Hace apenas unas semanas llegó a la Argentina, y en el mismo momento a Río Cuarto, la edición de En la noche yerma, el poemario de Antonio Tello, por la editorial española Vaso Roto.
Se trata del último de los poemarios que el poeta nacido en Villa Dolores, aunque riocuartense por amor de su desarrollo artístico, concibió y escribió en Barcelona, donde vivió exiliado durante muchos años.
A la fortuna que supone la continuidad de su trabajo poético se le suma la de tenerlo al alcance de la mano, de nuevo en Río Cuarto, para conversar con él acerca de esta obra que lo confirma en su condición de gran artista que escribe este poema cuya voz agónica despide una luz cegadora.
“En la noche yerma” se inicia con citas de “La tierra baldía” de Eliot (admitido como modelo impulsor de la obra) y de Octavio Paz: ¿por qué la elección de esos poetas?
“La tierra baldía” –que Alberto Girri tradujo aquí como “La tierra yerma”- fue publicada originalmente en 1922, es decir, poco después de finalizada la Primera Guerra Mundial, y es uno de los mayores poemas de habla inglesa del siglo XX. En él, Eliot, en ese período de entreguerras, describe lo que percibe como la decadencia de la civilización occidental, cosa que la siguiente confrontación bélica parecerá darle la razón. En cierto modo el poeta de “En la noche yerma” toma el testigo del poeta angloamericano, pero a diferencia de él constata el desastre y asiste a su agonía no desde la alta cultura sino a ras de suelo, ensuciándose las ropas y los zapatos con el barro y la sangre que deja la devastación, tal como parece intuirlo Octavio Paz en “Piedra sol”, también uno de los grandes poemas del siglo XX. La inclusión de las citas obra de aviso al lector sobre los fundamentos que sustentan la escritura y las visiones de “En la noche yerma”, que para muchos, como lo fue para mí escribirlo, resultará extremadamente angustiante.
-Aparentemente, el poema está impulsado por una especie de horror frente al vacío, o frente a un gran agujero negro que nos está deglutiendo: ¿cómo se impulsa para expresar ese horror?
-No se trata del consabido “horror vacui”, ese miedo al vacío que lleva a muchos artistas, especialmente plásticos, a crear un relleno visual, sino de la estremecedora experiencia que supone saber que ignoramos el sentido profundo de nuestra existencia. Nikos Kazantzakis, el gran poeta griego, decía que somos un fulgor entre dos abismos. En realidad estamos apresados, un fulgor consciente de su finitud e ignorante de su procedencia y de lo que hay más allá de su extinción, razón por la cual crea –creamos- la idea de dios para disimular esta angustiosa ignorancia y hacer más soportable nuestra vida en el mundo.
-Esa gran angustia que describe, que algunos definen como apocalíptica, ¿de qué constataciones nace?
-A ese profundo estado de aflicción que nace del no saber y que nos extranjeriza en el mundo –pienso ahora en Meursault, el protagonista de “El extranjero” de Albert Camus-, en este poema se suma la constatación de la decadencia y agonía de nuestra civilización. No podemos ser dichosos porque nuestro decir ya no dice, porque ya no podemos pensar y hablar con claridad y al no hacerlo tampoco podemos edificar la realidad del mundo. La constatación es la violencia, el odio, la destrucción y la mentira que campean con extrema crueldad. Pero yo no hablaría de apocalipsis, aunque el tono salmódico del poema evoque al de los profetas bíblicos, sino de un paisaje humano presa de la desolación a causa del naufragio de los valores éticos que sostienen toda civilización.
-Si bien todo parece indicar que el poema anticipa una destrucción, esa destrucción sucede poéticamente fuera del tiempo y del espacio. ¿Es intencionado que no haya referencias específicas en ese sentido?
-“En la noche yerma” es la narración de una destrucción que está sucediendo y que podemos verla a poco que abramos bien esos ojos que no son de carne, esos ojos que ven más allá. Lo que da la sensación extraña al tiempo y al espacio históricos es la memoria colectiva y la conciencia de ser, una conciencia que se nutre del conocimiento o del reconocimiento de su propio reflejo. De aquí también, la esperanza del renacer que se verifica como una visión epifánica del nacimiento o del renacimiento de un nuevo lenguaje capaz de volver a crear un mundo distinto, más justo que éste, que ha desalmado al ser humano y lo ha convertido en un perro rabioso.
