Esa noche lloviznaba y por la calle Luis Pasteur al 1.100 no se veía un alma. Ni los vecinos andaban por la vereda, así que a las diez menos diez ella cerró la puerta ventana del cuartito que funciona como escaparate de su cuerpo y entró a la casa, por el portón de chapas lindero.
Tan muerta estaba la calle de los prostíbulos ese 3 de septiembre de 2019, que Sandra Elizabeth Benítez Alderete, una mujer nacida hace 37 años en Ciudad del Este, Paraguay, se había puesto a buscar en Facebook recetas para hacerles bombas de papa a sus cuatro hijos, las dos gemelas de 17 años, el varón de 14 y la más chica de 11.
En eso estaba cuando irrumpió el horror.
Desde hacía un mes, desde que había denunciado a su exmarido Héctor Humberto Agüero (61) por violencia familiar, Sandra se había acostumbrado a entrar y dejar sin llave el portón. Recién lo cerraba cuando terminaba de revisar una a una las habitaciones de la casa de Luis Pasteur 1.130.
Esa noche, extrañamente, no repitió ese ritual.
Con la idea puesta en preparar las bombas de papa, obvió la inspección. Si lo hubiera hecho, si Sandra Benítez Alderete hubiese repasado cada rincón de la casa con la linterna de su celular, se habría topado con Agüero. Ella cree que estaba escondido detrás de las cortinas de la entrada. “Quizás Dios no quiso que lo buscara, porque si lo veía me pegaba un tiro de entrada”, reflexiona hoy.
Pasaron un año y cinco meses de la noche en que Agüero se coló en su casa hecho una furia, con una pistola en cada mano y la decisión de acabar con los días de Sandra. El 24 de febrero, la Justicia lo llevará al banquillo frente a tres jueces y a un jurado popular. Para Sandra será la oportunidad de recobrar la calma o de seguir viviendo con miedo. “A nadie se le desea la muerte, pero lo mejor sería que Agüero se muera en la cárcel, porque yo sé que si él sale me mata, como ya intentó hacerlo”, comentó en una larga catarsis con este periodista, un intento por exorcizar los fantasmas que todavía la acosan.
“Hasta el día de hoy, dormimos todos con las luces prendidas”, dice con la mirada de ojos azabache puesta otra vez en la noche infame.
Hacía frío, en la salamandra ardían unos leños y un racimo de zapatillas húmedas orbitaba la estufa. ¿Por qué Sandra tiene tan patente esa imagen? Quien sabe, pero la salamandra ya no está, la fletó porque a ella le trae los peores recuerdos.
También recuerda dónde estaba cada uno de sus hijos. Gianella, la de once, se había ofrecido a ayudarle a cocinar la nueva receta, una de las gemelas salía de bañarse y la otra miraba televisión sentada a la mesa del comedor. No habían pasado diez minutos desde que Sandra había entrado a la casa cuando de entre las cortinas salió Agüero.
“Entró con las dos armas así”, dice apuntando con los dedos índice.
Con la idea puesta en preparar las bombas de papa, obvió la inspección. Si lo hubiera hecho, si Sandra Benítez Alderete hubiese repasado cada rincón de la casa con la linterna de su celular, se hubiera topado con Agüero, oculto tras las cortinas.
-Usted no tiene idea de la parálisis que me agarró a mí verlo a él con dos armas. Apenas entró le apuntó al nene y le apuntó a ella -dice señalando a su hija de once que la escucha en silencio, pero atenta- como si fuera un pistolero. Y nos dice ‘ Chst, chst, chst... calladitos, dejen los teléfonos en la mesa y vos no toqués el botón antipánico’, me dice a mí. Ella, apenas lo vio, me abrazó y le gritaba: ‘No nos mates, papá’.
Sandra siempre llevaba el celular en un bretel del corpiño y el botón en el otro. Pero esa noche había dejado los dos aparatos sobre la mesa. Recién cuando los ojos de Agüero apuntaron hacia un costado, ella barrió con un rápido movimiento el botón antipánico y lo accionó. Alcanzó a ver que el mecanismo mandaba una señal a la Policía, pero Agüero también se percató y le apuntó directamente a la cabeza.
