Volantes con proyección

Willy González Trío y otro aporte del ciclo “Matices” para combatir la confusión general.
 
Caída la última nota de “El otro camino”, esa transida y bellísima zamba de Raúl Carnota, y con el aplauso todavía boyando, se levanta en el Favio esa sensación que emerge de los momentos que vale la pena atesorar. 

Porque, como dijo Willy González, con el bajo descansando en sus rodillas y en una de las presentaciones de los temas del bello recital que brindó  junto a Mario Gusso (percusión) y Joaquin Errandonea (guitarra y voz), la música resuena. 

Es decir que vuelve a sonar aunque la realidad parezca indicar lo contrario, porque la sala donde la acaban de tocar se está vaciando y los artistas se han llamado a silencio, recogidos, vaya a saber de qué modo, en el secreto de su camarín. 

Esa capacidad residual es más potente, claro, cuando, como en el caso de la que brotó del talento de los integrantes del Willy González Trío, busca elevarse sobre las prácticas comunes y va en busca de la riqueza sonora allí donde esté escondida. 

Acaso jazzista por naturaleza, es decir libre para desafiar esa riqueza que parece un albur, pero decantado por las sonoridades folklóricas –por obra y gracia del talento de Hugo Díaz, según sus propias palabras- el notable bajista trajo retazos de su presente. 

Es decir, un manojo de sus propias creaciones: manojo porque brotan de sus manos que son capaces de expoliar las seis cuerdas de su bajo para ampliar la mirada y descubrir, y describir, un universo armónico cuya complejidad no pierde sencillez, emoción pura. 

Sin seguir (aparentemente) el rastro de las marcas folklóricas imperecederas, es decir sin ir a la captura de esos temas reconocibles y que pueden sonar aún entre los oídos no iniciados en el género, pone al trio a explorar en una deliberación cumbre. 

Su liderazgo, con ser extrovertido (desde los movimientos al tocar hasta la actitud declinante en el remate de sus temas, que casi siempre cierran en abismo), no obtura el talento que lo acompaña, más bien lo azuza.

Y,  aunque muchas veces el sonido del bajo ocupe el primer plano, la pide sumarse a una competitividad sensible. Y por cierto que Gusso y Errandonea aceptan el convite. El resultado, todo hay que decirlo, es de impacto.   

Si su instrumento impone reiteradamente su registro esencial, bajo, atrapado en el sustento de la base rítmica, muy finamente encastrada con la riqueza del trabajo del percusionista, también se agita en busca de otro diálogo. 

Y es allí donde la guitarra hace su aporte melódico para completar un desarrollo en un desarrollo armónico que tiende a la expansión, para que las huellas claras y profundas de las formas folklóricas se bifurquen hacia nuevos sonidos. 

Si por un lado hay abundancia de ese costado percusivo dominante -por caso en el registro particular de un set que trabaja sobre ritmos negros del Perú, (landó, marinera) o fronterizos (zamacueca), y también la derivación candombera del chamamé original de “Chango del río”- nunca se obtura el desarrollo melódico. 

El resultado es una conjunción que se desarrolla fuertemente a lo largo de toda la música. Y entre la potente belleza de temas como “Por la infancia”, pasando por la firmeza expresiva de “Criolla”, y hasta llegar al decantado tema final, se descubre, (y se disfruta de) una continuidad subyugante en el criterio de libertad.

Con Willy en el eje, y Errandonea y Guzzo a sus costados, disfrutamos a tres volantes con proyección, sueltos para pasar al ataque y con llegada al gol. Dispuestos a combatir la confusión general acerca de la quietud de lo folklórico y, si, como dice el tema final del gran Carnota, “la soledad es un torvo animal de cabello blanco”, para lograr, con su música, disimular esa torvedad por un  rato. 

Ricardo Sánchez