La dura vida de los que duermen en la calle en pleno invierno
Les hacen frente a temperaturas bajo cero en total precariedad. La mayoría de ellos han roto vínculos afectivos y familiares para quedar desamparados. El Municipio ofrece ayuda, pero sostiene que eligen vivir así
Mientras muchos se refugian en casa, al amparo de los calefactores y de la comida caliente, otros le hacen frente al invierno sin un techo en el que dormir. Con lazos familiares, afectivos y sociales destruidos, pasan rápidamente a la más plena marginalidad. Desde el Municipio advierten que sólo hay 4 personas en esta situación hoy en día, y acusan las dificultades para dar una ayuda efectiva, y -pese a lo que marcan algunos testimonios- entienden que se trata de una elección de vida.
Apenas pasado el Día del Amigo, Ángel Toledo pasa la noche en una estación de servicio donde, mezclado entre los taxistas y remiseros que cargan GNC, recibe algún café de rebote. Falta un par de horas para la medianoche, pero ya está helando.
No hubo festejo para él, aunque tiene relación con los playeros y varios trabajadores de la zona de la Terminal.
Antes de vivir en la calle, Ángel tenía familia, trabajo y propiedades. Pero después todo se derrumbó y ya no le queda nada.
Hace dos años sufrió un grave accidente de tránsito en el que se lesionó la columna, y desde ese momento sobrelleva una discapacidad que le impide trabajar. Se mantiene con los 4 mil pesos que le paga el gobierno nacional y llega a fin de mes como puede.
Anhela un plato de comida caliente, un baño, una cama y el resto de las comodidades de un hogar. Quiere salir de la vida en la calle, pero al parecer está justo en medio de un círculo vicioso que se lo impide.
“No te dejan dormir”
“A veces me quedo por acá, en la estación de servicio, y otras veces en la Terminal. Pero en ninguno de los dos lugares te la hacen fácil, porque en teoría no se puede dormir. Y si no, busco un reparo que me ataje un poco el viento”, comenta este hombre de 59 años de edad, con la piel curtida y varios tatuajes que delatan un pasado carcelario.
Él mismo se encarga de contar que estuvo preso 18 años por un doble homicidio. Entre sorbo y sorbo de café en una mesa del bar, le cuenta al cronista que, después de cumplir la condena, nunca más volvió a ejercer la violencia.
En la estación de servicio lo conocen todos; desde los playeros hasta las mozas, además de muchos clientes.
Su lugar es justo al lado de la puerta del shop. Es estratégico porque allí se topa con todos los clientes y tiene muchas chances de recibir algo a modo de ayuda.
Pero ese lunes, el frío cala los huesos y el viento lo potencia.
¿Ha estado en algún hogar?
Sí, he estado ahí. Lo que pasa es que me tenían miedo, como si yo fuera el cuco. Entonces yo no entiendo para qué mi invitaron a que vaya. Además, tengo un problema de salud y me dan convulsiones; me tendría que cuidar de no pasar estrés pero no siempre se puede.
¿Le gustaría vivir de otra forma o está bien así?
Yo quiero salir de acá. No quiero estar siempre así, viviendo como un perro. No tengo cocina, no tengo baño, nada. Yo suelo dormir en una casa abandonada, pero el frío entra por todos lados, y tampoco tengo luz ni nada. Muchas veces no he podido dormir del frío que hacía. Ni te cuento cuando llueve, porque se moja todo.
¿Nunca pidió ayuda a la Municipalidad, por ejemplo?
Sí. Me llevaron al hogar para que no ande en la calle, pero en definitiva es lo mismo. El lugar donde duermo parece un cementerio de noche: no hay ni una sola luz.
Apenas termina la charla, después de despedirse, Ángel vuelve a su lugar natural. La helada parece peor que al llegar, insoportable, pero él sigue quieto, estoico al lado de la puerta.
Manuel vino con lo puesto para ayudar a su hija
Manuel Anzardo tampoco tiene un techo para dormir, pero su caso es bien diferente. Llegado de San Pablo (Brasil) para estar cerca de sus hijos, consiguió trabajo como vigilador, pero todavía no le alcanza la plata para pagar un alquiler. Apenas llegó, le robaron y lo golpearon tanto que estuvo internado en el Hospital durante dos días. Todavía tiene moretones alrededor del ojo y en los pómulos.
