Aquel parque, este bosque
La presentación de Maradona en Gimnasia trajo recuerdos de su llegada a Newell´s como jugador a principios de los 90
Esto de la presencia de Maradona en un club argentino pasó muchas veces.
Y con Diego, la relación hasta efímera con alguna camiseta ha sido exagerada por los hinchas. Cuando el muchacho se puso una noche la camiseta de Belgrano para jugar un amistoso, apenas ganado el Mundial 86, un 10 de julio de ese año, la foto quedó en cada habitación de Barrio Alberdi, en cada retina de los guasos que entre humo de choripanes y brindis con tetra, más empanadas pulsudas, lo habían visto como una aparición, como un rey mago, como un regalo del cielo. Belgrano y Vélez jugaron un amistoso y Cucciufo estuvo para los de Liniers. Dos campeones del mundo con la Copa muy fresca. Aquella noche, el Celeste formó con: Ramos; Ghielmetti, Céliz, Reyna y Chiera; J.J. López, Villarreal y Maradona; Blasón, Scatolaro y Vázquez. El DT fue el recordado Tomás Rodolfo Cuellar. El partido, jugado ante una multitud, fue a beneficio del Patronato de la Infancia, terminó 1 a 1 y Maradona no pudo convertir un penal que el Pirata tuvo a favor.
Él, nada menos que él, se había puesto la casaca celeste, el paño sagrado de la multitud que sigue al equipo de Alberdi.
Si hasta conocía a alguno de San Lorenzo que lo tenía en la cabecera del taller con la del Barcelona. Se había encargado de trucarla para que sea una lámina de un solo día y un lugar, con el Diego jugador del Ciclón.
Por eso cuando escuchaba al negro Fontanarrosa contar que una de las dos veces que su mujer lo despertó temprano fue cuando Diego firmó con Ñuls y la otra, cuando sucedió el desembarco argentino en Malvinas, lo entendí al Negro.
El 13 de septiembre de 1993 el Parque de la Independencia fue testigo de un sueño extraordinario: la primera práctica de Diego Maradona en Newell's. Su llegada revolucionó a toda la ciudad. Decía “La Capital” de Rosario: “Aquel 13 de septiembre de 1993 fue lunes, aunque pareció más domingo que nunca. El estadio estaba abarrotado desde varias horas antes, como en sus jornadas más gloriosas, pero esta vez sólo para ver un entrenamiento. Fue un recibimiento multitudinario, idílico, extraordinario.
Ese día, Diego entrenó por la mañana en los bosques de Palermo. Después estuvo en el programa “Hola Susana”, con Sergio Goycochea y Julia Zenko. Luego llegó en avión privado a la ciudad y en el aeropuerto lo esperaban más de 600 hinchas. Muchos medios locales transmitieron su traslado en micro al estadio.
A las 17 arribó al Parque. Fue directo al vestuario y allí saludó a jugadores, al cuerpo técnico y a los dirigentes. Algo más de 40 minutos después, Diego salió por la manga y recibió una estruendosa ovación mientras el plantel lo escoltaba. Los jugadores lo levantaron por el aire y Solari, el técnico, explotaba de felicidad, con los brazos en alto y una sonrisa iluminada. Todos los que estuvieron ahí sabían que estaban escribiendo en primera persona una página imborrable de la historia rojinegra”. “En el cierre de la práctica, hubo un picado informal de 30 minutos y el Diez se mostró en buenas condiciones, a pesar de sus tres meses de inactividad. Ese primer equipo alistó a Scoponi; Garfagnoli, Gallucci, Castagno Suárez y Escudero; Berti, Llop, Martino y Maradona; Gabrich y Mendoza. Fue 1 a 0 con gol de cabeza de Gabrich”.
