Hay semanas en las cuales, en algún momento de la charla de café con amigos, se aparece imaginariamente un boxeador arriba del ring para recordar peleas memorables, más o menos antiguas.
Tenidas mundialistas de Locche, Monzón, Galíndez, Bonavena y otros. Y entonces la melancolía respecto de esos grandes nombres se mezcla con otros a nivel local y las promociones que organizaban noches estelares en Central Argentino, nuestro Luna Park, digamos. Marino-Dho y Alberto San Miguel encabezan la lista de esos hombres que le ponían el cuerpo, el alma y el bolsillo a eso de hacer crecer boxeadores locales e ir programando su carrera, hasta, si la cosa se daba bien, arrimarlo a un título argentino.
Y así pasan por la mesa de café parlante apellidos que emocionan y que desde nuestro paisaje se fusionan con aquellos rutilantes como los nombrados y Palma, Laciar, Ballas, Corro, Castellini, Campanino, Castro o Roldán hacen juego de guapos con nuestros Robledo, Bianco, Vizcaya, Emer, Gómez, Miranda, Sosa, Olivieri y muchos más.
En los tiempos de Martillo Roldán nuestros ojos se habían posado en una época de la categoría wélter realmente extraordinaria a nivel internacional. Algunos de esa categoría que llegaron desde otras más livianas y luego pasaron la línea de la balanza hasta hacerse medianos y un poco más. Nombremos a Roberto Durán (un liviano de los mejores), Wilfredo Benítez, Ray Sugar Leonard, Tommy Hearns y hasta Marvin Hagler, haciendo una mezcolanza, aunque se enfrentaron entre sí y nos brindaron choques épicos. Desde la revista The Ring, por ejemplo, conocíamos la potencia de Hearns (La Cobra de Detroit) y su mandíbula de cristal mucho antes de verlo en la tele, entonces no fue tanta sorpresa su categórico triunfo ante Pipino Cuevas.
El choque estelar de la época fue sin dudas el de Durán contra Leonard. El 20 de junio de 1980 en el estadio Olímpico de Montreal, el panameño Roberto “Mano de Piedra” Durán, de 29 años, superó por puntos en quince asaltos al norteamericano Ray Charles Leonard, de 24. Mano de Piedra llegaba a esa pelea con una derrota en 74 presentaciones, mientras que Sugar lo hacía invicto en 27 combates. El fallo fue dividido, dos tarjetas le dieron dos puntos arriba y la restante, empate. La polémica por el fallo se instaló de inmediato. Si sirviera de algo, para mí, Durán ganó bien la pelea.
Durán ganó un millón y medio de dólares y Leonard, cinco.
Ocho años antes, Durán había logrado su primer título, en ese caso en livianos, frente al escocés Ken Buchanan por KOT en el decimotercero, en el Madison Square Garden.
La victoria ante Leonard en Montreal generó una revolución en Panamá. Si Mano de Piedra ya era ídolo allí, su figura trepó a límites insospechados. Las operadoras internacionales de telefonía contestaban los llamados diciendo: “Usted está hablando con Panamá, cuna del campeón del mundo Roberto Durán”. Leonard, en tanto, era el mimado del ambiente mundial. Y por méritos propios. Un crack. Había debutado como profesional en el 77, a los 20 años, derrotando por puntos en Baltimore a Luis Vega.
En ese momento había combatido 150 veces como amateur, con 145 victorias y 5 derrotas. Era campeón panamericano del 75 y Olímpico en el 76, en wélter juniors, tras vencer en la final al cubano Andrés Aldama.
La pelea de junio del 80 nos paralizó. Y la victoria de Durán fue la de un gran campeón sobre otro. Se precisaba una revancha y a los pocos meses la tuvimos. Fue el 25 de noviembre del 80, en el Superdome de Nueva Orleans, y ganó Leonard. No fue una victoria más. Leonard vapuleó a un Durán que no le encontró la vuelta a la pelea sin estar pleno en lo físico (alguna vez dijo que sintió feos calambres a partir del quinto round, producto de haber bajado de peso en poco tiempo). El norteamericano desarrolló todo su boxeo, mezclado con el histrionismo del que era capaz de hacer gala, burlándose de su rival, con el bolo-punch incluido. En el octavo asalto, Roberto Durán lo mandó a pasear y se fue. Sí, se fue, así de simple e increíble. El temperamento de Durán no daba para papelones y, al no poder encontrar a Leonard, uno supone que o le daba una patada o se iba. Y se fue. La imagen del panameño cayó de golpe, castigado por el exitismo de aquellos que olvidaban todo lo que había logrado hasta allí.
Leonard, nacido el 17 de mayo del 56 en Carolina del Norte, se coronaba campeón del mundo. Obtendría cinco títulos en total, dos en wélter y uno en mediano juniors, mediano y semipesado. Derrotaría a grandes como Hearns y Hagler, se retiraría y volvería por problemas en sus ojos.
Leonard y Durán pelearon por tercera y última vez el 7 de diciembre de 1989 en Las Vegas, con Leonard reteniendo el título mediopesado junior, en decisión unánime de doce asaltos, en la que fue una floja pelea de ambos y en la cual el fallo fue polémico. Para muchos Leonard no la había ganado.
Durán coronaría en 1989 una campaña prodigiosa. A los 37 años se consagraría campeón por cuarta vez ante Iron Barkley. Leonard peleó por última vez en el 99 con 40 años; Durán, con casi 50, en el 2001.
