El enfático y majestuoso Mauro Ciavatini (enfático y majestuoso por su impactante capacidad interpretativa) aprovechó un descanso de ese vendaval de música del que constituye su tercera parte, para recordar que hace ya varios años, cuando recién se avizoraba el destino del MJC, el trío recaló en esta isla musical llamada Matices, que ya había definido plenamente por entonces su condición de espacio de pura recreación entre tanto barullo.
No está en la memoria de quien esto escribe la posibilidad de recuperar detalles de aquella presentación aunque, sin precisar la referencia, (¿resistirán los archivos?) bien puede imaginarse buenamente sorprendido por la música desplegada por esos tres músicos tan jóvenes que, ahora se sabe, forman parte constitutiva de ese gran movimiento de intérpretes que son el sustrato de la mejor (muy buena) música que se realiza en el país y que se expresa por debajo de la mera industria.
Pasado el tiempo, despejada la necesidad de ir a aquella actuación primera, ya con tres discos en la faltriquera y un camino andado que, por citar, hace pocos meses los ha visto incursionar por escenarios de la China, a la vez milenaria y expansiva, el Trío MJC (con un cambio leve y circunstancial sobre el que conviene leer abajo) viene a dejar constancia de su calidad, reafirmándola independientemente de lo que hubiese provocado entonces aquella primera vez.
Alternando los temas de su disco más reciente, “Frutal”, con apenas unos de los anteriores, con algo de Piazzolla (hasta los chinos lo reclaman, según las propias palabras de Ciavatini) y una prospectiva de lo que vendrá (que es un disco de puros tangos de propia creación y de los que seleccionaron tres creados por el ausente Raúl Jaurena con el también bandoneonista Damián Torres) desarrollaron un programa irresistible.
Entre el arranque con “Borravino” (una de esas obras que grabarán) hasta el final con “Michelángelo 70” (Piazzolla dixit) y el bis oídos en retirada, se construyó un concierto de acento personalísimo, a través del cual, más allá de la selección de temas, quedó expresa su notable capacidad para desovillar la madeja del vasto panorama musical argentino, andando por caminos que no dejan de lado las influencias de la libertad jazzística y de la férrea escritura clásica.
Desenvuelta entre la abundancia académica que sugiere el despliegue de las partituras y la frescura y el desenfado con que se traducen, la música del trío se despliega con una contundencia que no excluye la emoción, sino todo lo contrario: bastaría con escuchar, por caso, “Siesta en Pirané”, una bella obra de ese excelente pianista que es Jorge Martínez que dialoga sutilmente con el clarón, para tomar en cuenta de que se trata el enfoque de “MJC”, que extiende el chamamé hacia otros horizontes.
Tres instrumentos, piano, bandoneón y vientos (alternados en el virtuosismo de Ciavatini) para ir dibujando climas, ahondando en matices que son capaces por igual de la profundidad emotiva de “El Cielo de Luis” (Jaurena dedicado a Spinetta) y del cálido acento de remembranza de “Chayando al Viejo” (Ciavattini para su papá), y también de tenderse a lo que vendrá.
Por eso lo del título, entresacado de la satisfacción profunda después de haber disfrutado de esa música a la vez raigal y expansiva: si el “Trío MJC” ha sido capaz de crear ese universo musical propio, y a tenor de lo que se ha permitido sugerir, surgirá con acento más tanguero, no es del todo arriesgado señalar que la calidad está asegurada, que lo que fue será.
Bruno toca en primera
Aún antes de que el “Trío MJC” subiera al escenario, ya había dado su golpe de efecto: la imposibilidad de viajar del bandoneonista Raúl Jaurena (la J del trío) hizo el milagro de recuperar por unas horas al menos la presencia de Bruno Ludueña en un escenario de la ciudad en la que comenzó su aventura musical.