Por suerte, una vez que le dieron el alta, encontró un lugar en el Hogar María Madre de Dios, donde duerme hasta el día de hoy.
Nacido en Quilmes, vivió 13 años de su infancia en Río Cuarto, donde tiene familiares y amigos. Luego se mudó a Buenos Aires y, a los 18, partió a Brasil, donde lo esperaba su hermano.
Su hijo mayor vive en la Capital Federal -casi no tiene relación con él- y la hija, de 35 años, cría dos niños sola en Achiras. Para estar cerca de ella, volvió a Río Cuarto a los 59 años de edad.
“Viví muchos años en Brasil, pero cambié mi vida. Tengo mis hijos acá: uno en Buenos Aires y la otra en Achiras. Con el tiempo, me di cuenta de que esa no era vida para nosotros. Entonces quise volver”, comenta Manuel.
El hombre, de andar cansino y portugués fácil de interpretar, admite que está un poco cansado de andar sin caminar sobre seguro. “Tengo casi 60 años y se me hace difícil seguir una vida común y normal. ¿Qué más quisiera que tener a los hijos libres y yo poder disfrutar de la vida? Pero en San Pablo, donde vivía, no tenía nada de eso”.
¿Cuánto tiempo hace que está en Río Cuarto?
Hace 20 días que llegué a Río Cuarto, y al Hogar María Madre de Dios, 15. La verdad es que la gente que atiende el hogar es maravillosa, que me amparó y me dio todo.
¿Busca trabajo?
Tengo un trabajo, pero pasa lo siguiente. A través de un amigo, conseguí empleo como vigilador de una granja, por la noche, hasta las 5 de la manaña. El problema es que en mi otro trabajo entro a las 9 de la mañana. Solamente me quedaban 2 horas y media, que tenía que dormir en la Terminal. Mi idea es poder alquilar aunque sea una habitación para mí, pero no me alcanza el dinero todavía.
Me comentaban que lo asaltaron ni bien llegó aquí, ¿es así?
Cuando vine, me instalé en una pensión en la zona de El Andino. Tengo un sobrino en el barrio Alberdi, y para volver a mi casa crucé por la pasarela. Cuando estaba a la mitad, se me vinieron dos muchachos de repente y me dieron varios golpes de puño. Me robaron la billetera, con plata y documentos, y además estuve 2 días internado en el Hospital. Me dieron una golpiza brutal. Si me hubieran pedido que les entregue las cosas, se las hubiera dado. No entiendo por qué me pegaron así.
“Eligen la calle”
Por su parte, el subsecretario de Promoción Social del Municipio, Pablo Bertea, indicó que hay apenas 4 personas durmiendo en las calles de la ciudad, que eligen vivir así porque no se adaptan a las reglas de los hogares. Además, puntualizó que sólo se los traslada a un refugio en caso de frío extremo.
“Esta semana, en un relevamiento hecho el jueves, encontramos a 4 personas durmiendo en la calle. Hay una sola pareja, y el resto son todos individuos hombres. Pero hace algunos días teníamos 7 personas en esta situación”, detalló el funcionario.
¿Las otras tres fueron alojadas en algún hogar?
No. Solamente se trasladan al Hogar María Madre de Dios y la Casa del Sol cuando se presenta una situación de frío extremo. Si no, ellos prefieren quedarse en algunos de los lugares a los que están acostumbrados. Hay dos personas que están siempre en los mismos lugares, pero el resto va rotando. No hay que perder de vista que esto implica cuestiones culturales, que hacen que sea muy difícil convencerlos de que dejen sus cosas y que se sometan a las reglas con las que funcionan los hogares, en lo que tiene que ver con cumplir horarios, no tomar alcohol y la colaboración en los trabajos domésticos. Son personas que prefieren arreglárselas por sí mismas a recibir ayuda, pero con ciertas condiciones.
¿Cómo se hacen los traslados?
Sabemos en general dónde duermen estas personas, y los días de frío, la guardia hace un relevamiento, acompañada con funcionarios de la Subsecretaría de Promoción Social. Todos los vecinos que tienen contacto con ellos, cuando hace mucho frío, se comunican con la guardia para avisar. En esos casos, generalmente se los traslada al Hogar María Madre de Dios y en alguna oportunidad, cuando pueden tener problemas de salud, se hace una atención en este sentido.