-El poema parece a la vez una regurgitación, un vómito producto de algo que marea, que torna borrosa la mirada, y sin embargo la mención recurrente del mar insinúa una esperanza, ¿es así?
-El poema es una metáfora de la rabia, de la impotencia, de la angustia, de todo aquello que alimenta el odio y la imposibilidad del bien vivir. El poema es un vértigo de odio que nos devuelve y enfrenta al vacío, es decir, a la oscuridad que oculta nuestra procedencia. Por esto el poeta, que no es el mismo poeta que inicia la narración, sino su hijo, ante la visión del abismo se pregunta dónde está el mar y se lo pregunta porque ya sabe que el mar es la fuente de la vida. Pensemos que esa primitiva arqueobacteria que resistió las altísimas temperaturas del magma inicial pudo desarrollarse y multiplicarse en el seno de las aguas. Es de estas aguas de donde proceden todos los seres vivientes nacidos de esa bacteria sobreviviente, pero ¿dónde y cómo nació la arqueobacteria? Las escrituras sánscritas hablan del silencio, por ejemplo, como una fuerza bruta y genésica, que produce el sonido y que el “¡Oh!” sería una especie de proto-sonido de lo indecible que el ser humano convierte en proto-lenguaje. El silencio que el ser humano añora se corresponde con el vacío de la creación, o que antecede a la creación del mundo, la cual se manifiesta, según las escrituras sánscritas, en la palabra “nada”, que alude a la primera vibración, la primera resonancia, que da lugar a la primera nota primordial del lenguaje.
-Esa repetición remite a la misma fuerte presencia del mar en libros anteriores como “Sílabas de arena” y “Nadadores de altura”: ¿la diferencia es que ahora no hay lugar donde nadar?
-Bueno, decir que no hay lugar para nadar es aceptar la derrota y el ser humano nunca, a pesar de sus dudas y de su angustia, se da por vencido y nada. La constante referencia al mar se debe a que éste es la única experiencia orgánica que el ser humano tiene del nacimiento de la vida. Cualquier otra cosa es magia, representación ritual que enmascara su ignorancia.
-¿La duración del poema es algo que sucede, o una determinación métrica surgida de modelos determinados?
-Tanto el contenido como la forma del poema están vinculados con la tradición literaria, especialmente con los poemas fundacionales de nuestra tradición, desde el Enuma Elis asirio babilónico y la Biblia pasando por la Ilíada y la Odisea hasta los escritos sagrados de la América precolombina, como el Popol Vuh, pues en ellos está sentado el modo de narrar el nacimiento, esplendor y decadencia del mundo. Ahora bien, “En la noche yerma” se rescatan algunos de los antiguos recursos, pero el poeta de “En la noche yerma” necesitaba un modo de narrar sinfónico y visualmente denso que desde lo auditivo y lo visual transmitiera al oyente/lector el dramatismo de su decir. Por esto busqué un tono elegíaco y un metro denso de catorce sílabas que se corresponderían a un falso alejandrino, dado que las acentuaciones no se corresponden con el verdadero alejandrino, que se divide en dos hemistiquios de siete sílabas con acentos en la tercera y decimotercera sílabas.
-Hay otro elemento que, además del mar, reaparece con frecuencia: los perros. ¿Por qué esa figura para mostrar la furia, la amenaza?
-El perro existe en el imaginario popular como representación de la furia y en mi obra aparece ya en “El día en que el pueblo reventó de angustia”, donde perros cimarrones, tan propios de nuestra pampa salvaje, atacan las caravanas del éxodo que la atraviesan. El perro individualmente es leal y fiel, como Argos, el perro de Odiseo, pero la violencia del hombre lo devuelve a la bestialidad tal como el poder de los señores esclaviza y animaliza a las masas humanas. Es así como hemos llegado a un mundo donde todos somos perros agrupados en manadas salvajes a las que llamamos patrias o naciones para justificar la brutalidad, la incapacidad para la convivencia que se alimenta del odio a la paz.