-Cuando hizo eso, una de las gemelas que es grandota le saltó encima y le levantó la mano para que no disparara. ‘Los voy a matar’, gritaba él, y la otra gemela también se le abalanzó. Si no hubiera sido por ellas yo no lo contaba, siempre les digo que me salvaron la vida.
Tras la rápida reacción de una de sus hijas, todos se fueron encima del hombre que estaba fuera de sí. Sandra logró sacarle una de las pistolas y el primer instinto fue arrojarla debajo de un modular. Una de las gemelas le sacó la otra pistola, y la otra le pegaba con un trofeo en la cabeza.
Toda la secuencia, calcula ella, no duró más de 40 segundos, 40 segundos que les cambiaron para siempre sus vidas.
-Seguíamos forcejeando y él me llevó hasta la cocina. Yo sabía que iba a agarrar un cuchilo y fue lo que hizo. Me dio dos puntazos acá -dice, señalándose el lateral izquierdo del abdomen-, pero de la misma adrenalina le juro que no sentí nada. Tenía una blusa blanca transparente y se empezó a llenar de sangre.
Sandra y sus 4 hijos lograron escapar hacia la casa de una vecina. Héctor Agüero se quedó adentro. Todavía le faltaba poner en marcha la segunda parte de su plan. Buscó un bidón con nafta que su expareja guardaba junto al baño y con el encendedor que había llevado le prendió fuego a la casa.
-Sabía que el combustible estaba ahí, porque nosotros lo usábamos para la leña que teníamos para vender. La Policía llegó rápido, uno de ellos me dice: ‘Señora, está saliendo humo de su casa’. Les dije que él todavía estaba adentro. Como estaba herida me querían llevar en la ambulancia y yo gritaba que primero se fijaran cómo estaban mis hijos; una de las gemelas tenía un corte en el brazo y el nene tenía un hematoma en una pierna que el padre le hizo con un culatazo.
“Al principio lo readoraba”
Cuando Sandra Benítez Alderete conoció a Agüero, ella vivía en Ciudad del Este y tenía 24 años. El la doblaba en edad.
-Era una chica de pueblo, con dos hijas ya, me habló bonito y me vine con él buscando una oportunidad. No te lo voy a negar, al principio lo readoraba yo. Nos casamos, me quedé embarazada. Yo era muy pelotuda, no sabía a qué se dedicaba. Ya a los ocho meses de tener a mi hijo Gregory me dijo que la única opción de hacer plata era sacarme a la calle. El en su puta vida trabajó, te digo la verdad, siempre la que trabajó fui yo. Era joven, era realmente pelotuda, y acepté. Trabajando en la puerta, teníamos todo lo que teníamos.
Durante la charla, Sandra se quiebra varias veces. Es un llanto silencioso. Sobre la cabeza de la mujer hay dos jaulas. En una hay un cardenal mudo; en la otra, un pájaro de plumas grises y amarillas rompe el silencio con un canto monótono, un graznido que es un lamento.
-Viví 14 años con él, yo sé lo que es. Sé el miedo que él provoca en mí, por eso no lo dejé antes, si yo supiera que él va a salir en poco tiempo, tendría que ver dónde mierda me voy, es así. Porque yo no me voy a quedar acá para que él me mate a mis hijos, ni para que me mate a mí. Creo que ya fue suficiente porque muchos años yo lo aguanté. Yo no fui mala persona con él. Se lo juro que no.
Sandra está convencida de que fueron sus dos hijas mayores las que le dieron fuerza para romper con una relación enfermiza.
-Psicológicamente él me ha trabajado muy mucho la cabeza, no te digo que sea una blanca paloma porque no lo soy pero él me ha trabajado la cabeza mal. El miedo que ha provocado en mí todo este tiempo es muy grande (solloza). No sé por qué mierda permití eso. Nunca me sentí fuerte, él me hacía entender que se hacía lo que él decía, hasta que mis hijas se empezaron a rebelar por la forma que él era conmigo.
El cortocircuito familiar se dio en diciembre de 2018, cuando Sandra había viajado a Paraguay a visitar a sus padres. Agüero golpeó a su hija y una de las gemelas no soportó el atropello y lo denunció a la Justicia.
Por ese episodio estuvieron separados cuatro meses. Sandra los recuerda como un remanso en medio de la tormenta. Por primera vez, remitieron las migrañas que de tanto en tanto la tenían semanas en la cama. “Sentí mucha libertad, mucha paz, esos meses”, evoca.
En abril de 2019, después de que Agüero insistiera por todas las formas, volvieron a vivir juntos. El había empezado a frecuentar una iglesia y le decía que iba a cambiar.
Hoy ella reconoce que fue un gran error. Las discusiones iban en aumento. A él le molestaba que Sandra manejara el dinero que ella obtenía prostituyéndose. “Estaba acostumbrado a que antes le tenía que pedir plata hasta para comprarme un calzón, siendo que era yo la que siempre trabajé”.
Ya en septiembre de 2019 la convivencia era imposible, pero Agüero se negaba a dejar la casa, pese a que tenía otra vivienda arrendada sobre la calle Tucumán, en el mismo barrio Alberdi.
-Me senté en la cama y le dije: ‘Mirá, vamos a hacer una cosa, vamos a separarnos, vos sabés que ya no quiero estar más con vos, ya te di una oportunidad de volver, lo hice por tu hija, yo no te voy a dejar tirado a vos, Héctor’. Porque no soy así.
La respuesta por parte de su ex fueron más amenazas. “El no quería saber nada, no, no y no. ‘Andate vos de acá. Esto es mío”, decía. Esa noche se vino a dormir a la pieza de los chicos. Yo no pude pegar un ojo porque lo conozco, más de una vez me ha puesto un cuchillo en el cuello”.
-¿Piensa que todo esto pudo haberse evitado?
-No, porque yo sabía que separándome de él algo malo se venía. Ni la restricción ni el botón antipánico lo iban a atajar. Usted sabe bien que Agüero ya estuvo en la cárcel por matar a alguien. Lo que me cuesta imaginar es que lo iba a intentar de nuevo y contra su propia familia. Le voy a ser muy sincera: los últimos quince días antes de que pasara esto, yo le lavaba la ropa sucia que él me mandaba y hasta le daba comida por medio de la gente que él me mandaba para tenerlo tranquilo, pero en el fondo pensaba mientras estaba parada en la puerta trabajando que en cualquier momento iba a aparecer y me iba a pegar un tiro.
-Sabe que muchas otras mujeres viven el mismo infierno, ¿qué les diría a ellas?
-Les diría que no sean tan cagonas como yo. Que no aguanten tantos años. Yo fui muy cagona durante muchos años y creo que las que me dieron la fuerza para separarme y denunciarlo fueron mis hijas. Ellas decidieron que no iban a aceptar que me siguiera maltratando. Si fuera por mí sola, hasta el día de hoy viviría ese infierno.
Es el atardecer y cuesta creer que en este mismo lugar donde ahora una gallina picotea serena el piso del patio haya sido el escenario de tanta sinrazón.
Sandra y sus hijos se ocuparon de cambiarles la cara a las paredes grises y llenas de hollín.
El contraste entre la vivienda arrasada y las paredes pintadas de rojo, naranja y verde es abrumador.
Además de ponerle color a la casa, también levantaron una pared entre el portón de ingreso y el comedor.
Ahora, para entrar al lugar donde Agüero llegó con sus pistolas hay que trasponer otra puerta. Ese muro tiene una ventana con rejas. Sí, Sandra le hizo colocar rejas a una ventana interior.
-Creo que ninguna mujer merece esto. Por ahí veo en la tele los casos de femicidio y lo primero que se me viene a la cabeza es ‘Mierda, yo pasé por eso’. Pero estoy viva y lo estoy contando.