¿Tuvieron muchas intervenciones de este tipo?
En los últimos 10 días, tuvimos un solo traslado, de una persona que suele dormir cerca del edificio de El Andino. Si la noche no viene muy fría, en general prefieren tomar algún alimento y alguna frazada que les llevamos nosotros.
Leonardo Brochero
Apenas pasado el Día del Amigo, Ángel Toledo pasa la noche en una estación de servicio donde, mezclado entre los taxistas y remiseros que cargan GNC, recibe algún café de rebote. Falta un par de horas para la medianoche, pero ya está helando.
No hubo festejo para él, aunque tiene relación con los playeros y varios trabajadores de la zona de la Terminal.
Antes de vivir en la calle, Ángel tenía familia, trabajo y propiedades. Pero después todo se derrumbó y ya no le queda nada.
Hace dos años sufrió un grave accidente de tránsito en el que se lesionó la columna, y desde ese momento sobrelleva una discapacidad que le impide trabajar. Se mantiene con los 4 mil pesos que le paga el gobierno nacional y llega a fin de mes como puede.
Anhela un plato de comida caliente, un baño, una cama y el resto de las comodidades de un hogar. Quiere salir de la vida en la calle, pero al parecer está justo en medio de un círculo vicioso que se lo impide.
“No te dejan dormir”
“A veces me quedo por acá, en la estación de servicio, y otras veces en la Terminal. Pero en ninguno de los dos lugares te la hacen fácil, porque en teoría no se puede dormir. Y si no, busco un reparo que me ataje un poco el viento”, comenta este hombre de 59 años de edad, con la piel curtida y varios tatuajes que delatan un pasado carcelario.
Él mismo se encarga de contar que estuvo preso 18 años por un doble homicidio. Entre sorbo y sorbo de café en una mesa del bar, le cuenta al cronista que, después de cumplir la condena, nunca más volvió a ejercer la violencia.
En la estación de servicio lo conocen todos; desde los playeros hasta las mozas, además de muchos clientes.
Su lugar es justo al lado de la puerta del shop. Es estratégico porque allí se topa con todos los clientes y tiene muchas chances de recibir algo a modo de ayuda.
Pero ese lunes, el frío cala los huesos y el viento lo potencia.
¿Ha estado en algún hogar?
Sí, he estado ahí. Lo que pasa es que me tenían miedo, como si yo fuera el cuco. Entonces yo no entiendo para qué mi invitaron a que vaya. Además, tengo un problema de salud y me dan convulsiones; me tendría que cuidar de no pasar estrés pero no siempre se puede.
¿Le gustaría vivir de otra forma o está bien así?
Yo quiero salir de acá. No quiero estar siempre así, viviendo como un perro. No tengo cocina, no tengo baño, nada. Yo suelo dormir en una casa abandonada, pero el frío entra por todos lados, y tampoco tengo luz ni nada. Muchas veces no he podido dormir del frío que hacía. Ni te cuento cuando llueve, porque se moja todo.
¿Nunca pidió ayuda a la Municipalidad, por ejemplo?
Sí. Me llevaron al hogar para que no ande en la calle, pero en definitiva es lo mismo. El lugar donde duermo parece un cementerio de noche: no hay ni una sola luz.
Apenas termina la charla, después de despedirse, Ángel vuelve a su lugar natural. La helada parece peor que al llegar, insoportable, pero él sigue quieto, estoico al lado de la puerta.
Manuel vino con lo puesto para ayudar a su hija
Manuel Anzardo tampoco tiene un techo para dormir, pero su caso es bien diferente. Llegado de San Pablo (Brasil) para estar cerca de sus hijos, consiguió trabajo como vigilador, pero todavía no le alcanza la plata para pagar un alquiler. Apenas llegó, le robaron y lo golpearon tanto que estuvo internado en el Hospital durante dos días. Todavía tiene moretones alrededor del ojo y en los pómulos.
Por suerte, una vez que le dieron el alta, encontró un lugar en el Hogar María Madre de Dios, donde duerme hasta el día de hoy.
Nacido en Quilmes, vivió 13 años de su infancia en Río Cuarto, donde tiene familiares y amigos. Luego se mudó a Buenos Aires y, a los 18, partió a Brasil, donde lo esperaba su hermano.