-A la vez que parece el producto de una furia, el poema está lleno de referencias librescas y culturales: ¿cómo se resuelve esa tensión para dar la sensación de naturalidad?
-Como ya le dije, éste no es un poema surgido espontáneamente sino de la experiencia y el reconocimiento de una tradición literaria que procuro prolongar, porque nadie puede escribir como si fuese el ombligo del mundo. Piense usted que la capacidad de contar surge cuando el ser humano toma conciencia de su existir y hace de la memoria el fundamento de la civilización y de la justicia. El hombre primitivo no pudo saber que era un hombre hasta que pudo imaginar y verbalizar sus temores y sus sueños y no supo lo que era la justicia hasta que pudo recordar y relatar alrededor del fuego sus historias.
-Supongo que hay una profunda elaboración para hacer emerger el acento lírico, poético, para expresar la disolución de lo conocido.
-Desde que sentí que mi vocación literaria era parte de mí, de mi modo de ver y expresar el mundo, me di cuenta de que la escritura convencional era insuficiente para expresar la experiencia física y espiritual del ser humano. Primero de un modo intuitivo y luego consciente supe que el camino que debía seguir era el de la búsqueda y comprensión de una escritura poética aplicable a cualquier forma que utilizara, ya fuera el cuento, la novela, el ensayo o la poesía. Esto es porque la escritura poética dispone de recursos retóricos y herramientas expresivas que permiten al creador acceder a registros de la realidad del mundo y a zonas del espíritu, a esa realidad que las sombras ocultan, en el decir de Levinas, y que se le niegan a una escritura convencional. Expresar la disolución de lo conocido, como usted dice, sólo es posible desde esa escritura, pero ello no es gratuito, porque la escritura se cobra un peaje y éste es el dolor y el desgarro físico y espiritual de quien se empeña en este cometido. Tengo que confesar que después de escribir “En la noche yerma” quedé exhausto hasta el punto que el siguiente proyecto ha quedado trunco y dudo de que vaya a recuperar fuerzas para continuarlo.
-Se percibe el todo como una especie de salmodia, como si el poeta se expresara como los profetas bíblicos, aunque no haya un sentido religioso en la voz poética.
-Sí, es posible que la música del poema sea una salmodia o, mejor, una sinfonía elegíaca que nos sobrecoge y transporta, siguiendo los pasos del narrador a ese mundo agónico víctima de la violencia cotidiana. No, no hay nada religioso en el sentido de ritual sacro de exaltación a una divinidad, sino el sentimiento laico y desesperado del individuo que busca en su desamparo un lugar en el mundo y al mismo tiempo un sentido a su inexplicable aparición en el cosmos que lo alivien de su extranjeridad existencial en el mundo.
-Cuando habla de una escritura fosilizada, parece decir que las palabras se han quedado atrás de la posibilidad de expresar: ¿acaso porque el vacío no puede ser expresado?
-Nada puede ser expresado. En estos tiempos dominados por el ruido, nos encontramos con que ni siquiera el grito es audible y que las palabras han perdido su significación y, por esta causa, tenemos dificultad para pensar y para expresarnos y si no podemos pensar ni expresarnos con claridad, con palabras precisas y luminosas en su sentido, todo lo que salga de nosotros serán disparates. Ahí tenemos a modo de ejemplo el discurso político del cual la razón y la verdad han sido excluidas; ahí tenemos el discurso de los economistas que excluyen a los ciudadanos de la acción social, en fin, y ahí tenemos todos esos metalenguajes excluyentes que se pretenden inclusivos y son funcionales a las fuerzas hegemónicas del mal.
-Por momentos da la sensación de que el poema surge de una epifanía, de algo que se aparece ante el poeta. Y sin embargo, por otro lado, la elaboración intelectual profunda parece desmentir esa revelación.
-Dos son las piedras angulares de un poema, el conocimiento y la experiencia. La poesía no es fruto de la inspiración sino de una búsqueda que compromete el alma y la vida del poeta que ha sido capaz pasar el conocimiento y su experiencia personal por el tamiz de su sensibilidad para contar la verdad de lo entrevisto durante ese viaje de exploración. Esto hace que un poeta que somete su narración a intereses económicos, ideológicos, sociales, políticos, religiosos o de cualquier otra naturaleza, cometa una traición que tarde o temprano acaba condenándolo al peor de los castigos: el olvido. La visión epifánica del poema no es otra cosa que la esperanza en el renacer.
-En algunos cantos el lenguaje se entrecorta, profuso en aliteraciones: ¿es que el poeta está a punto de quedarse sin palabras o que el mundo está tan roto que no puede ser dicho?
-El lenguaje de “En la noche yerma” se corresponde con el proceso de deshumanización y desintegración que vive nuestra civilización. Como escribió Baudelaire, “caminamos por un bosque de símbolos” y esos símbolos están hoy débiles y en entredicho a causa de la violencia y el engaño, de modo que el poeta y todos quienes habitamos este mundo somos desdichados porque ya no podemos decirnos, atrapados como estamos en una lengua del maldecir.
A la fortuna que supone la continuidad de su trabajo poético se le suma la de tenerlo al alcance de la mano, de nuevo en Río Cuarto, para conversar con él acerca de esta obra que lo confirma en su condición de gran artista que escribe este poema cuya voz agónica despide una luz cegadora.
“En la noche yerma” se inicia con citas de “La tierra baldía” de Eliot (admitido como modelo impulsor de la obra) y de Octavio Paz: ¿por qué la elección de esos poetas?
“La tierra baldía” –que Alberto Girri tradujo aquí como “La tierra yerma”- fue publicada originalmente en 1922, es decir, poco después de finalizada la Primera Guerra Mundial, y es uno de los mayores poemas de habla inglesa del siglo XX. En él, Eliot, en ese período de entreguerras, describe lo que percibe como la decadencia de la civilización occidental, cosa que la siguiente confrontación bélica parecerá darle la razón. En cierto modo el poeta de “En la noche yerma” toma el testigo del poeta angloamericano, pero a diferencia de él constata el desastre y asiste a su agonía no desde la alta cultura sino a ras de suelo, ensuciándose las ropas y los zapatos con el barro y la sangre que deja la devastación, tal como parece intuirlo Octavio Paz en “Piedra sol”, también uno de los grandes poemas del siglo XX. La inclusión de las citas obra de aviso al lector sobre los fundamentos que sustentan la escritura y las visiones de “En la noche yerma”, que para muchos, como lo fue para mí escribirlo, resultará extremadamente angustiante.
-Aparentemente, el poema está impulsado por una especie de horror frente al vacío, o frente a un gran agujero negro que nos está deglutiendo: ¿cómo se impulsa para expresar ese horror?
-No se trata del consabido “horror vacui”, ese miedo al vacío que lleva a muchos artistas, especialmente plásticos, a crear un relleno visual, sino de la estremecedora experiencia que supone saber que ignoramos el sentido profundo de nuestra existencia. Nikos Kazantzakis, el gran poeta griego, decía que somos un fulgor entre dos abismos. En realidad estamos apresados, un fulgor consciente de su finitud e ignorante de su procedencia y de lo que hay más allá de su extinción, razón por la cual crea –creamos- la idea de dios para disimular esta angustiosa ignorancia y hacer más soportable nuestra vida en el mundo.
-Esa gran angustia que describe, que algunos definen como apocalíptica, ¿de qué constataciones nace?
-A ese profundo estado de aflicción que nace del no saber y que nos extranjeriza en el mundo –pienso ahora en Meursault, el protagonista de “El extranjero” de Albert Camus-, en este poema se suma la constatación de la decadencia y agonía de nuestra civilización. No podemos ser dichosos porque nuestro decir ya no dice, porque ya no podemos pensar y hablar con claridad y al no hacerlo tampoco podemos edificar la realidad del mundo. La constatación es la violencia, el odio, la destrucción y la mentira que campean con extrema crueldad. Pero yo no hablaría de apocalipsis, aunque el tono salmódico del poema evoque al de los profetas bíblicos, sino de un paisaje humano presa de la desolación a causa del naufragio de los valores éticos que sostienen toda civilización.
-Si bien todo parece indicar que el poema anticipa una destrucción, esa destrucción sucede poéticamente fuera del tiempo y del espacio. ¿Es intencionado que no haya referencias específicas en ese sentido?