Cuando llegó el momento del debut, me tocó relatarlo. Fue el jueves 7 de octubre de 1993. Desde la cabina, en la cancha rojinegra, todo parecía mágico. Era como si Steven Spielberg lo hubiese dirigido, con los colores de la noche en que La Dama y El Vagabundo salieron de paseo a comer spaghetti en el clásico de Disney. Todo con la emocionante simpleza de los dibujos argentinos de García Ferré. Con Largirucho moqueando de emoción, Neurus jurando ser bueno y Pucho, en la popular, con la camiseta de la Lepra. Maradona volvía a jugar. Salía otra vez a escena. Sevilla había quedado atrás. Las puertas para ir a jugar se abrieron en el Parque rosarino.
Y Diego estilizado como un príncipe. Y sus hijas. Y los fuegos artificiales. Y los ojos de todos los rojinegros cantándose en todos los demás. Y los ecuatorianos del Emelec, mirando incrédulos a ese duende que se aparecía de vez en cuando por esos tiempos, para volver e irse ahí nomás, pero sin dejar nuestros corazones en toda la vida.
Newell's Old Boys fue con Scoponi, Galucci (Pochettino), Escudero, Basualdo (Garfagnoli), Berti, Llop, Castagno Suárez (Aquino), Martino (Morales Santos), C. Torres, Maradona y Mendoza (Ruffini). El técnico, Jorge Solari.
Emelec con Emilio Valencia, Coronel, Iván Hurtado, Fajardo, Tenorio, Luis Capurro, Ángel Fernández, Marcelo "Pepo" Morales, Luis Oste, Marcelo Benítez y Jorge Batalla (Vidal). Los dirigía Salvador Capitano.
Con un golazo de Diego a los 25 del segundo tiempo ganó la Lepra, uno a cero. Juan Carlos Loustau, el referí. Se van a cumplir 26 años de esa fiesta.
Y los gritos que querían llegar hasta Arroyito. Que sí, que saben de Olmedo, de Fito Páez, de Baglietto, de Fontanarrosa, del Che, pero el Dios de la redonda jugó para la sangre y luto. Con la de Perucca, Pontoni, Mario Zanabria, el Mono Obberti, Federico Sacchi, la Bruja Belén y Cucurucho Santamaría.
Y sí, decían. Aquí nacieron Batistuta, Balbo, el Tolo Gallego, el Tata Martino…pero esto no tiene precio, no lo paga nadie, no lo olvidaremos jamás. Y el tipo agarra y hace un golazo. Y las palomas vuelan por el Parque como si un pájaro de fuego las guiara hasta la inmortalidad. Esas que vieron a Diego en el Parque no deben morir. Pasa algo similar por estos días en el bosque platense.
A los tres días de ese partido ante el Emelec, jugó en la cancha de Independiente por el torneo oficial. El Rojo ganó tres a uno con tres de Alfaro Moreno, Morales Santos para Ñuls. Scoponi; Basualdo, Galucci, Llop y Escudero (Ruffini); Castagno Suárez (Morales Santos), Berti, Aquino y Mendoza; Carlos Torres y él. Ese fue el primer rojinegro oficial para Diego.
Estaba y no estaba, es verdad. Jugó sólo cinco encuentros oficiales, muy poco. Pero, 26 años atrás, en Rosario, una de las potencias futboleras de la ciudad se daba el lujo de poner en cancha y con sus colores a Diego Armando Maradona.
Y esa vibración del Parque fue única e irrepetible. Fue distinta a todas. En una cancha de emociones fuertes desde siempre, tal vez haya sido la más especial de todas, la que tuvo magia a límites insospechados. Diego en Ñuls, en ese momento.
Como ahora, grande, golpeado en la salud, caminando y hablando con dificultad en Gimnasia. Ya no les hacía falta más a los leprosos. Si hasta dice una leyenda que dos horas después del primer partido ante los ecuatorianos, facturó como monotributista un ángel que ofrece servicios milagrosos. Pregonó a los cuatro vientos la cura de la Lepra, con un solo toque de varita mágica. Ese mismo ángel, o tal vez un hijo, anduvo negociando maravillas para el Lobo de La Plata. Y así como en cada rincón donde hay un caballero del Parque Independencia, no hay lugar para otro milagro, parece que en el Bosque los Lobos están aullando. Dure lo que dure, el Bosque quedará encantado para siempre.
