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Eutanasia y suicidio asistido: El derecho a morir con dignidad

Un debate sobre la autonomía de la persona y los alcances éticos de dichas prácticas médicas. El doctor Marcos Breuer dictó un seminario en la Universidad de Córdoba y habló sobre cómo se piensa el tema en el mundo y qué diferencias hay con Argentina.

A mediados de septiembre, el doctor Marcos G. Breuer dictó un seminario en la UNC, organizado por la Maestría en Bioética, que concitó el interés de profesionales de diversas disciplinas, quienes durante dos jornadas intensivas y polémicas pudieron abordar una temática que interpela al ser humano desde siempre: el buen morir.

“… saber vivir bien implica, entre otras cosas, saber prepararse adecuadamente con el fin de alcanzar así el buen morir”, dice Breuer, quien expuso y debatió sobre “Eutanasia voluntaria y suicidio asistido” y Puntal lo entrevistó para acercar a sus lectores un tema tan difícil y espinoso como ineludible.

-¿De qué estamos hablando cuando nos referimos a “eutanasia voluntaria” y “suicidio asistido”? ¿Qué diferencias hay entre una y otro?

-La eutanasia voluntaria es una práctica médica que nace de la solicitud de un paciente informado, consciente, jurídicamente capaz, que pide ayuda a un profesional para acabar con un estado terminal plagado de dolores físicos y sufrimientos morales que él mismo no acepta más, que siente que esos últimos días o semanas no le redundan en nada positivo sino que por el contrario le hacen perder todo lo bueno, esa imagen positiva que tenía de sí mismo. Es un paciente que quiere decir basta a un sufrimiento excesivo, inútil y contraproducente. 

Las dos prácticas son muy similares en cuanto a la voluntariedad, la condición de paciente terminal, con sufrimientos intensos. En el caso del suicidio asistido es el paciente mismo el que da el último paso, el gesto final; bebe por ejemplo el fármaco que lo va a llevar a la muerte. En la eutanasia voluntaria es el médico el que realiza eso porque puede ser que el paciente no quiera ser el que da ese paso o no pueda. Una persona con una enfermedad motriz degenerativa que quiera terminar con su vida va a necesitar la eutanasia.

-Hay un tratamiento mucho más abierto de esta temática en los países del primer mundo. ¿Cuáles son las características distintivas de esas sociedades que han podido llegar a legislar, incluso, respecto de los nuestros, donde suelen parecer hasta un tabú?

-Creo que las sociedades más abiertas no sólo al debate sino al proceso legal que lleva al proceso de despenalización o concretamente a la legalización de la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido son las sociedades que podríamos denominar nórdicas, o anglosajonas, que están muy centradas en los derechos del individuo, y concretamente en los del paciente. Son culturas ya individualistas, en el sentido de que respetan la autonomía de la persona. En Luxemburgo, Holanda, Suiza, Canadá, algunos estados de EE.UU., esas prácticas se han legalizado, en algunos casos ya hace mucho tiempo. En cambio, en nuestras sociedades, diría más “mediterráneas”, por Grecia, o latinas, este proceso de consolidación de los derechos individuales recién está empezando. Nosotros tenemos la ley de muerte digna desde 2012, que es un primer paso, pero quedan muchos más que dar. Hay mucho trabajo por hacer todavía.

-En sociedades tan influenciadas por el pensamiento religioso como las nuestras, ¿podría  considerarse que en la eutanasia voluntaria o el suicidio asistido se está disputando la “jurisdicción” de Dios? Porque no se trata de un problema de gradualidad entre ambas leyes, ya que en el caso de la muerte digna no se plantea el hecho de anticipar la muerte, que sí se acepta en estas otras dos prácticas…

- Normalmente tendemos a pensar en términos de blanco o negro. Como que el pensamiento religioso es antieutanasia y el ateo o agnóstico, el pensamiento secularizado, es proeutanasia. Sin embargo, hay personas agnósticas o ateas que están en contra de la eutanasia y personas religiosas que están a favor, siempre dentro de las condiciones que especificamos. Hay movimientos religiosos, incluso dentro del catolicismo, del protestantismo y otras religiones, que por lo menos avalan esta posibilidad de recurrir a una ayuda para morir en forma médicamente asistida y con dignidad. De manera que ver la propia vida como sagrada, como un don de Dios, no implica no poder intervenir, porque de hecho todos los días estamos interviniendo. Cada vez que nos hacemos una operación de complejidad ¿no estamos interviniendo en los supuestos designios de una providencia?

-Se puede pensar que se interviene cuando se decide desconectar al paciente cuando en realidad ya se intervino al conectarlo…

Exacto. Y desconectarlo no es un acto pasivo sino que el médico tiene que hacer muchas cosas;  muchas veces debe aplicar una sedación profunda porque una vez desconectado el paciente necesita un tipo de estado mental en el que pueda soportar lo que se viene.

-¿Se considera solamente el sufrimiento físico o está contemplado el sufrimiento psicológico?

