Dos puntas tiene el camino

Hecho de contrastes, entre la sutileza y la vibración,  el recital “De la fusión a la tradición” sirvió para mostrar formas diferentes de una riqueza musical que no siempre se reconoce.
 
"De la Fusión a la Tradición" sirvió para ratificar la existencia de una riqueza musical que no siempre se reconoce, puesta en escena por músicos locales con una mirada aguda hacia el rico programa que ofrece la música popular argentina.

Esa riqueza se expone, de manera  significativa, en la voz de Silvina Requelme, una cantora finísima, desbordante en su sencillez, extrañada eso sí de las formas altisonantes que son las que se imponen por estos días y, tal vez por eso, poco dimensionada en la calida que pone de manifiesto cada vez que sube a escena.

Dejando que sea la voz, y sus modulaciones, las que canten; cada vez más segura de sus recursos, la chiquitita se crece frente al micrófono. Y volvió a demostrarlo.

Acompañada por el siempre sorprendente (por la riqueza de sus ideas) Renzo Rodríguez, que hace “cantar” a su bajo, y sostenida con una prestación magnífica, demostración de ductilidad, de Gustavo Tosco, que hace un par de semanas tocó jazz con la misma contundencia con la que ahora folklore, desarrolló un bello repertorio.

Joyas como el par de temas de apertura, entresacadas de la notable obra de Pepe Núñez; una versión bossa de “El Cosechero”, el valseado sostenido desde el que revisita al clásico “Ansiedad”, o las bellas versiones de “Flor de lino” y el “must” de cierre, a modo de bis, de esa tremenda canción que es “Oración del remanso”, tan cantada y sin embargo nueva en la voz de Silvina.

Martín Sánchez

De ella, de la sutileza, de la búsqueda del pequeño detalle, de una punta, el recital fue a la otra punta de ese camino interminable por el que circula, tantas veces ignorada, la canción popular argentina: el sendero de la vibración emocional, no exenta de riqueza musical pero caracterizada por una expresividad más enjundiosa, se manifestó a través de Martín Sánchez que, con su grupo, refleja el acento musical de una provincia.

“Su” Jujuy desoye la falta de habitualidad de nuestros oídos y se hace presencia empujándolo a   cantar irguiendo el pecho, ya desde el mismo poema inicial que Martín dice arrullado por los vientos instrumentales de Oscar Sánchez, cuya performance impecable, rica en acentos sonoros diversos (siku, zampoña, quena, tocados con idéntica expresividad), destaca en un elenco bien afiatado que incluyó, episódicamente, al pequeño hijo del cantor.

La misma razón de la falta de conocimiento de la música argentina entre argentinos, salvo aquella que compete a los gustos regionales, torna difícil hacer un punteo de nombres de los temas destacados dentro del repertorio, pero alcanza para decir que en todos vibra esa sensación de orgullo por afirmarse en la canción con una particularidad rítmica característica, un recurso de identidad que fluye y se transmite a la platea. 

En esa rica diversidad, que se manifiesta simbólicamente con el abrazo final de todos los protagonistas, se justifica el aplauso que los despidió del escenario. Y también se justifica  la reiteración de un lamento por la falta de atención que se les presta a las cosas propias, que no vienen aupadas en nombres rimbombatantes o escandalosos y que, como en el caso de Silvina y los suyos, apuestan por la calidad a la vuelta de la esquina.

R.S.