una ciudad es un disparate, eso lo tengo clarísimo y está destinado inevitablemente al fracaso. Eso yo lo sé. El único truco para mí está en hacerte creer que las diez cosas que te cuento sobre esa ciudad son, poco más poco menos, las que te permiten tener un panorama general de lo que ahí pasa. Pero sé que es un disparate.

-¿Qué condiciones debe tener un buen cronista?

-Para hacer una crónica, en general, te diría que lo más importante, para empezar, es haber leído mucho. Y tener una familiaridad con las palabras, sin la cual, no hay manera de que eso se pueda hacer. Se me ocurre que lo que realmente importa es saber elegir qué leer y empaparse, aprender esa música. Sin la música no hay manera de que aparezca la letra. Y después lo que decíamos recién. Salir, mezclarse, meterse en los lugares, escuchar. Con todo eso que uno ha ido recogiendo intentar ver cuál es la estructura que mejor permite poner todo esto en escena.

-Cuando escribió El Interior (la crónica de un viaje por ciudades de todo el país), contó allí que uno de sus métodos era ir narrando las escenas a un pequeño grabador y luego las transcribía y las pulía.

-Sí, yo muchos años trabajé anotando. Esta libretita, mirá, la tengo siempre acá conmigo.

Caparrós saca del bolsillo trasero del pantalón un minúsculo anotador de tapas negras. Repasa las hojas y se ve que están todas repletas de anotaciones manuscritas, con bolígrafo negro y letra apretada.

-Esto lo escribí de un laburo que estoy haciendo con Buenos Aires. Voy anotando, me gusta más hacerlo así. Y cuando no puedo hacerlo, grabo algunas frases en el teléfono. Pero sí, más allá de los medios, vas registrando las situaciones, los lugares y los momentos en el instante. Eso me funciona mejor que simplemente tomar un apunte y después escribirlo, porque cuando estoy en la situación veo más cosas, es más rico. Otros se toman un apunte y después lo escriben cuando llegan a sus casas. Son maneras. 



* * *



-Más allá de que incursionó en todos los formatos, se lo reconoce como un hombre de la gráfica, ¿qué le genera el cambio que están viviendo los diarios en papel?

-El papel es un soporte que funcionó muy bien, digamos, en los últimos doscientos años y que está siendo progresivamente reemplazado por otros soportes. No me preocupa que eso suceda. Me parece que, al contrario, lo digital tiene ciertas ventajas indudables sobre el papel. Ahora este artículo que te decía sobre la ciudad de México, va a ser publicado en la edición impresa del El País de España con 10 mil palabras, en cambio en el digital va a tener 14 mil. Obviamente por qué hay más lugar, en lo digital el lugar es infinito. A mí en este caso me sirve más lo digital que el papel.

-¡Sólo Caparrós puede conseguir que alguien lea un artículo de 14 mil palabras en una computadora!

-(Risas).

* * *



-En una charla que manteníamos con el nicaragüense Sergio Ramírez, nos decía que frente a la irrupción de las redes y la proliferación de contenidos ve que la crónica de largo aliento sigue siendo un refugio para el periodismo.

-Sí, obviamente que es lo que a mí más me gusta. Pero insisto que no depende tanto del soporte en el cual las pongas. Puede ser en una pantalla, puede ser en un papel, pero el asunto es que esté bien escrita, bien contada.

-¿Qué lee Caparrós?

-Mirá, hoy estaba leyendo una cosa que me dejó loco, porque encontré en una librería de viejo un libro que se publicó en diciembre del 87. Lo publicó Página 12 y se llama Nuevo Periodismo. Era  una compilación de las mejores notas que se habían publicado en los primeros 6 meses de vida que llevaba el diario. Había una nota mía que debe haber sido el primer trabajo periodístico publicado en un libro. Lo compré y me senté a leerlo en un café: releí un artículo de Tomás Eloy Martínez espléndido, otro de Truman Capote, de Soriano, y salí fascinado.

-Los viejos referentes de la crónica.

-Sí, pero hacía tiempo que no los leía y encontrármelos ahí, en ese libro de hace 32 años, donde por primera vez participaba yo, fue un momento especial.

-De los nuevos exponentes de la crónica, ¿a quién resaltarías?

-Hay unos cuantos, pero si querés uno solo, te nombro a Carlos Manuel Älvarez Rodríguez. Es un pibe, un cubano que tiene 29 o 30 años. Publicó su primer libro de crónicas hace un año o dos. Se llama “La tribu” y yo le escribí el prólogo. Es un gran cronista... es un chiquito hijo de puta, más bien ¡hay que matarlo! -Dice Caparrós y se ríe con ganas de la ocurrencia. 

  Con un toquecito amable en el hombro del cronista, el tipo con fama de cascarrabias avisa que la entrevista montada entre el ruido de los autos y el bullicio de peatones, llegó a su fin.

  Caparrós se despide con un abrazo y, pertrechado sólo con la libretita negra que lleva en el bolsillo, vuelve a camuflarse entre la gente, a la caza de la próxima historia.



Alejandro Fara.  Puntal en el CILE