El peronismo cordobés no esperaba un milagro. Ni se imaginó jamás una recuperación inverosímil y de dimensiones épicas como la que ocurrió en San Luis. Se conformaba con limar un par de puntos y con conservar las tres bancas que le presagiaron las Paso.
Tuvo el consuelo de las tres bancas, que sí logró retener, porque ninguna de sus otras pretensiones se cumplió. El cambio de discurso y de tono de la campaña, el abandono de la confrontación con Mauricio Macri, la aclaración persistente de que votar a Unión por Córdoba no implicaba un rechazo al Presidente, no dieron resultado. Ayer, los 16,3 puntos de ventaja que Cambiemos consiguió en las Paso se estiraron hasta el límite de los 18 -17,88 para ser más precisos- y el peronismo cordobés se hundió un poco más en la derrota.
Sin embargo, anoche, cuando dio su discurso, el gobernador Juan Schiaretti ensayó una interpretación que sonó excesivamente forzada para tratar de subirse al carro de los ganadores. Así como en las Paso del 13 de agosto se había colocado como antagonista de Macri e incluso encaró con él una pelea cara a cara, esta vez prefirió abrazarse al líder de Cambiemos y decir que, en realidad, ambos integran la amplia categoría del antikirchnerismo.
El gobernador aseguró que en Córdoba se impuso claramente el eje nacional y que 9 de cada 10 votantes en la provincia se expresaron “en contra de 12 años de discriminación”. Esos 9 se obtienen de sumar a todas las fuerzas, excepto la lista encabezada por Pablo Carro.
En resumidas cuentas, el único que perdió la elección en Córdoba fue el kirchnerismo; el resto integra la amplísima heterogeneidad triunfadora.
Esa interpretación prescinde de asumir, al menos públicamente, los mensajes que pueden haber salido de las urnas con destino a Unión por Córdoba. Schiaretti, que en las Paso había señalado que se plebiscitaba su gestión y que, con ese eje, no pudo esquivarle entonces el cuerpo a la derrota, esta vez se reposicionó en el escenario para tratar de esquivar cualquier tipo de consecuencia.
Posteriormente, un comunicado del peronismo cordobés tampoco habló de admisión del resultado adverso sino que hizo una comparación con los votos que obtuvo en otras elecciones legislativas, como si la competencia de ayer no hubiera sido contra Cambiemos sino contra sí mismo. Detalló que en 2007 obtuvo apenas el 16,43 por ciento, que en 2009 cosechó el 25,66, que en 2013 alcanzó el 26,6 y que ayer superó el 30,2. Destacó que hace dos años se quedó con sólo dos bancas y que ahora se alzó con una más.
Unión por Córdoba intentó así matizar las interpretaciones derrotistas y mostrarse como una fuerza viva, en crecimiento, que, según se desprende de las palabras de Schiaretti, hará todo lo posible para llegar dentro de dos años con las chances intactas para sostener su hegemonía en el Ejecutivo por otro período y extenderla a casi un cuarto de siglo.
Esa ha sido la actitud pública. Hacia adentro del peronismo se iniciará un proceso distinto, de críticas cruzadas por la responsabilidad de los 18 puntos de distancia, y de intentos de reposicionamiento. La pelea de fondo seguirá siendo entre los dos caciques que han monopolizado el protagonismo desde 1999 hasta la fecha y que han funcionado como un tándem imbatible desde entonces.
Las constantes apelaciones que se vienen oyendo desde hace tiempo en el PJ provincial sobre la necesidad de una renovación dirigencial deberán seguir esperando. La principal esperanza de recambio que tenía Unión por Córdoba, Martín Llaryora, acaba de apagarse por el peso que, más allá de los discursos, posee indefectiblemente una adversidad electoral de la magnitud que acaba de sufrir.
El PJ no tiene otra: deberá seguir aferrándose a la díada Schiaretti-De la Sota si es que aspira a retener el poder dentro de dos años.
Sólo que esta vez será diferente. Esa alianza inquebrantable que encarnaron los dos dirigentes ahora ostenta las grietas más profundas de toda su historia.
El schiarettismo se ha esforzado por destacar que el gobernador seguirá liderando el grupo de mandatarios provinciales que conformará un bloque en el Congreso y que negociará de manera directa con el macrismo.
Del otro lado, en el delasotismo, aseguran que la supuesta dedicación exclusiva de El Hombre a su tienda de ropa masculina ha sido sólo una estrategia para esquivarle a los golpes de la derrota, que se había prefigurado, y para encarar una reinvención de su imagen, un anticipo de lo que vendrá a nivel político. En su grupo sostienen que “José”, a secas, como le dicen, está preparando el lanzamiento de una fuerza remozada, sin los achaques de Unión por Córdoba, más asentada en movimientos sociales como el ambientalismo y el cuidado de los animales.
Es decir, hay dos visiones y proyectos enfrentados y en esa contraposición se jugarán las chances del peronismo para los años que vendrán.
En Cambiemos, la amplia victoria también ha adelantado tironeos en la futura batalla por la gobernación. Los anotados son varios -Mario Negri, Ramón Mestre, Héctor Baldassi, Javier Pretto, Luis Juez- y ya están mostrando fisuras públicas que podrían anticipar el escenario que se vendrá.
El intendente de Córdoba y el jefe del interbloque de Cambiemos, que anoche fue el único cordobés que se subió al palco en el que Macri volvió a festejar con papelitos su triunfo electoral, difieren hasta en la interpretación del resultado de las legislativas. Mientras Mestre aventuró que la paliza de ayer es el inicio del fin de Unión por Córdoba, Negri llamó a no emborracharse con la victoria porque sería un error dar por ganada una disputa que todavía no comenzó.