Cada uno transitó los rings a su manera. Durán, con su propio personaje a cuestas. Guapo, polémico, un enorme campeón. Leonard, con su bolo-punch y su caminar sobre el cuadrilátero, casi único, con una calidad difícil de empardar.
Recordando aquellas contiendas inolvidables entre la Piedra y el Azúcar. 1980, cuando Durán y Leonard eran Boca y River.
Osvaldo Wehbe
Y así pasan por la mesa de café parlante apellidos que emocionan y que desde nuestro paisaje se fusionan con aquellos rutilantes como los nombrados y Palma, Laciar, Ballas, Corro, Castellini, Campanino, Castro o Roldán hacen juego de guapos con nuestros Robledo, Bianco, Vizcaya, Emer, Gómez, Miranda, Sosa, Olivieri y muchos más.
En los tiempos de Martillo Roldán nuestros ojos se habían posado en una época de la categoría wélter realmente extraordinaria a nivel internacional. Algunos de esa categoría que llegaron desde otras más livianas y luego pasaron la línea de la balanza hasta hacerse medianos y un poco más. Nombremos a Roberto Durán (un liviano de los mejores), Wilfredo Benítez, Ray Sugar Leonard, Tommy Hearns y hasta Marvin Hagler, haciendo una mezcolanza, aunque se enfrentaron entre sí y nos brindaron choques épicos. Desde la revista The Ring, por ejemplo, conocíamos la potencia de Hearns (La Cobra de Detroit) y su mandíbula de cristal mucho antes de verlo en la tele, entonces no fue tanta sorpresa su categórico triunfo ante Pipino Cuevas.
El choque estelar de la época fue sin dudas el de Durán contra Leonard. El 20 de junio de 1980 en el estadio Olímpico de Montreal, el panameño Roberto “Mano de Piedra” Durán, de 29 años, superó por puntos en quince asaltos al norteamericano Ray Charles Leonard, de 24. Mano de Piedra llegaba a esa pelea con una derrota en 74 presentaciones, mientras que Sugar lo hacía invicto en 27 combates. El fallo fue dividido, dos tarjetas le dieron dos puntos arriba y la restante, empate. La polémica por el fallo se instaló de inmediato. Si sirviera de algo, para mí, Durán ganó bien la pelea.
Durán ganó un millón y medio de dólares y Leonard, cinco.
Ocho años antes, Durán había logrado su primer título, en ese caso en livianos, frente al escocés Ken Buchanan por KOT en el decimotercero, en el Madison Square Garden.
La victoria ante Leonard en Montreal generó una revolución en Panamá. Si Mano de Piedra ya era ídolo allí, su figura trepó a límites insospechados. Las operadoras internacionales de telefonía contestaban los llamados diciendo: “Usted está hablando con Panamá, cuna del campeón del mundo Roberto Durán”. Leonard, en tanto, era el mimado del ambiente mundial. Y por méritos propios. Un crack. Había debutado como profesional en el 77, a los 20 años, derrotando por puntos en Baltimore a Luis Vega.
En ese momento había combatido 150 veces como amateur, con 145 victorias y 5 derrotas. Era campeón panamericano del 75 y Olímpico en el 76, en wélter juniors, tras vencer en la final al cubano Andrés Aldama.
La pelea de junio del 80 nos paralizó. Y la victoria de Durán fue la de un gran campeón sobre otro. Se precisaba una revancha y a los pocos meses la tuvimos. Fue el 25 de noviembre del 80, en el Superdome de Nueva Orleans, y ganó Leonard. No fue una victoria más. Leonard vapuleó a un Durán que no le encontró la vuelta a la pelea sin estar pleno en lo físico (alguna vez dijo que sintió feos calambres a partir del quinto round, producto de haber bajado de peso en poco tiempo). El norteamericano desarrolló todo su boxeo, mezclado con el histrionismo del que era capaz de hacer gala, burlándose de su rival, con el bolo-punch incluido. En el octavo asalto, Roberto Durán lo mandó a pasear y se fue. Sí, se fue, así de simple e increíble. El temperamento de Durán no daba para papelones y, al no poder encontrar a Leonard, uno supone que o le daba una patada o se iba. Y se fue. La imagen del panameño cayó de golpe, castigado por el exitismo de aquellos que olvidaban todo lo que había logrado hasta allí.
Leonard, nacido el 17 de mayo del 56 en Carolina del Norte, se coronaba campeón del mundo. Obtendría cinco títulos en total, dos en wélter y uno en mediano juniors, mediano y semipesado. Derrotaría a grandes como Hearns y Hagler, se retiraría y volvería por problemas en sus ojos.
Leonard y Durán pelearon por tercera y última vez el 7 de diciembre de 1989 en Las Vegas, con Leonard reteniendo el título mediopesado junior, en decisión unánime de doce asaltos, en la que fue una floja pelea de ambos y en la cual el fallo fue polémico. Para muchos Leonard no la había ganado.
Durán coronaría en 1989 una campaña prodigiosa. A los 37 años se consagraría campeón por cuarta vez ante Iron Barkley. Leonard peleó por última vez en el 99 con 40 años; Durán, con casi 50, en el 2001.
Cada uno transitó los rings a su manera. Durán, con su propio personaje a cuestas. Guapo, polémico, un enorme campeón. Leonard, con su bolo-punch y su caminar sobre el cuadrilátero, casi único, con una calidad difícil de empardar.
Recordando aquellas contiendas inolvidables entre la Piedra y el Azúcar. 1980, cuando Durán y Leonard eran Boca y River.
Osvaldo Wehbe

