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El “Nascimento” de Edson Arantes

El 23 de octubre de 1940 Pelé vino al mundo para ser uno de los nombres propios del fútbol

Si a nivel mundial se hiciese una encuesta para nombrar referentes de las décadas y nos situáramos en los sesenta, las respuestas girarían en torno a Los Beatles, el movimiento hippie, el Mayo Francés, el asesinato de los Kennedy, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Richard Burton, Alain Delon, Cassius Clay; y, por aquí, las peleas de Locche  o Accavallo, el Mundial del 66 y la expulsión de Rattín, el “Cordobazo”, Racing y Estudiantes de La Plata campeones del mundo, los choques entre Independiente y el Inter de Italia, entre tantos hechos y personajes. Una década intensa, digamos. Momentos y personajes fuertes, duraderos, emblemáticos, que aún hoy conmueven.

Cuando todo eso ocurría, cuando el hombre pisaba la Luna y Los Gatos cantaban La Balsa, en todos los rincones del mundo, dos sílabas definían al fútbol. Fútbol se decía Pelé. Pico máximo. Cumbre. Diez en juego. Pelé representaba lo intocable, lo inaccesible. De a poco la televisión iba ganando su lugar y entonces, Edson Arantes Do Nascimento se iba haciendo de carne y hueso para los ojos asombrados de los futboleros, que por estos lados lo habían visto muy pocas veces.

Pelé, Brasil, el Santos, una tripleta que hasta el advenimiento de Diego Maradona no tenía parangón.

Por ahí, veíamos imágenes en los noticieros del cine. Esas paradas de pecho, esos sombreros al rival para darle antes que la pelota vuelva al piso, los saltos que lo dejaban suspendido en el aire colocando la cabeza y el balón a un rincón, bien lejano del arquero. 

Pelé en la semana de su cumpleaños. Nació un 23 de octubre de 1940 en Três Coraçöes, Mina Gerais, en el marco de un hogar modesto, luego trasladado a Beurú, una ciudad del interior paulista. Su madre puso todo su empeño para que el niño Edson estudiase. “Dico”, para sus familiares; “Gasolina”, para sus compañeros en la estación de servicio donde fue dependiente. El seudónimo que quedó para toda la vida surgió por los dichos de mamá Celeste, quiéEn, sin mayor acierto, repetía que el niño iba a ser un Pelé (algo así como un Don Nadie) si no estudiaba y se dedicaba al fútbol.

Desde 1956 a 1974 jugó en el Santos. Su debut oficial con el equipo blanco fue ante el Cubatão el 7 de septiembre de 1956, sin haber cumplido los 16 años y anotando un gol. Pronto Pelé logró sus primeras conquistas al conseguir durante este período el Torneo Paulista (edición 56, siendo goleador de su equipo) y el Torneo Río-São Paulo (edición 57). Pelé era muy conocido en el ambiente paulista, pero aún no lo era a nivel nacional. Esto cambió después de un torneo realizado en el Estadio Maracaná, cuando se organizó un campeonato entre varios equipos brasileños y algunos europeos. En el partido del debut ante el Os Belenenses de Portugal, convirtió 3 goles. Jugó también ante Dynamo de Yugoslavia, Flamengo y São Paulo, anotando un gol en cada partido. Con tal actuación logró que Vicente Feola, el entrenador de Brasil, se fijara en él y lo convocara a la selección, a menos de un año de haber debutado como profesional. Junto a Zito, Vavá, Garrincha, Didí y Nilton Santos, entre otros, ganó el Mundial de Suecia en el 58, y, se sabe, su pináculo fue México 70, junto a Gerson, Tostao, Jairzinho, Rivelinho y compañía. Había ganado también el Mundial de Chile 62, sólo que en el país trasandino, la figura de Brasil fue Garrincha. En mundiales, jugó 14 partidos y metió 12 goles. En la Selección, marcó en total 95 veces y en clubes (Santos y Cosmos de Nueva York) 1.151 tantos. ¡Una locura! Con el Santos ganó 11 títulos, uno con el Cosmos y tres con la selección.

Viajó por el mundo con el Santos y fue recibido con todos los honores, por presidentes, papas y reyes, por actores y empresarios. Su llegada era la de un rey. El rey Pelé.

Con Argentina, su relación futbolera fue intensa. Como rival, claro. Su debut en la selección fue ante Argentina, el 7 de julio de 1957, con 16 años por la Copa Roca. Ganamos dos a uno y el gol brasileño lo marcó él. El arquero era Amadeo Carrizo.

Se recuerda su gol a Boca Juniors en la final de la Libertadores del 63, en la Bombonera, y aquel gran partido del 61 frente a Racing, cuando el Santos ganó 4 a 2 y él le hizo dos a Negri. Jugó en Buenos Aires, Rosario, La Plata, Avellaneda, Mendoza, Córdoba, Mar del Plata, Resistencia, Tucumán y ganó casi siempre. Aquí se fue derrotado, jugando para el Santos, frente a Colón en Santa Fe en el 64 y en aquella goleada en contra ante Independiente, 5 a 1, en cancha del Diablo, el mismo año. También River lo venció, en el 62, 2 a 1, goles de Ermindo Onega y Pando.

Quedó para la historia el cabezazo que le aplicó a Mesiano en el Pacaembú, en la Copa de las Naciones de 1964 y se hizo leyenda su “arrugue”, cuando Rattín le dijo a Telch, reemplazante de Mesiano: “Andá adelante, pibe, que del Negro me encargo yo”.

Si hasta fue argentino (el Gato Andrada) el arquero de su gol número mil. Lo convirtió de penal en noviembre del 69. Andrada atajaba para el Vasco Da Gama.

Y así es con Pelé. Una admiración enorme recorre su figura de futbolista. Un estilista supremo. Un gamo, llevando la pelota. Una sutileza permanente en la definición. Una época distinta. Casi un deporte diferente.

Pocos presumían que a mediados de los setenta aparecería un “heredero” del trono capaz de eclipsar a tamaño genio del balompié.

Nuestro Diego se puso la corona. Y hasta hoy son uno o el otro en la discusión del bar o la esquina. Con otros alrededor, como el mismo Messi, por estos tiempos.

Saludamos a Pelé en su cumpleaños. Hasta fines de los setenta, el 23 de octubre era algo así como la Navidad del fútbol. Con el paso del tiempo y para muchos, la festividad se trasladó al 30. Y el pesebre se mudó de Mina Gerais a Villa Fiorito.



Osvaldo Alfredo Wehbe