Duchini, maestro del fútbol
El exjugador de Chacarita fue uno de los formadores de talentos más importantes de la historia argentina
Hoy, en escuelitas de fútbol y clubes; antes, en el barrio mismo. Los hacedores y descubridores de jugadores son llevados para siempre en el corazón de aquellos que, cuando niños, jugábamos a la pelota queriendo ser en el fútbol grande.
Los “buscadores de talentos” han estado siempre. Parados al costado del potrero, sin que alguien supiera quiénes eran. Mirando y arrimándose luego a un chico para preguntarle si quería ir a probarse a un club determinado. La desconfianza de los padres, el ruego del pibe y, así, el captador de jugadores le abría las puertas de un club a un futuro crack o no tanto. Casi siempre se fusionaban las figuras del que encontraba y el que los entrenaba desde pibes. Localmente, los nombres son muchos. Marcial, don Delio, el Enchufe y sigue la lista. Hoy en las escuelitas, con mayor contención, control médico y estructuras diferentes. Eso, en todo el mundo. En Argentina, con las características propias de cada pueblo o ciudad. Y no sólo en los alrededores de una canchita de barrio, sino también viajando hasta un pueblo para ver a uno que dicen es “un tapado”.
Si hay un nombre en Argentina al que se puede asociar con juveniles, con inferiores, con “descubrimientos”, es el de Ernesto Duchini. El maestro nació el 10 de noviembre de 1910 y falleció en Buenos Aires en marzo del 2006 a los 95 años.
La crónica de su vida deportiva dice que nació en Barrio Norte pero a los ocho años se mudó al barrio de Chacarita. A los doce comenzó a jugar en las inferiores de Pequeño Alumni. Se desempeñaba como defensor (lateral derecho) y a los quince llegó a Chacarita Juniors, club en el que debutó en Primera en 1929 en el amateurismo, cuando le tocó marcar a Carlos Peucelle. Eran tiempos del amateurismo, ese que se pretende mezclar con el profesionalismo, cuando en realidad son cosas diferentes. No hay que negar la era amateur, pero tampoco sumar lo ocurrido en irregulares torneos con los tiempos profesionales desde 1931 en adelante. Duchini jugó hasta su retiro, en 1938, 177 partidos y marcó 5 goles entre el amateurismo y el profesionalismo. El debut fue en un encuentro del 1° de septiembre de 1929. Chacarita ante Sportivo Buenos Aires por la 4ta fecha de la Asociación Amateur Argentina de Football. Chaca formó con Alterio; Castellucci y Cichino; Duchini, Gil y Larnicoco; Ángel Fernández, Renato Cesarini, Stagnaro, Gaslini y Gómez. Empataron uno a uno: Gaslini, para el Funebrero y Apólito, para Sportivo Buenos Aires, en el que jugaba Peucelle. Su primer encuentro profesional fue nada menos que ante Boca Juniors, que sería el primer campeón del fútbol argentino en ese 1931. Cero a cero y Boca con Mena; Bidoglio y Mutis; Moreyras, Fleitas Solich y Pedemonte; Tarascone, Varallo, Vargas, Cherro y Alberino. Chacarita, con Alterio (tío del actor, Héctor); Cichino y De Vicente; Duchini, Gil y Brizuela; Cruz, Seijas, Stagnaro, Stochetti y Gómez. Su primer gol en la era profesional lo marcó en 1933 al arquero Spadazzi, de Lanús, en un 4 a 2 a favor.
Jugó en Chacarita hasta su retiro, en 1938. Su último partido fue ante Platense en octubre del 38, después de fracturarse tres costillas. Luego se inició su carrera como entrenador, con su debut en Chacarita al año siguiente y desde 1943 dirigió las inferiores de River Plate, San Lorenzo y Racing.
En 1954 fue designado como entrenador de las divisiones juveniles de la selección nacional, con las que obtuvo un Preolímpico (1964) y ganó dos Juegos Panamericanos (1955 y 1959). Conservó dicho cargo por veinte años, hasta 1974.
Ese año fue designado asesor de las divisiones juveniles de la selección, cargo que conservó hasta 1994. Colaboró con César Luis Menotti en la formación de los equipos que ganaron el Torneo Esperanzas de Toulón de 75 y el Mundial Juvenil de Japón 79. En una nota conjunta con Francisco Varallo, Pancho decía de Duchini: “No le pegaba a nadie. Jugaba demasiado bien al fútbol, como para preocuparse en golpear. Daba gusto verlo en la cancha con esa elegancia y esa pinta bárbara”.