- Una de las cosas que constaté desde el principio del debate, cuando este tema empezaba a surgir, en la década del 70, 80 y luego en los 90, es que se ponía énfasis sólo en el dolor físico, pero luego, con los fármacos que ahora tenemos, y algunas terapias, incluso con la paliación en general que hoy existe, hay maneras de controlarlo. No obstante, eso no quita que haya otra esfera, que es muy importante, que podemos llamar la del sufrimiento moral, existencial, psicológico. Muchas veces el dolor físico puede aplacarse pero lo que entra a jugar en primera instancia es ese sufrimiento moral de verse limitado, postrado, sin poder ejercer funciones básicas para el ser humano. Cada vez se pone más énfasis en esa dimensión del sufrimiento; en las legislaciones modernas se incluye esto del dolor físico y/o el sufrimiento moral.

-De todos modos tiene que haber un compromiso de la vida física para que se avale la eutanasia o el suicidio asistido. Un paciente profundamente deprimido pero sin riesgo de morir no sería considerado dentro de estas dos figuras…

-En estos casos no hablamos de una ayuda a la muerte en un contexto médico. Es un tema que no toca a la ética médica estrictamente sino a la ética aplicada en general, porque el suicidio es una cuestión mucho más amplia. Es algo independiente de esto a lo que nos lleva la medicina contemporánea, que cada vez más confina la última fase de nuestra vida a un contexto médico muy preciso, el hospital, la terapia intensiva.

-¿Y qué pasa cuando el paciente es un menor de edad?

-Hay varios modelos. Por ejemplo, el canadiense o el holandés son un poco más flexibles e incluyen al menor de edad, siempre mayor de 12 años, en una toma de decisiones en la que también van a intervenir los padres. De algún modo se trata de un modelo de autonomía progresiva. Pero por lo general, en la grandísima mayoría de los casos, hablamos siempre de personas de la tercera edad que tienen enfermedades terminales y que por el estado en que se encuentran deciden poner fin a sus vidas. Luego tenemos otro caso, el de bebés que nacen con malformaciones severísimas, como los anencefálicos, frente a los cuales es casi imposible una ayuda para que puedan desarrollarse y volverse plenamente personas. Aquí se vuelve a plantear el tema de la eutanasia, en este caso no voluntaria porque el bebé no puede decidir y por lo menos desde un punto de vista estrictamente filosófico no es persona, no puede tomar decisiones.

-Al hablar de la autonomía del paciente a decidir cómo vivir y tener el derecho a no hacerlo en determinadas condiciones rozamos un poco el tema del aborto en cuanto al derecho de la mujer a continuar o no con un embarazo. ¿Cuál sería la posición desde esta perspectiva? 

-Hay  muchos puntos de contacto y muchas diferencias. En el caso de la eutanasia, la decisión repercute sobre el mismo paciente que quiere acabar con su vida y no hay un tercero, sea persona o no sea persona, según la legislación de que se trate. Tiene que ver con la autonomía de la persona, tanto en el caso de la eutanasia como en el del aborto. También tiene que ver con cuestiones que en ética se llaman consecuencialistas, es decir referidas a las consecuencias de la opción que se tome. Pero, básicamente, el tema es que en toda sociedad se practican tanto el aborto como la eutanasia de manera velada o directamente clandestina en muchos casos. Si de hecho existen esas prácticas sociales, para mí lo menos hipócrita es reconocer ese estado de cosas y normar, legalizar. Si se da, mejor que se dé claramente y bajo el marco que nos da una ley clara y efectiva.

- Tanto en el caso de la eutanasia voluntaria como en el de suicidio asistido existe también la objeción de conciencia…

- Por supuesto. Tiene que estar claro porque si es un derecho del paciente, debe saber quién le puede dar esa asistencia. 

-El sistema de salud, en caso de que el médico sea objetor, le brindaría al paciente la posibilidad de ser derivado.

- Exactamente. Aunque puede haber clínicas que sean, como entidad, objetoras, pero en todos los casos el paciente tiene derecho a tener la certeza de que va a contar o no con esas opciones.

-¿Hay alguna posibilidad de que ese derecho a morir del paciente terminal entre en colisión con derechos de un tercero? Por ejemplo una mujer que tiene hijos, que está consciente y cuyos hijos sigan necesitándola; ¿esos derechos quedarían vulnerados? ¿La autonomía del paciente se impone por sobre cualquier otro derecho?

En mi concepción, el eje central es el derecho individual. Es finalmente el individuo que está sufriendo y en trance de morir el que tiene la última palabra. Ahora, esta autonomía no significa cerrar todas las puertas al diálogo. Hay modelos consensuados; una persona toma una decisión, solicita la eutanasia y desencadena un proceso en el que el médico que lo sigue, en diálogo con otro facultativo que debe escribir un peritaje acerca de la condición del paciente, y con los miembros del comité bioético del hospital,  acompañan al paciente para que puede expresar sus temores y manifestar sus ideas pero es, en definitiva, el dueño de su existencia y tiene el derecho a decir la última palabra.



Rita Gil.  Cohorte 2019 Maestría en Bioética (UNC)