El 2019 aún está lejos. Y en Córdoba quedó demostrado que ha prevalecido la alta imagen de Macri y la marca Cambiemos y, por lo tanto, dentro de dos años, cuando se defina la gobernación, el impulso de los opositores cordobeses estará atado férreamente a la suerte del gobierno nacional y al éxito o al fracaso que por entonces sus políticas hayan obtenido.
Sin embargo, anoche, cuando dio su discurso, el gobernador Juan Schiaretti ensayó una interpretación que sonó excesivamente forzada para tratar de subirse al carro de los ganadores. Así como en las Paso del 13 de agosto se había colocado como antagonista de Macri e incluso encaró con él una pelea cara a cara, esta vez prefirió abrazarse al líder de Cambiemos y decir que, en realidad, ambos integran la amplia categoría del antikirchnerismo.
El gobernador aseguró que en Córdoba se impuso claramente el eje nacional y que 9 de cada 10 votantes en la provincia se expresaron “en contra de 12 años de discriminación”. Esos 9 se obtienen de sumar a todas las fuerzas, excepto la lista encabezada por Pablo Carro.
En resumidas cuentas, el único que perdió la elección en Córdoba fue el kirchnerismo; el resto integra la amplísima heterogeneidad triunfadora.
Esa interpretación prescinde de asumir, al menos públicamente, los mensajes que pueden haber salido de las urnas con destino a Unión por Córdoba. Schiaretti, que en las Paso había señalado que se plebiscitaba su gestión y que, con ese eje, no pudo esquivarle entonces el cuerpo a la derrota, esta vez se reposicionó en el escenario para tratar de esquivar cualquier tipo de consecuencia.
Posteriormente, un comunicado del peronismo cordobés tampoco habló de admisión del resultado adverso sino que hizo una comparación con los votos que obtuvo en otras elecciones legislativas, como si la competencia de ayer no hubiera sido contra Cambiemos sino contra sí mismo. Detalló que en 2007 obtuvo apenas el 16,43 por ciento, que en 2009 cosechó el 25,66, que en 2013 alcanzó el 26,6 y que ayer superó el 30,2. Destacó que hace dos años se quedó con sólo dos bancas y que ahora se alzó con una más.
Unión por Córdoba intentó así matizar las interpretaciones derrotistas y mostrarse como una fuerza viva, en crecimiento, que, según se desprende de las palabras de Schiaretti, hará todo lo posible para llegar dentro de dos años con las chances intactas para sostener su hegemonía en el Ejecutivo por otro período y extenderla a casi un cuarto de siglo.
Esa ha sido la actitud pública. Hacia adentro del peronismo se iniciará un proceso distinto, de críticas cruzadas por la responsabilidad de los 18 puntos de distancia, y de intentos de reposicionamiento. La pelea de fondo seguirá siendo entre los dos caciques que han monopolizado el protagonismo desde 1999 hasta la fecha y que han funcionado como un tándem imbatible desde entonces.
Las constantes apelaciones que se vienen oyendo desde hace tiempo en el PJ provincial sobre la necesidad de una renovación dirigencial deberán seguir esperando. La principal esperanza de recambio que tenía Unión por Córdoba, Martín Llaryora, acaba de apagarse por el peso que, más allá de los discursos, posee indefectiblemente una adversidad electoral de la magnitud que acaba de sufrir.
El PJ no tiene otra: deberá seguir aferrándose a la díada Schiaretti-De la Sota si es que aspira a retener el poder dentro de dos años.
Sólo que esta vez será diferente. Esa alianza inquebrantable que encarnaron los dos dirigentes ahora ostenta las grietas más profundas de toda su historia.
El schiarettismo se ha esforzado por destacar que el gobernador seguirá liderando el grupo de mandatarios provinciales que conformará un bloque en el Congreso y que negociará de manera directa con el macrismo.
Del otro lado, en el delasotismo, aseguran que la supuesta dedicación exclusiva de El Hombre a su tienda de ropa masculina ha sido sólo una estrategia para esquivarle a los golpes de la derrota, que se había prefigurado, y para encarar una reinvención de su imagen, un anticipo de lo que vendrá a nivel político. En su grupo sostienen que “José”, a secas, como le dicen, está preparando el lanzamiento de una fuerza remozada, sin los achaques de Unión por Córdoba, más asentada en movimientos sociales como el ambientalismo y el cuidado de los animales.
Es decir, hay dos visiones y proyectos enfrentados y en esa contraposición se jugarán las chances del peronismo para los años que vendrán.
En Cambiemos, la amplia victoria también ha adelantado tironeos en la futura batalla por la gobernación. Los anotados son varios -Mario Negri, Ramón Mestre, Héctor Baldassi, Javier Pretto, Luis Juez- y ya están mostrando fisuras públicas que podrían anticipar el escenario que se vendrá.
El intendente de Córdoba y el jefe del interbloque de Cambiemos, que anoche fue el único cordobés que se subió al palco en el que Macri volvió a festejar con papelitos su triunfo electoral, difieren hasta en la interpretación del resultado de las legislativas. Mientras Mestre aventuró que la paliza de ayer es el inicio del fin de Unión por Córdoba, Negri llamó a no emborracharse con la victoria porque sería un error dar por ganada una disputa que todavía no comenzó.
El 2019 aún está lejos. Y en Córdoba quedó demostrado que ha prevalecido la alta imagen de Macri y la marca Cambiemos y, por lo tanto, dentro de dos años, cuando se defina la gobernación, el impulso de los opositores cordobeses estará atado férreamente a la suerte del gobierno nacional y al éxito o al fracaso que por entonces sus políticas hayan obtenido.

