De la cucha a la cancha
A lo largo de la historia del fútbol, han contado con fieles compañeros de cuatro patas que se han convertido en símbolos para jugadores e hinchadas
“Con cinco medias hicimos la pelota y aquella misma siesta perdimos por un gol; una perrita que andaba abandonada pasó a ser la mascota del cuadro que ganó”.
Así cuenta en “Chiquillada” Leonardo Favio esas hermosas historias de barrio y amistad. Y en ella aparece una perrita. Uno de los tantos canes que merodean las canchitas, los potreros y que a veces observan echados el “picado” o son capaces de ponerse cargosos corriendo detrás de la pelota y ladrando como si relataran “su” partido.
Y vaya si hay historias de perros y el fútbol. Nos ocuparemos de algunas.
Internacionalmente, Pickles fue un célebre perro blanco y negro inglés, conocido por su papel en la recuperación del Trofeo Jules Rimet, que fue robado antes del inicio de la Copa Mundial de Fútbol de 1966 en Inglaterra. El trofeo fue hurtado durante una exhibición pública de una estampilla rara en el Salón de Westminster en la tarde del domingo 20 de marzo de 1966, sólo cuatro meses antes de la Copa Mundial de Fútbol de 1966. Lo curioso es que el ladrón desestimó llevarse la colección de sellos postales valuada en tres millones de libras esterlinas y sólo robó la Copa, por la que pidió un rescate de 15 mil libras. Se logró el arresto del “presunto” autor, que resultó un farsante (no era el ladrón) y a los pocos días Pickles, mientras paseaba con su amo, David Corbett, lo encontró envuelto en papel periódico en el fondo de un seto de un jardín suburbano al sur de Londres. Cuando la selección de fútbol de Inglaterra ganó el trofeo, como premio, Pickles fue invitado a la cena de celebración y se le permitió lamer los platos después del banquete inaugural. Su dueño recogió un premio de 6.000 libras. El ladrón nunca fue atrapado y durante un tiempo se sospechó de Pickles y su dueño.
Ese año Pickles llegó a protagonizar la película “El espía con la nariz fría”.
Pickles murió joven (tenía 5 años), al año siguiente, en un accidente y fue enterrado en el patio de la casa de su dueño.
El fútbol argentino, por cierto, tiene un par de ejemplares entrañables al respecto.
Boneco fue un perro que formó parte de la historia copera de Independiente en los setenta. Boneco de Lolo, así se lo conocía al cusco.
Señalan las páginas de Independiente que Lolo era un vagabundo brasileño que estaba totalmente desahuciado que vivía en la indigencia y había decidido quitarse la vida abandonando su persona en forma total. Estuvo con una pierna engangrenada viviendo en un viejo puente en el barrio de Palermo. Fue entonces cuando apareció Boneco, quien se quedó a su lado y le lamió la herida durante días hasta que lo curó misteriosamente. A partir de ese momento se convirtieron en amigos inseparables, lo que los llevaría a vivir momentos de gloria junto al equipo de sus amores: Independiente.
Así Lolo comenzó a enseñarle a hacer piruetas y algunos modales que lo harían famoso. Estuvo un tiempo divirtiendo a la gente con las pruebas que hacia Boneco, hasta que empezó a ver que podían vivir ganándose la vida en fiestas infantiles, cumpleaños e incluso algunos circos. Con el tiempo, estuvo alquilando un departamento en Palermo y se había comprado un Fiat 600 al que le sacó la parte trasera, pues decía que le pertenecía a Boneco y hasta le hizo una cucha en la parte de atrás.
Recorrió Argentina con algunos espectáculos circenses hasta que llegó a Independiente. En ese club de a poco comenzaron a quedarse en las concentraciones y las prácticas, en las que divertían a los jugadores, que le tomaron un gran cariño y lo designaron mascota. Los empezaron a llevar a todos lados, sobre todo en una de las mejores épocas del equipo de Avellaneda, en la que había muchos partidos por Copa Libertadores y Boneco comenzó a entrar a todas las canchas, con dos banderines en la boca, posaba con los jugadores y después daba la vuelta por toda la cancha saludando a todo el público, parándose en dos patas. Obviamente, les caía bien a todas las hinchadas porque siempre era muy aplaudido.
Salió a la cancha junto a Ricardo Pavoni por primera vez, oficialmente, en el partido ante Racing, el 24 de marzo de 1974, en el cual Independiente ganó por 4 a 1.