-“En la noche yerma” es la narración de una destrucción que está sucediendo y que podemos verla a poco que abramos bien esos ojos que no son de carne, esos ojos que ven más allá. Lo que da la sensación extraña al tiempo y al espacio históricos es la memoria colectiva y la conciencia de ser, una conciencia que se nutre del conocimiento o del reconocimiento de su propio reflejo. De aquí también, la esperanza del renacer que se verifica como una visión epifánica del nacimiento o del renacimiento de un nuevo lenguaje capaz de volver a crear un mundo distinto, más justo que éste, que ha desalmado al ser humano y lo ha convertido en un perro rabioso.
-El poema parece a la vez una regurgitación, un vómito producto de algo que marea, que torna borrosa la mirada, y sin embargo la mención recurrente del mar insinúa una esperanza, ¿es así?
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-Esa repetición remite a la misma fuerte presencia del mar en libros anteriores como “Sílabas de arena” y “Nadadores de altura”: ¿la diferencia es que ahora no hay lugar donde nadar?
-Bueno, decir que no hay lugar para nadar es aceptar la derrota y el ser humano nunca, a pesar de sus dudas y de su angustia, se da por vencido y nada. La constante referencia al mar se debe a que éste es la única experiencia orgánica que el ser humano tiene del nacimiento de la vida. Cualquier otra cosa es magia, representación ritual que enmascara su ignorancia.
-¿La duración del poema es algo que sucede, o una determinación métrica surgida de modelos determinados?
-Tanto el contenido como la forma del poema están vinculados con la tradición literaria, especialmente con los poemas fundacionales de nuestra tradición, desde el Enuma Elis asirio babilónico y la Biblia pasando por la Ilíada y la Odisea hasta los escritos sagrados de la América precolombina, como el Popol Vuh, pues en ellos está sentado el modo de narrar el nacimiento, esplendor y decadencia del mundo. Ahora bien, “En la noche yerma” se rescatan algunos de los antiguos recursos, pero el poeta de “En la noche yerma” necesitaba un modo de narrar sinfónico y visualmente denso que desde lo auditivo y lo visual transmitiera al oyente/lector el dramatismo de su decir. Por esto busqué un tono elegíaco y un metro denso de catorce sílabas que se corresponderían a un falso alejandrino, dado que las acentuaciones no se corresponden con el verdadero alejandrino, que se divide en dos hemistiquios de siete sílabas con acentos en la tercera y decimotercera sílabas.
-Hay otro elemento que, además del mar, reaparece con frecuencia: los perros. ¿Por qué esa figura para mostrar la furia, la amenaza?
-El perro existe en el imaginario popular como representación de la furia y en mi obra aparece ya en “El día en que el pueblo reventó de angustia”, donde perros cimarrones, tan propios de nuestra pampa salvaje, atacan las caravanas del éxodo que la atraviesan. El perro individualmente es leal y fiel, como Argos, el perro de Odiseo, pero la violencia del hombre lo devuelve a la bestialidad tal como el poder de los señores esclaviza y animaliza a las masas humanas. Es así como hemos llegado a un mundo donde todos somos perros agrupados en manadas salvajes a las que llamamos patrias o naciones para justificar la brutalidad, la incapacidad para la convivencia que se alimenta del odio a la paz.
-A la vez que parece el producto de una furia, el poema está lleno de referencias librescas y culturales: ¿cómo se resuelve esa tensión para dar la sensación de naturalidad?
-Como ya le dije, éste no es un poema surgido espontáneamente sino de la experiencia y el reconocimiento de una tradición literaria que procuro prolongar, porque nadie puede escribir como si fuese el ombligo del mundo. Piense usted que la capacidad de contar surge cuando el ser humano toma conciencia de su existir y hace de la memoria el fundamento de la civilización y de la justicia. El hombre primitivo no pudo saber que era un hombre hasta que pudo imaginar y verbalizar sus temores y sus sueños y no supo lo que era la justicia hasta que pudo recordar y relatar alrededor del fuego sus historias.
-Supongo que hay una profunda elaboración para hacer emerger el acento lírico, poético, para expresar la disolución de lo conocido.
