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Fuerte inmigración en Chile

Los haitianos fueron la primera oleada, hace unos 5 años. Los últimos en llegar son los venezolanos.
 
Santiago se ha vuelto una ciudad cosmopolita. Por sus calles se escuchan idiomas y se observan vestimentas y colores de piel de todos los continentes. Las vacaciones de verano le aportan un fuerte caudal de visitantes a Chile.

Aquí siempre destacan que en menos de dos horas se puede pasar de los destinos de playa como Viña del Mar o Valparaíso en esta época, a las pistas de nieve en pleno invierno. Está todo muy junto para quienes llegan a esta región central del país. Sobre ese caudal estacional de público de diferentes partes del mundo se sumó este año la visita del papa Francisco, que ayer por la tarde aterrizó en el aeropuerto internacional de la capital chilena y saludó por primera vez a los miles de fieles y seguidores que se concentraron a su paso por las principales avenidas de la ciudad. Allí también había un amplio abanico de procedencias.

Pero hay cuestiones más estructurales que explican que por estos días Santiago muestre esa amplia diversidad cultural en sus calles. Hay olas de inmigración que los chilenos reconocen desde hace algunos años con mayor fuerza. Los primeros son los haitianos, que desde hace cinco años comenzaron a llegar lentamente a estas tierras en busca de un destino más próspero. Hay miles y son habitantes frecuentes de los barrios alrededor del mercado central y del Mall Center. “Son trabajadores y no son conflictivos, como otras comunidades que por allí generan conflictos, incluso entre ellos mismos. Los haitianos son muy respetuosos”, explicó Rodrigo, un joven taxista que por estos días tiene la agenda colmada y su celular no para de sonar porque en su camioneta transporta a turistas de un lado a otro de la ciudad.

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Los venezolanos son en cambio una última ola inmigratoria, pero también de escala importante. Lo de peruanos y bolivianos es más constante en el tiempo y menos notorio. Los venezolanos, al igual que los haitianos, vienen escapando de las malas condiciones que brinda su país, en este caso el gobierno de Nicolás Maduro. Pero esta llegada tiene una particularidad: en su gran mayoría se trata de jóvenes, de apenas 20 años, que dejan a su familia e intentan crecer aquí en Chile.

Ailé trazó ese viaje desde hace unas pocas semanas y aprovechó la visita del Papa para tener una oportunidad laboral y ganar algunos pesos chilenos. Por eso se instaló en el piso en una de las peatonales, a pocas cuadras de la Casa de la Moneda. Allí ofrece bolsitos, prendedores y remeras de Francisco.

Dice que piensa enviar unos 10 mil pesos chilenos a sus familiares en Caracas, unos 3 mil pesos argentinos. Con el resto espera vivir aquí. Un salario mínimo representa unos 265 mil pesos aquí en Chile, el equivalente a 8.800 pesos argentinos. Todos coinciden en que es muy difícil vivir con ese ingreso, pero los números están en línea con lo que ocurre del otro lado de la cordillera.

Al igual que Ailé, Verona llegó hace poco y con 18 años trabaja en un bar de la calle Brasil. El local se llama Baires, y en la esquina hay otro de nombre Buenos Aires. El dueño chileno se reconoce fanático de la Capital Federal y no dudó en cómo nombrar a sus locales de comida. Allí Verona toma pedidos y corre atendiendo las mesas que también muestran japoneses, austríacos, franceses, y comensales de las más variadas nacionalidades. Ahora todo potenciado por la llegada del Papa argentino.
Texto y fotos: Gonzalo Dal Bianco