Hay declaraciones de los jugadores rojos de ese tiempo que marcan lo que significaba Boneco. Pipo Ferreiro, por ejemplo, dijo: “Boneco era un integrante más y cuando Independiente viajaba al exterior tenía un pasaje y un pasaporte para él, se cansó de salir campeón”. Bochini agregaba:“En el mundo del fútbol las cábalas existen y son muy fuertes, Boneco es un talismán de la suerte y cuando nos falta sentimos su ausencia como la de uno de nosotros”.
Percy Rojas, el delantero peruano que jugaba para el Rojo, contaba que Boneco era popular en toda América y que en su país le preguntaban tanto por el perro como por Independiente.
En las grandes cenas que acostumbraba a tener el multicampeón de América, el perro y su dueño hacían un truco que todavía hoy los protagonistas recuerdan: “Lolo le daba un pañuelito y le decía el nombre de alguno de nosotros, por ejemplo: ‘Llevaselo a Bertoni’, y Boneco se lo llevaba. Todavía no entendemos cómo lo hacía”. Era un perro muy especial. Tan especial que su popularidad se incrementaba día a día y llegó a la TV, siendo la mascota de la tira "Gorosito y Señora" que transmitió Canal 13, con Santiago Bal y Susana Brunetti. Con el paso del tiempo la salud de Lolo empeoró y el vínculo era tan grande que, tras fallecer, Boneco pasó todo el velatorio tirado debajo del ataúd. Cuando el cuerpo fue llevado a su morada final, el perro se echó al lado de la tumba, se negó a recibir cualquier alimento y murió de hambre y de sed. Reafirmó, con esta actitud, que nunca más se separarían. Y Boneco fue de realidad a leyenda. Ningún hincha de Independiente lo olvidará jamás.
Para concluir con estas historias de perros y el fútbol, contaremos de Napoléon.
Nuestro colega Lucio Ortiz contó alguna vez en Ovación de Diario Uno:
“Era una mezcla entre salchicha y callejero. Perro sin raza determinada. De patas cortas con su cuerpito casi rozándole el piso.
Cuando el perrito llegó a manos de Francisco Belón, a mediados de los años 30, lo bautizó con un nombre de un conquistador y le puso Napoleón.
El dueño era hincha de Atlanta y le había llegado el cachorro por intermedio de un hincha de Chacarita, el clásico rival del barrio.
Francisco lo llevaba a la cancha y su fanatismo lo condujo a ingresarlo como mascota del equipo cuando jugaba de local. El perrito posaba con el equipo previa exhibición de sus habilidades con el balón.
El periodista Félix Frascara lo vio antes del comienzo de un partido ante River y escribió en El Gráfico: ‘Empujándola con la cabeza, entre el cogote y la espalda, a toda velocidad entre las piernas de quienes intentaban quitársela, el perrito atajaba y gambeteaba, y era saludado por una ovación del público’.
Actuaba como un perro de circo haciendo piruetas para el público futbolero y la broma más utilizada era gritar: ‘Por favor, pónganlo de titular que es mejor que todos los perros que entran a la cancha’.
Napoleón era la mascota oficial de Atlanta en la Primera División del fútbol argentino. Tras la muestra de habilidad, lo ponían en la platea y no dejaba de correr, al lado del alambrado, para el lado a donde iba la pelota. Así todo el partido.
El dueño lo comenzó a llevar a algunos partidos de visitante.
El 22 de noviembre de 1936 Atlanta visitaba la cancha de Talleres de Remedios de Escalada en el torneo oficial de la AFA. Napoleón estaba alzado por su dueño esperando la salida de los equipos. Sonaron unas bombas de estruendo y el perrito saltó asustado, se volvió por el túnel y se escapó de los vestuarios. Los goles de Talleres vinieron, y mucho, en una gran demostración de los locales, que al final del primer tiempo se imponían 5 a 1. Entre los hinchas de Atlanta se corría la voz del ‘perro perdido por las bombas’.
El salchicha apareció y les cambió la cara a los jugadores y a los hinchas del Bohemio. Como por arte de magia, Atlanta comenzó a mejorar y metió 4 goles para igualar el partido 5 a 5.
El empate se le adjudicó a la aparición de Napoleón, que había estado acurrucado debajo de una tribuna. En abril de 1938 el perrito, en su intento por cruzar la calle, fue atropellado por un auto negro.
Francisco decidió embalsamarlo y su hijo Osvaldo continuó conservando a la mascota en el hogar y luego siguieron sus hijos. Napoleón aparece en cada festejo de Atlanta y es mostrado como un trofeo. Los niños preguntan por el perrito y la historia se vuelve a contar de padres a hijos.
A Napoleón le brillan los ojitos y parece que quiere jugar”.
Una hermosa historia que es también realidad hecha leyenda en tierra bohemia.
Así, entre Pickles, Boneco y Napoleón, rendimos homenaje a esos que como la “una perrita que andaba abandonada” pasaron a ser “la mascota del cuadro que ganó”.