-Desde que sentí que mi vocación literaria era parte de mí, de mi modo de ver y expresar el mundo, me di cuenta de que la escritura convencional era insuficiente para expresar la experiencia física y espiritual del ser humano. Primero de un modo intuitivo y luego consciente supe que el camino que debía seguir era el de la búsqueda y comprensión de una escritura poética aplicable a cualquier forma que utilizara, ya fuera el cuento, la novela, el ensayo o la poesía. Esto es porque la escritura poética dispone de recursos retóricos y herramientas expresivas que permiten al creador acceder a registros de la realidad del mundo y a zonas del espíritu, a esa realidad que las sombras ocultan, en el decir de Levinas, y que se le niegan a una escritura convencional. Expresar la disolución de lo conocido, como usted dice, sólo es posible desde esa escritura, pero ello no es gratuito, porque la escritura se cobra un peaje y éste es el dolor y el desgarro físico y espiritual de quien se empeña en este cometido. Tengo que confesar que después de escribir “En la noche yerma” quedé exhausto hasta el punto que el siguiente proyecto ha quedado trunco y dudo de que vaya a recuperar fuerzas para continuarlo.
-Se percibe el todo como una especie de salmodia, como si el poeta se expresara como los profetas bíblicos, aunque no haya un sentido religioso en la voz poética.
-Sí, es posible que la música del poema sea una salmodia o, mejor, una sinfonía elegíaca que nos sobrecoge y transporta, siguiendo los pasos del narrador a ese mundo agónico víctima de la violencia cotidiana. No, no hay nada religioso en el sentido de ritual sacro de exaltación a una divinidad, sino el sentimiento laico y desesperado del individuo que busca en su desamparo un lugar en el mundo y al mismo tiempo un sentido a su inexplicable aparición en el cosmos que lo alivien de su extranjeridad existencial en el mundo.
-Cuando habla de una escritura fosilizada, parece decir que las palabras se han quedado atrás de la posibilidad de expresar: ¿acaso porque el vacío no puede ser expresado?
-Nada puede ser expresado. En estos tiempos dominados por el ruido, nos encontramos con que ni siquiera el grito es audible y que las palabras han perdido su significación y, por esta causa, tenemos dificultad para pensar y para expresarnos y si no podemos pensar ni expresarnos con claridad, con palabras precisas y luminosas en su sentido, todo lo que salga de nosotros serán disparates. Ahí tenemos a modo de ejemplo el discurso político del cual la razón y la verdad han sido excluidas; ahí tenemos el discurso de los economistas que excluyen a los ciudadanos de la acción social, en fin, y ahí tenemos todos esos metalenguajes excluyentes que se pretenden inclusivos y son funcionales a las fuerzas hegemónicas del mal.
-Por momentos da la sensación de que el poema surge de una epifanía, de algo que se aparece ante el poeta. Y sin embargo, por otro lado, la elaboración intelectual profunda parece desmentir esa revelación.
-Dos son las piedras angulares de un poema, el conocimiento y la experiencia. La poesía no es fruto de la inspiración sino de una búsqueda que compromete el alma y la vida del poeta que ha sido capaz pasar el conocimiento y su experiencia personal por el tamiz de su sensibilidad para contar la verdad de lo entrevisto durante ese viaje de exploración. Esto hace que un poeta que somete su narración a intereses económicos, ideológicos, sociales, políticos, religiosos o de cualquier otra naturaleza, cometa una traición que tarde o temprano acaba condenándolo al peor de los castigos: el olvido. La visión epifánica del poema no es otra cosa que la esperanza en el renacer.
-En algunos cantos el lenguaje se entrecorta, profuso en aliteraciones: ¿es que el poeta está a punto de quedarse sin palabras o que el mundo está tan roto que no puede ser dicho?
-El lenguaje de “En la noche yerma” se corresponde con el proceso de deshumanización y desintegración que vive nuestra civilización. Como escribió Baudelaire, “caminamos por un bosque de símbolos” y esos símbolos están hoy débiles y en entredicho a causa de la violencia y el engaño, de modo que el poeta y todos quienes habitamos este mundo somos desdichados porque ya no podemos decirnos, atrapados como estamos en una lengua del maldecir.