Cuando le preguntaban a Duchini cuántos jugadores había descubierto, él no se adjudicaba pergaminos: “Nadie, absolutamente nadie, puede acreditarse el descubrimiento de un jugador. Los que tienen talento nacen y andan por ahí. Lo que pasa es que muchas veces uno los ve o se lo marcan y lo único que hace es ficharlo para su club. Otras es producto de la casualidad. Puedo citar tres que llegaron a ser figuras importantes en el fútbol argentino a los que vi de manera casual”. Esos tres jugadores eran Perfumo, Más y García Cambón. Cuando hablaba de su pasión, de las divisiones inferiores, Duchini destacaba: “Tenemos algo que es fundamental: material humano y me interesa insistir en un aspecto: en nuestro país para que sigan surgiendo jugadores lo único que necesita un club son 50 pelotas, camisetas, pantalones, medias y zapatillas”, según reza un reportaje de Clarín de 19 años atrás. Un par de anécdotas contadas a la revista “Un Caño”: “Nunca fumé. Lo que sí salía los domingos, después de los partidos, a los bares nocturnos, a los cabarets, vivíamos la noche. Íbamos al Chantecler, al Tabarís. Iban muchos jugadores”.
“Una vez, en cancha de Quilmes, jugaban las inferiores de San Lorenzo y yo estaba mirando el partido. Vino una señora que se puso a hablar conmigo y resulta que era la madre de Ramón Heredia. Me preguntó si tenía porvenir, qué podía esperar del hijo. Entonces le dije: ‘Señora, quédese tranquila, este chico le va a comprar una casa dentro de poco’. Pasó un tiempo y fui a la AFA y estaba la mamá para decirme que el hijo le había comprado la casa. Fue a agradecerme”.
Recordando al maestro Ernesto Duchini. El que los descubrió a casi todos, según la leyenda porteña. Esa imagen paternal cuando técnico y, dicen, un pintón cuando jugador. “Fui muy mujeriego. Porque era un tipo muy bien vestido. Tanto es así que en una oportunidad Ante Garmaz dijo en una radio que yo era uno de los tipos mejor vestidos. Me compraba unos trajes que me hacía un sastre, Pérez, en el centro. Eran varios los que me elogiaban. Sí, era un tipo pintón. Ganaba mujeres con el fútbol”, se vanagloriaba.
Y se ganó el respeto de todos, dentro y fuera de la cancha.
Osvaldo Alfredo Wehbe
Los “buscadores de talentos” han estado siempre. Parados al costado del potrero, sin que alguien supiera quiénes eran. Mirando y arrimándose luego a un chico para preguntarle si quería ir a probarse a un club determinado. La desconfianza de los padres, el ruego del pibe y, así, el captador de jugadores le abría las puertas de un club a un futuro crack o no tanto. Casi siempre se fusionaban las figuras del que encontraba y el que los entrenaba desde pibes. Localmente, los nombres son muchos. Marcial, don Delio, el Enchufe y sigue la lista. Hoy en las escuelitas, con mayor contención, control médico y estructuras diferentes. Eso, en todo el mundo. En Argentina, con las características propias de cada pueblo o ciudad. Y no sólo en los alrededores de una canchita de barrio, sino también viajando hasta un pueblo para ver a uno que dicen es “un tapado”.
Si hay un nombre en Argentina al que se puede asociar con juveniles, con inferiores, con “descubrimientos”, es el de Ernesto Duchini. El maestro nació el 10 de noviembre de 1910 y falleció en Buenos Aires en marzo del 2006 a los 95 años.