Como cantaba Favio en su “Chiquillada”.
Osvaldo Alfredo Wehbe
Así cuenta en “Chiquillada” Leonardo Favio esas hermosas historias de barrio y amistad. Y en ella aparece una perrita. Uno de los tantos canes que merodean las canchitas, los potreros y que a veces observan echados el “picado” o son capaces de ponerse cargosos corriendo detrás de la pelota y ladrando como si relataran “su” partido.
Y vaya si hay historias de perros y el fútbol. Nos ocuparemos de algunas.
Internacionalmente, Pickles fue un célebre perro blanco y negro inglés, conocido por su papel en la recuperación del Trofeo Jules Rimet, que fue robado antes del inicio de la Copa Mundial de Fútbol de 1966 en Inglaterra. El trofeo fue hurtado durante una exhibición pública de una estampilla rara en el Salón de Westminster en la tarde del domingo 20 de marzo de 1966, sólo cuatro meses antes de la Copa Mundial de Fútbol de 1966. Lo curioso es que el ladrón desestimó llevarse la colección de sellos postales valuada en tres millones de libras esterlinas y sólo robó la Copa, por la que pidió un rescate de 15 mil libras. Se logró el arresto del “presunto” autor, que resultó un farsante (no era el ladrón) y a los pocos días Pickles, mientras paseaba con su amo, David Corbett, lo encontró envuelto en papel periódico en el fondo de un seto de un jardín suburbano al sur de Londres. Cuando la selección de fútbol de Inglaterra ganó el trofeo, como premio, Pickles fue invitado a la cena de celebración y se le permitió lamer los platos después del banquete inaugural. Su dueño recogió un premio de 6.000 libras. El ladrón nunca fue atrapado y durante un tiempo se sospechó de Pickles y su dueño.
Ese año Pickles llegó a protagonizar la película “El espía con la nariz fría”.
Pickles murió joven (tenía 5 años), al año siguiente, en un accidente y fue enterrado en el patio de la casa de su dueño.
El fútbol argentino, por cierto, tiene un par de ejemplares entrañables al respecto.
Boneco fue un perro que formó parte de la historia copera de Independiente en los setenta. Boneco de Lolo, así se lo conocía al cusco.
Señalan las páginas de Independiente que Lolo era un vagabundo brasileño que estaba totalmente desahuciado que vivía en la indigencia y había decidido quitarse la vida abandonando su persona en forma total. Estuvo con una pierna engangrenada viviendo en un viejo puente en el barrio de Palermo. Fue entonces cuando apareció Boneco, quien se quedó a su lado y le lamió la herida durante días hasta que lo curó misteriosamente. A partir de ese momento se convirtieron en amigos inseparables, lo que los llevaría a vivir momentos de gloria junto al equipo de sus amores: Independiente.
Así Lolo comenzó a enseñarle a hacer piruetas y algunos modales que lo harían famoso. Estuvo un tiempo divirtiendo a la gente con las pruebas que hacia Boneco, hasta que empezó a ver que podían vivir ganándose la vida en fiestas infantiles, cumpleaños e incluso algunos circos. Con el tiempo, estuvo alquilando un departamento en Palermo y se había comprado un Fiat 600 al que le sacó la parte trasera, pues decía que le pertenecía a Boneco y hasta le hizo una cucha en la parte de atrás.
Recorrió Argentina con algunos espectáculos circenses hasta que llegó a Independiente. En ese club de a poco comenzaron a quedarse en las concentraciones y las prácticas, en las que divertían a los jugadores, que le tomaron un gran cariño y lo designaron mascota. Los empezaron a llevar a todos lados, sobre todo en una de las mejores épocas del equipo de Avellaneda, en la que había muchos partidos por Copa Libertadores y Boneco comenzó a entrar a todas las canchas, con dos banderines en la boca, posaba con los jugadores y después daba la vuelta por toda la cancha saludando a todo el público, parándose en dos patas. Obviamente, les caía bien a todas las hinchadas porque siempre era muy aplaudido.
Salió a la cancha junto a Ricardo Pavoni por primera vez, oficialmente, en el partido ante Racing, el 24 de marzo de 1974, en el cual Independiente ganó por 4 a 1.
Hay declaraciones de los jugadores rojos de ese tiempo que marcan lo que significaba Boneco. Pipo Ferreiro, por ejemplo, dijo: “Boneco era un integrante más y cuando Independiente viajaba al exterior tenía un pasaje y un pasaporte para él, se cansó de salir campeón”. Bochini agregaba:“En el mundo del fútbol las cábalas existen y son muy fuertes, Boneco es un talismán de la suerte y cuando nos falta sentimos su ausencia como la de uno de nosotros”.