Osvaldo Alfredo Wehbe
Y con Diego, la relación hasta efímera con alguna camiseta ha sido exagerada por los hinchas. Cuando el muchacho se puso una noche la camiseta de Belgrano para jugar un amistoso, apenas ganado el Mundial 86, un 10 de julio de ese año, la foto quedó en cada habitación de Barrio Alberdi, en cada retina de los guasos que entre humo de choripanes y brindis con tetra, más empanadas pulsudas, lo habían visto como una aparición, como un rey mago, como un regalo del cielo. Belgrano y Vélez jugaron un amistoso y Cucciufo estuvo para los de Liniers. Dos campeones del mundo con la Copa muy fresca. Aquella noche, el Celeste formó con: Ramos; Ghielmetti, Céliz, Reyna y Chiera; J.J. López, Villarreal y Maradona; Blasón, Scatolaro y Vázquez. El DT fue el recordado Tomás Rodolfo Cuellar. El partido, jugado ante una multitud, fue a beneficio del Patronato de la Infancia, terminó 1 a 1 y Maradona no pudo convertir un penal que el Pirata tuvo a favor.
Él, nada menos que él, se había puesto la casaca celeste, el paño sagrado de la multitud que sigue al equipo de Alberdi.
Si hasta conocía a alguno de San Lorenzo que lo tenía en la cabecera del taller con la del Barcelona. Se había encargado de trucarla para que sea una lámina de un solo día y un lugar, con el Diego jugador del Ciclón.
Por eso cuando escuchaba al negro Fontanarrosa contar que una de las dos veces que su mujer lo despertó temprano fue cuando Diego firmó con Ñuls y la otra, cuando sucedió el desembarco argentino en Malvinas, lo entendí al Negro.
El 13 de septiembre de 1993 el Parque de la Independencia fue testigo de un sueño extraordinario: la primera práctica de Diego Maradona en Newell's. Su llegada revolucionó a toda la ciudad. Decía “La Capital” de Rosario: “Aquel 13 de septiembre de 1993 fue lunes, aunque pareció más domingo que nunca. El estadio estaba abarrotado desde varias horas antes, como en sus jornadas más gloriosas, pero esta vez sólo para ver un entrenamiento. Fue un recibimiento multitudinario, idílico, extraordinario.
Ese día, Diego entrenó por la mañana en los bosques de Palermo. Después estuvo en el programa “Hola Susana”, con Sergio Goycochea y Julia Zenko. Luego llegó en avión privado a la ciudad y en el aeropuerto lo esperaban más de 600 hinchas. Muchos medios locales transmitieron su traslado en micro al estadio.
A las 17 arribó al Parque. Fue directo al vestuario y allí saludó a jugadores, al cuerpo técnico y a los dirigentes. Algo más de 40 minutos después, Diego salió por la manga y recibió una estruendosa ovación mientras el plantel lo escoltaba. Los jugadores lo levantaron por el aire y Solari, el técnico, explotaba de felicidad, con los brazos en alto y una sonrisa iluminada. Todos los que estuvieron ahí sabían que estaban escribiendo en primera persona una página imborrable de la historia rojinegra”. “En el cierre de la práctica, hubo un picado informal de 30 minutos y el Diez se mostró en buenas condiciones, a pesar de sus tres meses de inactividad. Ese primer equipo alistó a Scoponi; Garfagnoli, Gallucci, Castagno Suárez y Escudero; Berti, Llop, Martino y Maradona; Gabrich y Mendoza. Fue 1 a 0 con gol de cabeza de Gabrich”.
Cuando llegó el momento del debut, me tocó relatarlo. Fue el jueves 7 de octubre de 1993. Desde la cabina, en la cancha rojinegra, todo parecía mágico. Era como si Steven Spielberg lo hubiese dirigido, con los colores de la noche en que La Dama y El Vagabundo salieron de paseo a comer spaghetti en el clásico de Disney. Todo con la emocionante simpleza de los dibujos argentinos de García Ferré. Con Largirucho moqueando de emoción, Neurus jurando ser bueno y Pucho, en la popular, con la camiseta de la Lepra. Maradona volvía a jugar. Salía otra vez a escena. Sevilla había quedado atrás. Las puertas para ir a jugar se abrieron en el Parque rosarino.