La crónica de su vida deportiva dice que nació en Barrio Norte pero a los ocho años se mudó al barrio de Chacarita. A los doce comenzó a jugar en las inferiores de Pequeño Alumni. Se desempeñaba como defensor (lateral derecho) y a los quince llegó a Chacarita Juniors, club en el que debutó en Primera en 1929 en el amateurismo, cuando le tocó marcar a Carlos Peucelle. Eran tiempos del amateurismo, ese que se pretende mezclar con el profesionalismo, cuando en realidad son cosas diferentes. No hay que negar la era amateur, pero tampoco sumar lo ocurrido en irregulares torneos con los tiempos profesionales desde 1931 en adelante. Duchini jugó hasta su retiro, en 1938, 177 partidos y marcó 5 goles entre el amateurismo y el profesionalismo. El debut fue en un encuentro del 1° de septiembre de 1929. Chacarita ante Sportivo Buenos Aires por la 4ta fecha de la Asociación Amateur Argentina de Football. Chaca formó con Alterio; Castellucci y Cichino; Duchini, Gil y Larnicoco; Ángel Fernández, Renato Cesarini, Stagnaro, Gaslini y Gómez. Empataron uno a uno: Gaslini, para el Funebrero y Apólito, para Sportivo Buenos Aires, en el que jugaba Peucelle. Su primer encuentro profesional fue nada menos que ante Boca Juniors, que sería el primer campeón del fútbol argentino en ese 1931. Cero a cero y Boca con Mena; Bidoglio y Mutis; Moreyras, Fleitas Solich y Pedemonte; Tarascone, Varallo, Vargas, Cherro y Alberino. Chacarita, con Alterio (tío del actor, Héctor); Cichino y De Vicente; Duchini, Gil y Brizuela; Cruz, Seijas, Stagnaro, Stochetti y Gómez. Su primer gol en la era profesional lo marcó en 1933 al arquero Spadazzi, de Lanús, en un 4 a 2 a favor.
Jugó en Chacarita hasta su retiro, en 1938. Su último partido fue ante Platense en octubre del 38, después de fracturarse tres costillas. Luego se inició su carrera como entrenador, con su debut en Chacarita al año siguiente y desde 1943 dirigió las inferiores de River Plate, San Lorenzo y Racing.
En 1954 fue designado como entrenador de las divisiones juveniles de la selección nacional, con las que obtuvo un Preolímpico (1964) y ganó dos Juegos Panamericanos (1955 y 1959). Conservó dicho cargo por veinte años, hasta 1974.
Ese año fue designado asesor de las divisiones juveniles de la selección, cargo que conservó hasta 1994. Colaboró con César Luis Menotti en la formación de los equipos que ganaron el Torneo Esperanzas de Toulón de 75 y el Mundial Juvenil de Japón 79. En una nota conjunta con Francisco Varallo, Pancho decía de Duchini: “No le pegaba a nadie. Jugaba demasiado bien al fútbol, como para preocuparse en golpear. Daba gusto verlo en la cancha con esa elegancia y esa pinta bárbara”.
Cuando le preguntaban a Duchini cuántos jugadores había descubierto, él no se adjudicaba pergaminos: “Nadie, absolutamente nadie, puede acreditarse el descubrimiento de un jugador. Los que tienen talento nacen y andan por ahí. Lo que pasa es que muchas veces uno los ve o se lo marcan y lo único que hace es ficharlo para su club. Otras es producto de la casualidad. Puedo citar tres que llegaron a ser figuras importantes en el fútbol argentino a los que vi de manera casual”. Esos tres jugadores eran Perfumo, Más y García Cambón. Cuando hablaba de su pasión, de las divisiones inferiores, Duchini destacaba: “Tenemos algo que es fundamental: material humano y me interesa insistir en un aspecto: en nuestro país para que sigan surgiendo jugadores lo único que necesita un club son 50 pelotas, camisetas, pantalones, medias y zapatillas”, según reza un reportaje de Clarín de 19 años atrás. Un par de anécdotas contadas a la revista “Un Caño”: “Nunca fumé. Lo que sí salía los domingos, después de los partidos, a los bares nocturnos, a los cabarets, vivíamos la noche. Íbamos al Chantecler, al Tabarís. Iban muchos jugadores”.
“Una vez, en cancha de Quilmes, jugaban las inferiores de San Lorenzo y yo estaba mirando el partido. Vino una señora que se puso a hablar conmigo y resulta que era la madre de Ramón Heredia. Me preguntó si tenía porvenir, qué podía esperar del hijo. Entonces le dije: ‘Señora, quédese tranquila, este chico le va a comprar una casa dentro de poco’. Pasó un tiempo y fui a la AFA y estaba la mamá para decirme que el hijo le había comprado la casa. Fue a agradecerme”.
Recordando al maestro Ernesto Duchini. El que los descubrió a casi todos, según la leyenda porteña. Esa imagen paternal cuando técnico y, dicen, un pintón cuando jugador. “Fui muy mujeriego. Porque era un tipo muy bien vestido. Tanto es así que en una oportunidad Ante Garmaz dijo en una radio que yo era uno de los tipos mejor vestidos. Me compraba unos trajes que me hacía un sastre, Pérez, en el centro. Eran varios los que me elogiaban. Sí, era un tipo pintón. Ganaba mujeres con el fútbol”, se vanagloriaba.
Y se ganó el respeto de todos, dentro y fuera de la cancha.
Osvaldo Alfredo Wehbe