Su hijo mayor vive en la Capital Federal -casi no tiene relación con él- y la hija, de 35 años, cría dos niños sola en Achiras. Para estar cerca de ella, volvió a Río Cuarto a los 59 años de edad.
“Viví muchos años en Brasil, pero cambié mi vida. Tengo mis hijos acá: uno en Buenos Aires y la otra en Achiras. Con el tiempo, me di cuenta de que esa no era vida para nosotros. Entonces quise volver”, comenta Manuel.
El hombre, de andar cansino y portugués fácil de interpretar, admite que está un poco cansado de andar sin caminar sobre seguro. “Tengo casi 60 años y se me hace difícil seguir una vida común y normal. ¿Qué más quisiera que tener a los hijos libres y yo poder disfrutar de la vida? Pero en San Pablo, donde vivía, no tenía nada de eso”.
¿Cuánto tiempo hace que está en Río Cuarto?
Hace 20 días que llegué a Río Cuarto, y al Hogar María Madre de Dios, 15. La verdad es que la gente que atiende el hogar es maravillosa, que me amparó y me dio todo.
¿Busca trabajo?
Tengo un trabajo, pero pasa lo siguiente. A través de un amigo, conseguí empleo como vigilador de una granja, por la noche, hasta las 5 de la manaña. El problema es que en mi otro trabajo entro a las 9 de la mañana. Solamente me quedaban 2 horas y media, que tenía que dormir en la Terminal. Mi idea es poder alquilar aunque sea una habitación para mí, pero no me alcanza el dinero todavía.
Me comentaban que lo asaltaron ni bien llegó aquí, ¿es así?
Cuando vine, me instalé en una pensión en la zona de El Andino. Tengo un sobrino en el barrio Alberdi, y para volver a mi casa crucé por la pasarela. Cuando estaba a la mitad, se me vinieron dos muchachos de repente y me dieron varios golpes de puño. Me robaron la billetera, con plata y documentos, y además estuve 2 días internado en el Hospital. Me dieron una golpiza brutal. Si me hubieran pedido que les entregue las cosas, se las hubiera dado. No entiendo por qué me pegaron así.
“Eligen la calle”
Por su parte, el subsecretario de Promoción Social del Municipio, Pablo Bertea, indicó que hay apenas 4 personas durmiendo en las calles de la ciudad, que eligen vivir así porque no se adaptan a las reglas de los hogares. Además, puntualizó que sólo se los traslada a un refugio en caso de frío extremo.
“Esta semana, en un relevamiento hecho el jueves, encontramos a 4 personas durmiendo en la calle. Hay una sola pareja, y el resto son todos individuos hombres. Pero hace algunos días teníamos 7 personas en esta situación”, detalló el funcionario.
¿Las otras tres fueron alojadas en algún hogar?
No. Solamente se trasladan al Hogar María Madre de Dios y la Casa del Sol cuando se presenta una situación de frío extremo. Si no, ellos prefieren quedarse en algunos de los lugares a los que están acostumbrados. Hay dos personas que están siempre en los mismos lugares, pero el resto va rotando. No hay que perder de vista que esto implica cuestiones culturales, que hacen que sea muy difícil convencerlos de que dejen sus cosas y que se sometan a las reglas con las que funcionan los hogares, en lo que tiene que ver con cumplir horarios, no tomar alcohol y la colaboración en los trabajos domésticos. Son personas que prefieren arreglárselas por sí mismas a recibir ayuda, pero con ciertas condiciones.
¿Cómo se hacen los traslados?
Sabemos en general dónde duermen estas personas, y los días de frío, la guardia hace un relevamiento, acompañada con funcionarios de la Subsecretaría de Promoción Social. Todos los vecinos que tienen contacto con ellos, cuando hace mucho frío, se comunican con la guardia para avisar. En esos casos, generalmente se los traslada al Hogar María Madre de Dios y en alguna oportunidad, cuando pueden tener problemas de salud, se hace una atención en este sentido.
¿Tuvieron muchas intervenciones de este tipo?
En los últimos 10 días, tuvimos un solo traslado, de una persona que suele dormir cerca del edificio de El Andino. Si la noche no viene muy fría, en general prefieren tomar algún alimento y alguna frazada que les llevamos nosotros.
Leonardo Brochero