Río Cuarto | fiscal | juicio | Rohrer

El placard del doctor Brito

Mientras (algunos de) los actores del juicio oral y (no tan) público contra Marcelo Macarrón contenían los bostezos en otra jornada de obligada lectura de la prueba documental, instrumental, pericial e informativa, fuera del Palacio de Tribunales un nutrido grupo de manifestantes –en su mayoría mujeres- le ponían el cuerpo al reclamo social de justicia que campea, inquietante, a días de un veredicto que pareciera conducir indefectiblemente a la impunidad.

La solitaria presencia de Juan Dalmasso y la descalificación de los hijos del imputado a la convocatoria reabrieron la grieta familiar que parecía haber cerrado la exclusión de Nené Grassi de la querella. Ayer, conmovido por el reclamo de justicia, Juan admitió que su madre no sabe –y probablemente nunca se entere- que su yerno está siendo juzgado como instigador del crimen de Nora.

Juan Dalmasso relativizó la ausencia de querellante en el juicio. Pero ayer quedó en evidencia por enésima vez quién conduce el proceso penal en marcha: Marcelo Brito no sólo demostró un conocimiento acabado del expediente, sino que orientó la lectura de las piezas incorporadas y hasta se permitió marcarle el tiempo a la secretaria, habituada a leer con el mismo apuro una pericia telefónica, un croquis o una pericia psiquiátrica.

¿Y el fiscal Rivero? Hizo de docente: explicó a los jurados populares qué es un sobreseimiento. Y se llamó a silencio. No cuestionó, ni incorporó, ni objetó ni amplió nada que no solicitara Brito. Se limitó a hacer un punteo de lo que tenía anotado en unas hojas marcadas con resaltador amarillo.

¿Qué efecto tendrá en los jurados populares la prueba documental incorporada por Brito en el debate? Es difícil saberlo. Seguramente esas piezas se integrarán a su alegato. Pero ya se puede avizorar que volverá sobre las sospechas a Miguel Rohrer y cuestionará la pésima instrucción de la causa. No pasa lo mismo con Rivero. Si el fiscal tiene un as bajo la manga, ha escondido tan bien la carta que nadie puede imaginarla. ¿Su pasividad preanuncia la certeza de una derrota? ¿Acusará sin convicción o no acusará? ¿Lo asaltará otra vez aquella “duda insuperable” que le impidió imputar a Daniel Lacase y Rafael Sosa en la causa de las dádivas en el Hotel Opera? ¿O declamará tener la íntima convicción pero no las pruebas suficientes para acusar al imputado, como hizo con albañil Sergio Medina en la causa por el homicidio de Claudia Muñoz? En aquel caso acusó la querella. Si Rivero no acusa ahora, Brito podría declamar su alegato ante un juzgado popular que no le prestará mayor atención porque no tendrá la posibilidad de votar la absolución o la condena del imputado.

Ayer Brito pidió que se leyera el auto de sobreseimiento de Facundo Macarrón. En ese escrito, el juez Daniel Muñoz le recordaba a Di Santo que la misma prueba genética que lo llevó a imputar a Facundo porque establecía “de manera indubitable” su presencia en la escena del crimen servía para imputar al principal donante de ese material genético, al que el FBI logró ponerle nombre propio. Pero Di Santo prefirió consultar con Nidia Modesti, que insistió con su teoría de la “contaminación” por convivencia familiar para salvar al viudo, como lo hizo durante todo el proceso judicial. Nada de esto escucharon los jurados populares, que destinaron casi media hora a mirar las fotos de las manchas halladas por los criminólogos contratados por Brito en la habitación donde hallaron a Nora o de los pinchazos a la familia Macarrón para sacarles sangre a los efectos de cotejar su ADN.

Brito incorporó también un oficio del fiscal Walter Guzmán –que reemplazó a Di Santo cuando se apartó de la causa ante una denuncia del Observatorio de Derechos Humanos de la UNRC- solicitando al oficial Oyarzábal que ubicara a los agentes Félix Cortez y Amilcar Farías, mencionados en las escuchas telefónicas enviadas por el fiscal federal Enrique Senestrari, que probaban cómo la SIDE habría intervenido para salvar a Rohrer de una imputación, ya que los informes técnicos de las antenas indicarían que su teléfono celular –y el de su mano derecha, Ricardo Araujo- estaban en la zona de Río Cuarto el fin de semana del crimen de Nora.

Según la documentación incorporada ayer por Brito, Oyarzábal nunca ubicó a los agentes en cuestión. ¿Por qué no le preguntó eso Brito cuando lo tuvo al frente como testigo? ¿Por qué tampoco se lo preguntó a Rohrer? Huelga formular el mismo interrogante al fiscal ausente. Ni homicidio a la distancia, ni perspectiva de género ni defensa de la mujer. Solo una pasmosa soledad que acentúa la ausencia de la querella.

El defensor de Macarrón solicitó incorporar por lectura las actuaciones de la fiscalía de Luis Pizarro y especialmente un episodio que ya había mencionado al comienzo del juicio: la apertura de un placard con llave de uso exclusivo de la prosecretaria Virginia Massuet, en el que dormían decenas de causas conexas a la de Marcelo Macarrón. Allí estaban, entre otras, la investigación por falso testimonio de Silvia Magallanes, la de Daniel Lacase y Rafael Sosa, el informe telefónico que comprometería a Rohrer y una pericia aeronáutica vinculada a la hipótesis del vuelo clandestino del viudo, entre otras. Todas debieron ser investigadas desde el mismo día en que Pizarro elevó la causa a juicio –el 24 de septiembre de 2019- y de las que no habría ninguna novedad hasta el comienzo mismo del juicio oral y (no tan) público, en marzo de este año.

Habrá que ver cómo engarza Brito estos elementos en su alegato. Y si Rivero utiliza alguna de estas piezas, que ayer vio pasar sin emitir sonido. Lo cierto es que, si el primero no acusa, el alegato del segundo será meramente decorativo. Y sobre todo que ellos, y especialmente la estructura del Ministerio Público Fiscal de la Provincia, son los principales responsables de que ese y otros armarios permanezcan cerrados con llave y las causas duerman el sueño de los justos –vaya frase infeliz- mientras la impunidad se enseñorea por los pasillos de Tribunales.

Este juicio demostró, entre otras cosas, que ni Brito ni Rivero quisieron abrir ese placard.

Ahora ya es demasiado tarde para pedir las llaves.

Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal