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El maestro Adolfo

El Napoleón del Fútbol, como tituló un diario de la época, fue un ejemplo adentro y afuera de la cancha

Adolfo Pedernera fue un referente para muchos jugadores

 

No es fácil escribir sobre Adolfo, el maestro. Si bien lo disfruté de cerca en el Talleres de mediados de los setenta, mi acercamiento a él es por lo que cuentan, lo que dicen, los que aprendieron a su lado, los que lo disfrutaron en una mesa de café o en la cancha.

Adolfo Pedernera nació el 15 de Noviembre de 1918 y murió a los 76 años el 12 de mayo del 95.

Se puso una casaca de primera a los 16 años, en Julio del 35 en la vieja cancha de River, de Alvear y Tagle. Por la fecha 17 del torneo, River empató uno a uno con Ferro con goles de Ferreyra para el millo y Emeal para el verde. Los de Núñez fueron Bossio; Juarez y Besos; Santamaría, Minella y Wergifker, Deambrosi, Lago, Ferreyra, Peucelle y Pedernera.

Adolfo admiraba de pibe, a Pedro Ochoa, el de Racing, amigo de Gardel y el primer club de Pedernera fue Huracán, aunque no jugó oficialmente. Comenzaba a gestarse allá por el 35 una de las leyendas de nuestro fútbol: la de Adolfo Pedernera. En 1936 se hizo titular como puntero izquierdo en ala con el Charro Moreno. En la sexta fecha del campeonato del 36 (Copa de Honor) se junta por primera vez con el mítico Charro.

La gente comienza a compararlo con el Chueco García, el portentoso puntero izquierdo de la Academia. Al poco tiempo, firma su primer contrato profesional con una prima anual de $2500 que en un año aumenta al doble.

Al año siguiente es llamado a la Selección y es suplente en un partido contra Brasil por la Copa Roca. Su debut con la Nacional, se produce en Febrero del 40 ante Paraguay. Argentina gana tres a uno en cancha de Independiente y el mete el segundo gol. Los técnicos eran Stábile y Calocero y la mayor parte de los jugadores de ese día debutaban en el combinado. Argentina fue con Heredia (Ñuls); Montañés (Gimnasia) y Díaz (Rosario Central); Blotto (Estudiantes), Leguizamón (Indepte) y Colombo (San Lorenzo); Maril (Indepte), Gómez (Estudiantes), Laferrara (Estudiantes), Ballesteros (San Lorenzo) y Pedernera (River). Entraron Tittonel (Huracán) y Marvezzi (Tigre). Los otros goles los marcaron Ballesteros y Leguizamón, ante 25 mil personas. Pedernera jugó 21 partidos en la selección anotando 7 veces.

En la décima fecha del torneo de AFA, del 41, juega de centrodelantero en River. Su historia daba un vuelco. Medía 1,70, pesaba 70 kilos, fuerte estructura ósea y muscular. Era el delantero de los cinco puestos. La variante que Peucelle le había dado al sitio de Pedernera en cancha no tuvo éxito inmediato. Recién en la rueda siguiente, el 21 de Septiembre, ante Independiente jugaron todos y River formó la delantera de todos los tiempos: “La Máquina” con Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Deambrosi. Tres goles de Adolfo y uno de Muñoz. Cuatro a cero a un gran rival que tenía en el arco a Fernando Bello. En Junio del 42 se acopló a la punta izquierda Felix Loustau y con él de 11 jugaron por primera vez ante Platense ganando uno a cero, gol del Charro Moreno.

Cuando Pedernera se despidió de River; el 17 de Noviembre de 1946, después de 287 partidos y 131 goles; “La Máquina” jugó su último partido. Fue dos a dos ante Huracán en cancha de San Lorenzo, goles de Labruna para el “Millo” y Simes y Unzué para el Globo.

Su fuerte carácter lo había enfrentado con la dirigencia y como surgía Di Stéfano; River lo transfirió a Atlanta en 140 mil pesos. El “bohemio” quiso armar un gran equipo con Vicente Zito, Gandulla, Deambrosi y Pedernera y sin embargo se fue al descenso.

Parecía transitar el ocaso, más aún cuando pasa a Huracán y apenas mete dos goles en 17 cotejos. Pero la recuperación llega pasados los 30 años cuando viaja a Colombia, sin pase oficial junto a otros jugadores, lo que genera una crisis en el fútbol nacional.

Cuatro veces campeón colombiano junto a Di Stéfano, Báez, Pipo Rossi y el zaguero uruguayo Santamaría. En 1954 vuelve a la Argentina. Una amnistía se lo permite y juega sus últimos tres partidos en Huracán. Aparecía el técnico.

Su primer buzo de coach fue el de Nacional de Montevideo y comienza la lista de conjuntos que de la mano de Adolfo se distinguieron del resto: Gimnasia, Huracán, Independiente y América de Cali. Allí su “chapa” hizo que a los 42 años y a pedido de la gente debiera jugar un partido. Dirigió a Colombia en el mundial 62 de Chile, después de clasificarlo y jugando en la Copa del Mundo un partido épico ante Unión Soviética, empatando 4 a 4, el 30 de mayo en Arica. A la vuelta se puso al frente del gran Gimnasia del 62. Minoian; Galeano y Marinovich; Davoine, Daniel Bayo y Lejona; Ciaccia, Héctor Antonio o Eliseo Prado, Alfredo Rojas, Diego Bayo y Gómez Sánchez, era el equipo base del “Lobo” que peleó el torneo mano a mano con Boca y River.

Desde 1963 fue director general del fútbol de Boca y condujo al equipo.

Un accidente del cual milagrosamente salvó su vida lo alejó un tiempo de la actividad.

En el 68 regresa con Quilmes, otra vez Independiente, la selección de la frustrante eliminatoria a México 70, y las grandes campañas de los setenta con Banfield y Talleres de Córdoba. Con la “T” llegó a instancias decisivas, clasificando al octogonal final del Nacional, el 30 de noviembre del 75 goleando a un buen Atlanta en Villa Crespo con 15 mil cordobeses en las tribunas: Osvaldo Salas; Miguel Oviedo, Luis Galván, Fernando Ludueña y Ocaño; Muggione, Luis Ludueña y José Valencia; Bocanelli, Fachetti y Alderete. Entraron Willington y Avellaneda y los goles los marcaron, dos Fachetti y uno “el Daniel”. Al año siguiente realizó un campañón dirigiendo a Banfield con un recordado triunfo ante River en el Monumental tres a uno. En ese “Taladro” la rompió el Flaco Héctor Pitarch.

Como jugador ganó seis campeonatos oficiales con River y cuatro con Millonarios de Bogotá, más tres Copas América con la Selección Argentina.

Casado con Perla, hijo de Arsenio y Rosa; hermano de Raúl, Felisa y Araceli. Padre de Adolfo y Alfredo. Un maestro de la vida y del fútbol.

Adolfo Pedernera. Sentado con La Máquina en un costado de una canchita celestial aguardando para romper redes rivales. Los ángeles lo miran, lo escuchan, se admiran y aprenden. Como todos los que por aquí se ilustraron del gran Adolfo: el Napoleón del fútbol, como tituló un diario de la época, en la que era un gusto verlo jugar.