Y Diego estilizado como un príncipe. Y sus hijas. Y los fuegos artificiales. Y los ojos de todos los rojinegros cantándose en todos los demás. Y los ecuatorianos del Emelec, mirando incrédulos a ese duende que se aparecía de vez en cuando por esos tiempos, para volver e irse ahí nomás, pero sin dejar nuestros corazones en toda la vida.
Newell's Old Boys fue con Scoponi, Galucci (Pochettino), Escudero, Basualdo (Garfagnoli), Berti, Llop, Castagno Suárez (Aquino), Martino (Morales Santos), C. Torres, Maradona y Mendoza (Ruffini). El técnico, Jorge Solari.
Emelec con Emilio Valencia, Coronel, Iván Hurtado, Fajardo, Tenorio, Luis Capurro, Ángel Fernández, Marcelo "Pepo" Morales, Luis Oste, Marcelo Benítez y Jorge Batalla (Vidal). Los dirigía Salvador Capitano.
Con un golazo de Diego a los 25 del segundo tiempo ganó la Lepra, uno a cero. Juan Carlos Loustau, el referí. Se van a cumplir 26 años de esa fiesta.
Y los gritos que querían llegar hasta Arroyito. Que sí, que saben de Olmedo, de Fito Páez, de Baglietto, de Fontanarrosa, del Che, pero el Dios de la redonda jugó para la sangre y luto. Con la de Perucca, Pontoni, Mario Zanabria, el Mono Obberti, Federico Sacchi, la Bruja Belén y Cucurucho Santamaría.
Y sí, decían. Aquí nacieron Batistuta, Balbo, el Tolo Gallego, el Tata Martino…pero esto no tiene precio, no lo paga nadie, no lo olvidaremos jamás. Y el tipo agarra y hace un golazo. Y las palomas vuelan por el Parque como si un pájaro de fuego las guiara hasta la inmortalidad. Esas que vieron a Diego en el Parque no deben morir. Pasa algo similar por estos días en el bosque platense.
A los tres días de ese partido ante el Emelec, jugó en la cancha de Independiente por el torneo oficial. El Rojo ganó tres a uno con tres de Alfaro Moreno, Morales Santos para Ñuls. Scoponi; Basualdo, Galucci, Llop y Escudero (Ruffini); Castagno Suárez (Morales Santos), Berti, Aquino y Mendoza; Carlos Torres y él. Ese fue el primer rojinegro oficial para Diego.
Estaba y no estaba, es verdad. Jugó sólo cinco encuentros oficiales, muy poco. Pero, 26 años atrás, en Rosario, una de las potencias futboleras de la ciudad se daba el lujo de poner en cancha y con sus colores a Diego Armando Maradona.
Y esa vibración del Parque fue única e irrepetible. Fue distinta a todas. En una cancha de emociones fuertes desde siempre, tal vez haya sido la más especial de todas, la que tuvo magia a límites insospechados. Diego en Ñuls, en ese momento.
Como ahora, grande, golpeado en la salud, caminando y hablando con dificultad en Gimnasia. Ya no les hacía falta más a los leprosos. Si hasta dice una leyenda que dos horas después del primer partido ante los ecuatorianos, facturó como monotributista un ángel que ofrece servicios milagrosos. Pregonó a los cuatro vientos la cura de la Lepra, con un solo toque de varita mágica. Ese mismo ángel, o tal vez un hijo, anduvo negociando maravillas para el Lobo de La Plata. Y así como en cada rincón donde hay un caballero del Parque Independencia, no hay lugar para otro milagro, parece que en el Bosque los Lobos están aullando. Dure lo que dure, el Bosque quedará encantado para siempre.
Osvaldo Alfredo Wehbe