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El exquisito Ramos Delgado

El Negro fue uno de los marcadores centrales  de mayor calidad que pisó las canchas del fútbol sudamericano y mundial
 
A José Manuel Ramos Delgado lo conocí a fines de los setenta, cuando yo empezaba a laburar en esto. Llegó a Córdoba para dirigir a Belgrano y cubriendo partidos para el grupo periodístico de los hermanos Acosta (corresponsalía Radio Rivadavia entre otros medios); lo tuve cara a cara, en tiempos de poco periodismo, por lo que luego de un entrenamiento o partido, apenas un grupo de colegas, arrimábamos los grabadores a los protagonistas.

Cómo en casa, siempre; se hablaba de Ramos Delgado como de un lujoso central, que descolló en Lanús, River y en el Santos de Pelé, a mis veintidós años, era como una figurita que se había escapado del álbum y se aparecía en el Gigante de Alberdi o en el Hotel Crillón, en donde tomaba café con quién pasara por allí.

Nacido el 26 de agosto de 1935 en Quilmes, hijo de un padre caboverdiano (oriundo de São Vicente), Ramos Delgado se inició en las divisiones inferiores de Quilmes, desde donde emigró, en 1956, a Lanús.

Jugó allí, y en River Plate, Banfield, y ya en Brasil, militó en el Santos y Portuguesa Santista. Se murió el 3 de diciembre del 2010 a los 75 años.

Cuando lo conocí personalmente no había llegado a los 50 años y era tan locuaz y entretenido, con un físico privilegiado y con la piel morena, que a uno le parecía estar cerca de un crack brasileño. Y algo de eso hubo, en su juego.

Participó en los planteles de los mundiales del 58 en Suecia y del 62 en Chile. No jugó el del 66 por una lesión a pocos días de viajar el equipo de Lorenzo hacia Londres.

Fue el capitán de la Selección que ganó la Copa de las Naciones de 1964 en Brasil.

Dirigió en Córdoba a Belgrano y Talleres. A Córdoba, como jugador del Santos, llegó el 18 de enero de 1970, cuando los brasileños se presentaron en Barrio Jardín en un amistoso ante Talleres (triunfo del Santos 2-0). Fue su última visita como jugador.

Años más tarde, ya retirado, volvió al país para hacerse cargo de la dirección técnica de Belgrano en reemplazo de Hipólito Arraigada, haciendo su debut como DT el 3 de septiembre de 1978 ante Juniors por la décima fecha del Clausura de la Liga Cordobesa (empate 1-1). Puso a los celestes en las instancias decisivas del torneo, pero chocó contra Talleres en semifinales cayendo tres a uno.

Dirigió a varios equipos entre el 79 y el 93. Su último equipo fue Talleres, en el Nacional B 1993-94, con el que realizó una buena campaña (8 triunfos, 9 empates y 2 derrotas) antes de dejarle el cargo a Daniel Willington, que fue quien condujo el equipo en la segunda mitad de la temporada y alcanzó el ascenso.

Los inicios de Ramos Delgado en primera no pudieron tener mejor escenografía: el Lanús del 56. El de los “globetrotters”. Debutó en la cuarta fecha ante Estudiantes, triunfo “granate” de local, uno a cero, gol de Gil. Era el 6 de mayo del 56, tenía 20 años. Su debut lo hizo con Álvarez Vega; Prato y Beltrán; Daponte, García y Ramos Delgado; Fernández, Gil, Cejas, Lugo y Moyano. Jugó hasta el 58, 51 partidos.

Sus tiempos de Lanús fueron de un aprendizaje acelerado. "Cada partido al lado de Nazionale representaba una lección que no habría de olvidar. Una síntesis del buen jugador y del maestro. Fue un honor para mí reemplazarlo cuando se lesionó. El Lanús de ese entonces, que se clasificó subcampeón, permitía todo. Al decir todo quiero señalar esto: jugar al fútbol y divertirnos. Porque el fútbol, a pesar de ser una actividad profesional, debe tener mucho de entretenimiento, de placer. Y en Lanús aquella comunidad lo facilitaba. Yo fui en ese equipo el comodín", declaró en algún momento.

Ramos Delgado fue cuatro veces tapa de El Gráfico. Una con Lanús y tres con River. Tiempos en los que no salía cualquiera en la tapa de esa revista emblemática.

Cuando volvió del Mundial de Suecia (integró plantel pero no jugó) fue transferido a River en 800 mil pesos, quedando inactivo media temporada del 58. En el millonario debutó en un amistoso contra el Norkoping de Suecia y oficialmente lo hizo el 28 de mayo de 1959 contra Independiente en Avellaneda, derrota de River, uno a cero, gol de Carbone para los “diablos”. Su primer River fue Ovejero; Vairo y Nuin; Giaimo, Ramos Delgado y Urriolabeitia; Ciaccia, Menéndez, Rodríguez, Labruna y Zárate. Jugaría hasta el 65, 172 partidos. Eran los primeros años, de los 18, que River estaría sin campeonar.

En el 66 pasa a Banfield. Ya tenía 30 años. Juega allí hasta el año siguiente, un total de 57 cotejos. Debuta en la segunda fecha del torneo 66 ante Platense, cero a cero. El Taladro con Righi; Llanos y Nelson López; Vázquez, Villano y Ramos Delgado; Maidana, Areán, Raffo, Sanfilippo y Zárate. En total jugó en AFA (primera división), 280 partidos. El Santos lo mira con ganas y se lo lleva a mediados del 67, jugando 324 partidos allí, con jugadores ilustres como Pelé (padrino de una de sus tres hijas), Gilmar, Zito, Clodoaldo, Carlos Alberto, Melgalvio, Lima, Agustín Cejas y Coutinho, entre otros.

Con el Santos fue campeón paulista en cuatro ocasiones, 1967, 1968, 1969 y 1973.Jugó el partido contra el Vasco da Gama en el cual Pelé marcó su gol número 1000. Su último club fue el también brasileño Portuguesa Santista, donde militó durante 1973 y 1974, año de su retiro, con casi 40 años. Al Santos volvería en los noventa como manager. Fue también en sus últimos tiempos, comentarista de radio en Quilmes.

En la Selección jugó 25 partidos entre el 58 y el 65. Debutó el 26 de abril del 58 en cancha de Racing, dos a cero a Paraguay, goles de Prado y Corbatta, reemplazando a Varacka sobre el final del match. En el mundial 62, de Chile, fue titular en el empate 0 a 0 ante Hungría, en Rancagua. Rogelio Domínguez; Ramos Delgado y Marzolini; Saínz, Cap y Sacchi; Facundo, Pando, Pagani, Oleniak y Gonzalito; el equipo del Toto Lorenzo ese día. Lo más fuerte seguramente para el “Negro” Ramos Delgado habrá sido ser capitán del combinado campeón de la Copa de las Naciones del 64 en Brasil.

Padre de tres hijas y muy amigo de sus amigos, José Manuel Ramos Delgado dejó una huella grande en las canchas y en la vida.

Fue lindo haber estado en charlas con él. “¿Cómo anda Osvaldo?”, me decía. Y me parecía que era la figurita del álbum, que se desprendió, para que tomemos un café con él.