Percy Rojas, el delantero peruano que jugaba para el Rojo, contaba que Boneco era popular en toda América y que en su país le preguntaban tanto por el perro como por Independiente.
En las grandes cenas que acostumbraba a tener el multicampeón de América, el perro y su dueño hacían un truco que todavía hoy los protagonistas recuerdan: “Lolo le daba un pañuelito y le decía el nombre de alguno de nosotros, por ejemplo: ‘Llevaselo a Bertoni’, y Boneco se lo llevaba. Todavía no entendemos cómo lo hacía”. Era un perro muy especial. Tan especial que su popularidad se incrementaba día a día y llegó a la TV, siendo la mascota de la tira "Gorosito y Señora" que transmitió Canal 13, con Santiago Bal y Susana Brunetti. Con el paso del tiempo la salud de Lolo empeoró y el vínculo era tan grande que, tras fallecer, Boneco pasó todo el velatorio tirado debajo del ataúd. Cuando el cuerpo fue llevado a su morada final, el perro se echó al lado de la tumba, se negó a recibir cualquier alimento y murió de hambre y de sed. Reafirmó, con esta actitud, que nunca más se separarían. Y Boneco fue de realidad a leyenda. Ningún hincha de Independiente lo olvidará jamás.
Para concluir con estas historias de perros y el fútbol, contaremos de Napoléon.
Nuestro colega Lucio Ortiz contó alguna vez en Ovación de Diario Uno:
“Era una mezcla entre salchicha y callejero. Perro sin raza determinada. De patas cortas con su cuerpito casi rozándole el piso.
Cuando el perrito llegó a manos de Francisco Belón, a mediados de los años 30, lo bautizó con un nombre de un conquistador y le puso Napoleón.
El dueño era hincha de Atlanta y le había llegado el cachorro por intermedio de un hincha de Chacarita, el clásico rival del barrio.
Francisco lo llevaba a la cancha y su fanatismo lo condujo a ingresarlo como mascota del equipo cuando jugaba de local. El perrito posaba con el equipo previa exhibición de sus habilidades con el balón.
El periodista Félix Frascara lo vio antes del comienzo de un partido ante River y escribió en El Gráfico: ‘Empujándola con la cabeza, entre el cogote y la espalda, a toda velocidad entre las piernas de quienes intentaban quitársela, el perrito atajaba y gambeteaba, y era saludado por una ovación del público’.
Actuaba como un perro de circo haciendo piruetas para el público futbolero y la broma más utilizada era gritar: ‘Por favor, pónganlo de titular que es mejor que todos los perros que entran a la cancha’.
Napoleón era la mascota oficial de Atlanta en la Primera División del fútbol argentino. Tras la muestra de habilidad, lo ponían en la platea y no dejaba de correr, al lado del alambrado, para el lado a donde iba la pelota. Así todo el partido.
El dueño lo comenzó a llevar a algunos partidos de visitante.
El 22 de noviembre de 1936 Atlanta visitaba la cancha de Talleres de Remedios de Escalada en el torneo oficial de la AFA. Napoleón estaba alzado por su dueño esperando la salida de los equipos. Sonaron unas bombas de estruendo y el perrito saltó asustado, se volvió por el túnel y se escapó de los vestuarios. Los goles de Talleres vinieron, y mucho, en una gran demostración de los locales, que al final del primer tiempo se imponían 5 a 1. Entre los hinchas de Atlanta se corría la voz del ‘perro perdido por las bombas’.
El salchicha apareció y les cambió la cara a los jugadores y a los hinchas del Bohemio. Como por arte de magia, Atlanta comenzó a mejorar y metió 4 goles para igualar el partido 5 a 5.
El empate se le adjudicó a la aparición de Napoleón, que había estado acurrucado debajo de una tribuna. En abril de 1938 el perrito, en su intento por cruzar la calle, fue atropellado por un auto negro.
Francisco decidió embalsamarlo y su hijo Osvaldo continuó conservando a la mascota en el hogar y luego siguieron sus hijos. Napoleón aparece en cada festejo de Atlanta y es mostrado como un trofeo. Los niños preguntan por el perrito y la historia se vuelve a contar de padres a hijos.
A Napoleón le brillan los ojitos y parece que quiere jugar”.
Una hermosa historia que es también realidad hecha leyenda en tierra bohemia.
Así, entre Pickles, Boneco y Napoleón, rendimos homenaje a esos que como la “una perrita que andaba abandonada” pasaron a ser “la mascota del cuadro que ganó”.
Como cantaba Favio en su “Chiquillada”.
Osvaldo Alfredo Wehbe