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Fútbol femenino y contención comunitaria en Río Cuarto: Las Queen del Barrio Obrero

En Barrio Obrero, una escuelita de fútbol femenino reúne a mamás, niños y vecinas que se encuentran para hacer frente a las dificultades cotidianas

En las calles de Río Cuarto, la agenda mediática parece venir marcada por episodios de inseguridad y violencia urbana. Sin embargo, en el corazón de Barrio Obrero, germina una historia que propone una mirada distinta: una escuela de fútbol femenino, fruto la de la solidaridad entre vecinos y como respuesta concreta a la intemperie social.

Ahí, donde las instituciones a veces llegan tarde o miran de costado, un grupo de mujeres decidió que no iba a esperar a que las cosas cambien solas: armaron una escuelita de fútbol libre y gratuita. No tienen pecheras, las pelotas están gastadas y los botines brillan por su ausencia, pero les sobra algo que no se compra en ninguna tienda deportiva: una red invisible y firme hecha de complicidad, abrazos y la certeza rotunda de que, cuando el Estado flaquea, a la gente la ayuda la gente.

Fútbol femenino y arrancar de cero

La iniciativa surgió como una respuesta a la falta de oportunidades para practicar deportes en clubes formales, donde muchas veces los costos de las cuotas o las restricciones de edad dejan a muchas mujeres afuera.

«Empezamos siendo cinco, día a día fuimos sumando seis, ocho, hoy en día somos veinte —cuenta Cintia, compañera del DT y una de las primeras en apoyar la iniciativa de las mamás—».

Lo que comenzó con un cartel improvisado enviado por WhatsApp se transformó en un fenómeno intergeneracional. Hoy entrenan juntas chicas de 15 años, mamás de 30 y mujeres como la mamá de Milagros -la ideóloga de la escuelita-, que con sus 42 años cumple un rol fundamental: cuidar a los niños mientras las jugadoras corren detrás de la pelota.

Un respiro en medio del agobio cotidiano

Para Cintia, otra de las chicas, que se levanta a las siete de la mañana y cierra su jornada a la medianoche entre la panadería, sus trabajos particulares y un microemprendimiento de ropa, ese rato en la cancha es un cable a tierra vital.

«Es un tiempito para mí como mamá, poder darme ese espacio con la tranquilidad de traer a los chicos —reflexiona Cintia—. Nos permite desenfocarnos de los problemas diarios durante una hora y media o dos».

La diversidad es la marca registrada del equipo. Del Barrio Obrero se cruzan con vecinas de la Banda Norte, del Barrio Fénix, de las 70 viviendas y hasta del centro de Río Cuarto, como Franca, una estudiante de Comercio Internacional de 20 años que llegó de la mano de su novio —hijo del DT— y encontró en el grupo refugio y compañerismo

«Son muy compañeras, no te sentís excluida por no saber nada —cuenta Franca—. Y está buenísimo que las madres puedan venir con sus hijos y saber que están bien cuidados».

Cuidar la niñez, abrazar a las familias

Una de las características centrales de la escuelita, es su perspectiva de cuidado. La gran mayoría de las jugadoras son madres solteras que trabajan jornadas larguísimas y que no cuentan con redes de apoyo.

Para solucionar este obstáculo, las propias familias se organizan durante los entrenamientos. Las madres van con sus hijos, quienes juegan y corren en un entorno seguro bajo la mirada atenta de las abuelas y vecinas del barrio que se ofrecen a cuidarlos.

«Acá los chicos son dueños, dignos y señores de correr, de gritar, son libres —cuenta emocionada una de las referentes del cuidado infantil en el predio—. El Barrio Obrero siempre fue muy carenciado y siempre lo miraron como el menos. Pero los que vivimos acá sabemos que no es así; nos tratamos de brindar lo que podemos. Acá todas somos iguales: no nos basamos ni en el color, ni en la marca, ni en nada».

¿Donde entrenan?

A las chicas las entrena Fernando Garay junto con su hijo, Teo Garay, jugador de Estudiantes de Río Cuarto.

La cita es los lunes, miércoles y viernes en Patricias Mendocinas 963, entre Yapeyú y Anibal Ponce, a las 20:30 pm.

El espacio fue cedido por Santiago Mariscotti, presidente de Renato Cesarini; los primeros balones, donados por referentes de otros clubes, como Fabián Domínguez de Argentino Juniors de Río IV. Gracias a ese apoyo comunitario, el proyecto sobrevive al día a día. Aunque los materiales escasean, la convicción está intacta.

Con la mira puesta en los torneos barriales que se vienen en enero, estas mujeres demuestran que el deporte en la periferia no es solo una cuestión táctica, sino un acto de resistencia afectiva. En Río Cuarto, las queen de barrio Obrero ya ganaron el partido más difícil: demostrar que en la cancha de la vida, nadie se queda afuera si hay una vecina o vecino dandote una mano.