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El clásico, orgullo de Córdoba

La decisión de Talleres de vender populares para su rival tuvo como resultado un lindo espectáculo, que últimamente dejamos de registrar por aquello de tirar la basura bajo la alfombra y darles por ganado el partido a los malos que supimos conseguir. Duelo de hinchadas cantando, alentando, sufriendo y disfrutando

Lo percibo desde siempre. Córdoba se enorgullece de poner en escena un clásico entre Belgrano y Talleres con una multitud en el Kempes y las dos hinchadas presentes. La Vieja Docta, aquella ciudad "rebelde" para pelear por derechos quitados al pueblo. Esa, capaz de salir a las calles a manifestarse por la educación y el trabajo digno, siempre tuvo la posibilidad, aun en Barrio Jardín, Alberdi o Alta Córdoba, de presenciar partidos épicos o no tanto, entre divisas de la misma ciudad, sin demasiados inconvenientes, más allá de escaramuzas o hechos aislados del grueso de los espectadores en una cancha.

El domingo, en el Kempes, la decisión de Talleres de vender populares para su rival tuvo como resultado un lindo espectáculo, que últimamente dejamos de registrar por aquello de tirar la basura bajo la alfombra y darles por ganado el partido a los malos que supimos conseguir.

Duelo de hinchadas cantando, alentando, sufriendo y disfrutando.

Una ráfaga albiazul entre el final de un feo primer tiempo y los primeros cinco del segundo puso a los tallarines tres a cero arriba, marcador que no se modificó y que dejó algunas cosas para comentar, pensando en la actuación de los equipos de nuestra capital en la Superliga.

Era difícil entrarle al encuentro en la previa. Era sencillo decir lo mal que llegaban y no tan fácil acotar lo bueno que tenían.

Talleres, de la mano de Kudelka, produjo una gran campaña en la temporada anterior, clasificando para la Libertadores en la última fecha, pero dejando la sensación de haber sido a lo largo del campeonato uno de los conjuntos que mejor fútbol practicaron.

La sangría y las partidas de varios jugadores hicieron mella en su estructura, y el cambio de técnico se nota en la idea, ni mejor ni peor, pero distinta.

Sigue la T teniendo como banderas a dos jugadores de por acá: el Cholo Guiñazú en sus últimas imágenes de jugador (sin que se note) y Guido Herrera, uno de los mejores porteros de la Argentina, cuestión que, por si hacía falta, se corrobora con la convocatoria a la selección que le llegó a la salida del clásico, para suplantar al "lesionado" Armani.

Las sucesivas ventas o salidas de jugadores importantes de mitad de cancha hacia adelante mermaron el poder de fuego albiazul. Sin Menéndez y Reynoso desde una temporada atrás, quedarse sin Rojas, el Chelo Torres, Santiago Silva y Pisano, para este torneo, no es poco. Se puede sumar la venta de Olaza a Boca, un jugador importante con pelota parada y como salida habitual en el conjunto de Kudelka. Llegaron pibes. En esta relación especial entre Boca y la T, los arribos de Maroni, Pochettino, Soñora y Cubas, entre otros, no lograrán sintonía y coherencia en 6 o 7 fechas.

Y no llegó un goleador. De todas las "pérdidas" creo que la de Silva (no arregló su continuidad) es la que se siente más.  Junior Arias queda muy perdido arriba. Sin embargo, en el clásico, algunas soluciones se vislumbraron.

A esa falta de punch en el área rival, la T le va metiendo chicos que fueron campeones en reserva y que le darán satisfacciones si el "mercado de pases" lo permite.

Ya se vio a Nahuel Bustos, lo conocemos a Mauro Ortiz y está el chico Mauro Valiente, quien, junto a Cristian Ojeda, son todos patrimonio del club y promesas cercanas a dar el salto final.

Se sabe que Talleres forma parte de un grupo deportivo-comercial y los jugadores pueden irse ante una gran oferta. Pero si algo le dejó el partido ante Belgrano fue saber que hay con qué.

Gran partido de Pochettino y Juan Ramírez. Los goles de Bustos. La personalidad de Guiñazú y Herrera. Bastaron unos momentos para golear a este pálido Belgrano.

Un Pirata que de a ratos pareciera tener las dos patas de palo y los dos ojos con parche. Hay ganas de ser un conjunto compacto, duro, peleador, pero mientras transcurren los partidos, uno analiza que la B puede jugar tres horas que no convertirá. Esto es: en esta Superliga, tanto Matadores como Celestes comparten la falta de gol, pero los de Vojvoda tienden a encontrar en la pibada las soluciones que Bernardi no ha podido hallar.

Matías Suárez hace de vez en cuando un golazo. Pero es él, sin gestor de jugadas previas o es él, asistiendo para ningún otro. Para usar términos antiguos, Belgrano no tiene diez o no tiene nueve. Y así no es fácil molestar a los rivales.

No hubo diferencias siderales entre uno y otro. Los minutos de gloria de Talleres fueron el calvario de Belgrano. Mal primer tiempo y cotejo definido a los 4 minutos del segundo.

La carga de los piratas es difícil de llevar. Están (si bien falta muchísimo) en una posición incómoda en los promedios. Y la pregunta de los hinchas, más allá de la derrota del domingo, es: "¿Y ahora qué hacemos?".

Talleres no tira manteca al techo, pero insisto, con el trampolín del domingo da la sensación de poder encarar la transición, post Kudelka, de buena manera. Con paciencia, por cierto.

Córdoba se enorgullece de poder jugar su clásico con las dos hinchadas desde que me acuerde. Con la relativa paz que hay en una cancha cuando los rivales se miran de reojo desde toda la vida.

En eso estamos por encima de otras plazas, en las que para jugar un partido "chivo", lisa y llanamente se prohíbe la participación de una de las partes.

Festejo albiazul. Tristeza celeste. Clásico puesto a la vista de quien quiera mirar. Con la gente cantándose cara a cara, de tribuna a tribuna, en victoria o derrota. Algo inusual en estos tiempos.

Un acierto de Córdoba. Una ciudad que ya no se rebela por aquellas viejas banderas sociales. Ha quedado muy lejos de eso.

Pero a través del fútbol soltó una lección al resto. Todavía hay esperanzas de ver el fútbol con tu amigo, hincha de los otros, en la tribuna de enfrente.



Osvaldo Alfredo Wehbe