Después, oyéndolo tocar partituras llenas de notas entrevistas por primera vez pocas horas antes, la sorpresa se transformó en satisfacción. Bruno, que supo revistar en orquestas locales dirigido por Eduardo Lhez y Diego Seitz, hace aproximadamente cinco años que vive en Buenos Aires.
Y toca en primera, despuntando esa capacidad que se le advertía en aquellos primeros pasos con una solvencia que lo llevó a sumarse a la Orquesta Juan de Dios Filiberto para una gira internacional y, entre otras cosas, para que lo disfrutáramos de la claridad de fraseo de su bandoneón, aquí, hace apenas unas horas, inesperada y afortunadamente.
Ricardo Sánchez
Pasado el tiempo, despejada la necesidad de ir a aquella actuación primera, ya con tres discos en la faltriquera y un camino andado que, por citar, hace pocos meses los ha visto incursionar por escenarios de la China, a la vez milenaria y expansiva, el Trío MJC (con un cambio leve y circunstancial sobre el que conviene leer abajo) viene a dejar constancia de su calidad, reafirmándola independientemente de lo que hubiese provocado entonces aquella primera vez.
Alternando los temas de su disco más reciente, “Frutal”, con apenas unos de los anteriores, con algo de Piazzolla (hasta los chinos lo reclaman, según las propias palabras de Ciavatini) y una prospectiva de lo que vendrá (que es un disco de puros tangos de propia creación y de los que seleccionaron tres creados por el ausente Raúl Jaurena con el también bandoneonista Damián Torres) desarrollaron un programa irresistible.
Entre el arranque con “Borravino” (una de esas obras que grabarán) hasta el final con “Michelángelo 70” (Piazzolla dixit) y el bis oídos en retirada, se construyó un concierto de acento personalísimo, a través del cual, más allá de la selección de temas, quedó expresa su notable capacidad para desovillar la madeja del vasto panorama musical argentino, andando por caminos que no dejan de lado las influencias de la libertad jazzística y de la férrea escritura clásica.
Desenvuelta entre la abundancia académica que sugiere el despliegue de las partituras y la frescura y el desenfado con que se traducen, la música del trío se despliega con una contundencia que no excluye la emoción, sino todo lo contrario: bastaría con escuchar, por caso, “Siesta en Pirané”, una bella obra de ese excelente pianista que es Jorge Martínez que dialoga sutilmente con el clarón, para tomar en cuenta de que se trata el enfoque de “MJC”, que extiende el chamamé hacia otros horizontes.
Tres instrumentos, piano, bandoneón y vientos (alternados en el virtuosismo de Ciavatini) para ir dibujando climas, ahondando en matices que son capaces por igual de la profundidad emotiva de “El Cielo de Luis” (Jaurena dedicado a Spinetta) y del cálido acento de remembranza de “Chayando al Viejo” (Ciavattini para su papá), y también de tenderse a lo que vendrá.
Por eso lo del título, entresacado de la satisfacción profunda después de haber disfrutado de esa música a la vez raigal y expansiva: si el “Trío MJC” ha sido capaz de crear ese universo musical propio, y a tenor de lo que se ha permitido sugerir, surgirá con acento más tanguero, no es del todo arriesgado señalar que la calidad está asegurada, que lo que fue será.
Bruno toca en primera
Aún antes de que el “Trío MJC” subiera al escenario, ya había dado su golpe de efecto: la imposibilidad de viajar del bandoneonista Raúl Jaurena (la J del trío) hizo el milagro de recuperar por unas horas al menos la presencia de Bruno Ludueña en un escenario de la ciudad en la que comenzó su aventura musical.
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Y toca en primera, despuntando esa capacidad que se le advertía en aquellos primeros pasos con una solvencia que lo llevó a sumarse a la Orquesta Juan de Dios Filiberto para una gira internacional y, entre otras cosas, para que lo disfrutáramos de la claridad de fraseo de su bandoneón, aquí, hace apenas unas horas, inesperada y afortunadamente.
Ricardo Sánchez

