El castigo al voto castigo
El país viene de padecer dos castigos por haberse expresado en las urnas. En 2019, Mauricio Macri se enojó por la paliza que sufrió en las Paso y al otro día, aquel fatídico 12 de agosto, dejó correr el dólar y provocó en esas horas aciagas un empobrecimiento mayor al que ya había causado. Ahora, en 2021, la consecuencia de darle un cachetazo al Frente de Todos fue una pelea inverosímil y pública, a cielo abierto, entre los dos socios principales de la coalición de gobierno, que derivó en una crisis institucional que parece haberse apaciguado pero no ha desaparecido y cuyas derivaciones finales son aún imposibles de dimensionar.
El voto castigo de la sociedad ha tenido el precio de convertirse en un castigo para la sociedad.
El Frente de Todos parece haber durado dos años y dos elecciones. Lo que existía hasta el domingo pasado, el lejano domingo pasado en que se hicieron las elecciones, ya no existe más. Cristina llevó la tensión tan al límite que la resolución ha sido un gabinete conformado para durar, para transcurrir. Pero difícilmente para encaminar al oficialismo a un proyecto de sostenimiento del poder.
Los movimientos ampulosos que ejecutó la vicepresidenta magnificaron una crisis que la coalición había comenzado a padecer la noche misma del domingo. Cada paso que dio, sus órdenes y su carta, no sólo parecen asumir de antemano una nueva derrota del Frente de Todos en noviembre sino, además, abonarla.
Ayer el oficialismo empezó a construir un intento por recomponerse y los gobernadores del Frente de Todos expresaron que de la derrota se sale con más peronismo y con un shock de consumo. Más voluntarismo que realidad. Difícilmente del patetismo político se obtengan más votos.
Tal vez, los cinco días de vértigo que los argentinos contemplaron incrédulos hayan significado la anulación autoinfligida del Frente de Todos como una opción de gobierno para adelante. Porque si hay una característica que se espera en medio de una crisis como la que sufre el país, tan profunda y lacerante, es que la conducción política tenga templanza y sea previsible. Los socios más prominentes del Gobierno exteriorizaron todo lo contrario.
La resultante es un Presidente más débil, a pesar de que previamente esa agudización de su estado parecía imposible. Alberto desarrolló una actuación en la que no midió los tiempos, ni sus fuerzas;mucho menos sus palabras. Ya en las postrimerías de la crisis, buscó reafirmar su autoridad con un hilo de Twitter en el que, en resumen, dijo: acá el que toma las decisiones soy yo.
Esa actitud de sacar pecho le duró hasta que Cristina terminó de redactar su carta. Alberto se había lanzado a la pelea sin armas, sin aliados, sin estrategia, sin la definición de un camino a seguir. Durante dos años se había insistido con que era necesario que fuera diseñando una estructura propia de poder, una recomendación que él ignoró olímpicamente mientras se recostaba cada vez más en su vice y en La Cámpora y prometía, esta vez sí, un amor eterno.
El capital político de un gobernante y un armado que lo acompañe son menos necesarios cuando hay calma pero resultan indispensables en la prefiguración de los momentos de crisis extrema.
Alberto debió actuar el lunes, es verdad. Debió haber tomado nota del malhumor social por el deterioro de la situación económica. También es verdad. La pertinencia del diagnóstico no justifica, ni por lejos, la crisis que forzó Cristina y que puso en jaque -para usar una expresión de la vicepresidenta- no sólo a Alberto y a su gobierno sino a un país ya exhausto.
Cuando se conoció el nuevo gabinete, la discusión que se instaló en los canales era si alguno de los dos había ganado o si se trataba de una resolución neutra. Es un debate irrelevante que se tornó desde el momento en que la vicepresidenta determinó las decisiones y los tiempos:Alberto tardó apenas 24 horas en cambiar el gabinete, como exigió su vicepresidenta.
Cristina se impuso pero, ¿a qué precio?Doblegó a Alberto, estableció que había que meter mano en el equipo de gobierno y es previsible que además haga prevalecer para los próximos meses su visión de la economía y de las medidas necesarias. Pero la expresidenta se hizo fuerte con relación a su socio, un logro que no habría parecido de antemano demasiado complejo. Sin embargo, la semana que pasó desnudó también un estado de vulnerabilidad de Cristina.
Puede parecer un contrasentido, pero no lo es. Porque el hecho es que debió desplegar toda su artillería, movilizar todos sus recursos, exigirse al máximo para imponerse ante una figura endeble como Alberto.
Cristina tuvo que hacer renunciar a todo el gabinete de Santa Cruz, al de Buenos Aires, retiró a los ministros y funcionarios que le responden del gobierno nacional, cortó el diálogo con su socio, dinamitó el Frente de Todos y provocó una crisis institucional en el país, ¿para sacar a Santi Cafiero de la Jefatura de Gabinete y a un inexistente Juan Pablo Biondi de la Secretaría de Comunicación? ¿Tanto fuego para eso?
Pero además de esconder su vulnerabilidad detrás de una demostración de fuerza, Cristina usó su bala de plata. ¿Cuántas veces podrá reiterar lo que hizo en los días que pasaronsin que termine de volar todo por los aires? Una sobreactuación como la que se acaba de contemplar es difícilmente repetible.
Ahora, el Frente de Todos tiene por delante el 14 de noviembre. Apostará a la recuperación de la mano de una economía expansiva y del despliegue territorial de los gobernadores. Todavía hay que ver cómo diseñará el plano discursivo y cómo lo ejecutan los protagonistas:¿saldrá a defenderlo el mismo cristinismo que no sólo defenestró y denigró al Presidente sino que cuestionó su política sanitaria, su rumbo económico, su fórmula previsional y su legitimidad para ejercer el cargo?
En el encuentro con gobernadores de ayer no apareció ni presencial ni virtualmente Juan Schiaretti. En la crisis, el mandatario provincial, que siempre argumentó públicamente en favor de la gobernabilidad, mantuvo un inamovible silencio. El oficialismo cordobés está pensando en la elección que se viene, en la legislativa.
La estrategia pasa por ubicarse en una categoría de antikirchnerismo que no lo instale fogoneando la crisis pero que le genere la posibilidad de captar al menos cinco puntos adicionales. Entre los desencantados del radicalismo y los desencantados del gobierno nacional espera cosechar un caudal que lo deje con tres diputados, un senador y en una condición política solvente para encarar el camino que lleva hasta 2023.
En el schiarettismo consideran que pueden mejorar su performance en ciudades importantes como, por ejemplo, Córdoba o San Francisco.
En Río Cuarto, los 30 puntos que consiguió la lista de Hacemos por Córdoba dejaron al llamosismo con una satisfacción:es un resultado que está por encima del que obtuvieron Martín Llaryora e Ignacio García Aresca.
Sin embargo, en la provincia se ha instalado una preocupación:el centro de la ciudad. En ese circuito, el peronismo perdió por 12 mil votos. La inquietud no se limita a la elección que pasó ni a la que viene sino al hecho de que parece haberse quebrado definitivamente la relación entre el PJ y ese sector clave de la ciudad. Llamosas, sostienen, tiene mucho por hacer.