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Final de juego

Si alguien abrigaba todavía alguna duda sobre el papel del fiscal de Cámara Julio Rivero en este juicio, su intervención en la edulcorada exposición a la que fue invitada la bioquímica y bióloga molecular Nidia Modesti la terminó de despejar: actúa como auxiliar del abogado defensor Marcelo Brito.

Ya ante los testigos Martín Subirachs y Daniel Zabala, el fiscal había actuado en llamativa consonancia con Brito. Pero ayer fue tal la coordinación que por momentos parecían ser dos actores interpretando el mismo libreto: sacar al imputado Marcelo Macarrón de la incómoda escena del crimen en la que lo pusieron por algunas semanas, con fundamento científico, el forense Subirachs y el bioquímico Zabala. Quienes, a diferencia de Modesti, tuvieron contacto real con el cuerpo de Nora Dalmasso: le tomaron muestras y le hicieron la autopsia.

Superada la improvisación que caracteriza al Tribunal –ayer demoraron una hora en resolver cómo haría Modesti para explicar sus powerpoint sin levantarse del asiento de testigo-, la especialista en genética molecular se explayó a sus anchas para explicar su versión del recorrido de las muestras obtenidas del cadáver de Nora, justificar por qué el Ceprocor –que entonces dependía de la Agencia Córdoba Ciencia, es decir, del Poder Ejecutivo Provincial- no encontró semen y cuestionar por enésima vez las muestras tomadas por Zabala.

Solo el juez Echenique Esteve le hizo notar a Modesti que Zabala había aclarado que su método no era el de la fosfatasa ácida sino el de la fosfatasa ácida prostática. Pero el magistrado -que suele hablar solo para pedir que los testigos se acomoden el micrófono- no atinó a repreguntar cuando la especialista admitió que esa no era su especialidad, ni le hizo notar que ella habló por teléfono con Zabala y éste le reiteró por escrito cómo había obtenido las muestras.

En definitiva, Modesti no aclaró –en seis horas de exposición y lecturas tediosas- si sus cuestionamientos a la técnica utilizada por Zabala partieron de un yerro conceptual, como denunció el bioquímico. “Si esto es dirimente, hay que convocar a expertos, porque no es mi especialidad”, admitió la testigo. Pero nadie –ni el Tribunal, ni el fiscal, ni el defensor- tomó el guante.

De Brito se entiende: nunca disimuló que su única preocupación en esta causa es la prueba genética que ubica a su defendido en la escena del crimen.

Del Tribunal, a esta altura, no se espera gran cosa, pero: ¿no creen Vaudagna, García y Echenique que el ADN es dirimente en un juicio penal? ¿No amerita agotar la discusión científica para saber si, como dijo Modesti, el ADN de Marcelo Macarrón pudo permanecer en su cuerpo desde la supuesta relación sexual que el viudo dice haber tenido con su esposa justo antes de viajar a Uruguay?

Lo del fiscal Rivero es incomprensible: ¿desistirá de la prueba genética sin consultar siquiera a un especialista que amplíe la opinión de Modesti? ¿A Carlos Vullo, por ejemplo, que fue el perito de control del “perejil” Magnasco? ¿En verdad le alcanza con lo que escuchó en tres audiencias de juicio? ¿O en verdad está convencido de la acusación del pago al sicario, sobre la cual no ha incorporado una sola prueba en dos meses de audiencias? ¿Sabe el fiscal dónde está parado? ¿Acusará al final del debate o, como muchos ya suponen, dejará sin posibilidad al jurado popular de votar por la inocencia o culpabilidad del único imputado que tiene la causa?

Nadie le preguntó ayer a Modesti por qué, más allá de las supuestas deficiencias del trabajo de Zabala y los forenses de Río Cuarto, esas muestras mal tomadas y peor procesadas le permitieron al FBI ponerle nombre propio al portador del material genético hallado en el cuerpo de la víctima y la escena del crimen. Algo que el Ceprocor no pudo hacer.

“Lo que hizo el FBI fue muy importante, porque completó el haplotipo Y del linaje Macarrón”, admitió Modesti. Al “linaje Macarrón” –que motivó la imputación de Facundo- el FBI le puso nombre propio: Marcelo Eduardo Macarrón. Y lo hizo en base a las pruebas del algodón en el que recolectaron el semen de la vulva de la víctima -“líquido blanquecino”, lo denominó Zabala- como en las sábanas donde se encontraron el cuerpo y el cinto con que fue estrangulada la víctima. “En la torunda de algodón el FBI recuperó el perfil de Marcelo Macarrón en la fracción espermática, es decir que había espermatozoides. Sobre esas muestras no tengo objeción porque no fueron reprocesadas”, apuntó Modesti. En definitiva, la bióloga molecular admitió que el FBI –no el Ceprocor- encontró material genético de Marcelo Macarrón en las sábanas, la vulva y el arma homicida.

Modesti aclaró que el FBI también encontró en el cinto ADN de un varón que no es ninguno de los 29 a las que les tomaron muestras de sangre en la causa (del padre Felizzia al fiscal Di Santo, pasando por los tíos y primos de Macarrón y el fallido testigo Miguel Rohrer).

Tampoco eran compatibles con el viudo ni con los 29 “contaminadores/sospechosos” los cabellos y el pelo púbico hallado en la escena del crimen, que analizó el Ceprocor -no el FBI-, que dependía en aquel entonces del Poder Ejecutivo Provincial. El mismo que mandó, a instancias del fiscal general Gustavo Vidal Lascano –hoy fiscal federal-, a dos forenses, un fiscal y una delegación policial de otra jurisdicción para ayudar a esclarecer el crimen de Nora Dalmasso.

Quince años después, los resultados están a la vista. Y parecen allanar el camino –ahora sí, definitivo- hacia la impunidad.

Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal