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Escritor de plumas negras

El 29 de enero de 1997 se fue escaleras arriba, a un cielo de pasiones, el magnífico Osvaldo Soriano.
 
Pasó hace mucho tiempo. El pibe vestido de azul y rojo, su cabellera rubia, el viento que cruzaba el estadio del Bajo Flores y la multitud que aplaudía, parte de ella sin saber por qué, otros sabiendo de qué se trataba.

El hijo de Osvaldo Soriano recibía el tributo de San Lorenzo hacia su padre.

El 29 de enero de 1997 se fue escaleras arriba, a un cielo de pasiones, el magnífico Osvaldo Soriano.

Sepa usted que no sería capaz, este pretendido periodista, de elaborar un análisis literario de la obra de Soriano ni de su perfil artístico, que sin duda fue excepcional.

Sí pretendo recordarlo como compañero inseparable del ciudadano común, del hombre trabajador, del hincha de fútbol, del lector raso y del más erudito.

Y eso, en una pluma como la de él,  no es poca cosa y mucho menos fácil.

Su agudeza para describir cada día nacional en su columna de Página 12, por ejemplo, era todo lo saludable que necesitamos sea un escriba.

Eso de no alejarse jamás de lo popular, narrando y sentenciando con buen gusto y llamativo entendimiento para aquellos que necesitamos banderas de donde asirnos cuando la indiferencia de los poderosos nos deja perplejos a diario.

Y cuando desde cualquiera de los sitios de decisión, la gente no recibe ni un cachito así de esperanza, una pluma como la de Soriano era un elixir capaz de sacudir el pesimismo y abrir las puertas para seguir peleando y soñando.

No tuve el gusto de conocerlo. Tuve el placer de leerlo casi todo.

Sé que en su aventura de vida detrás de su padre, empleado de Obras Sanitarias de la Nación, hasta vivió un tiempo en Río Cuarto. En realidad, durante su infancia y adolescencia vivió junto a sus padres en Mar del Plata, San Luis, Río Cuarto, Tandil y Cipolletti. A los diecinueve años se radicó en Tandil, donde viviría hasta los veintiséis.

Ese nomadismo de su niñez, dicen algunos críticos, fue decisivo para esa especie de "novela de carretera" repleta de perdedores extraviados que recorre casi toda su obra.

Llegó un momento cruel, tremendo, de exilio europeo, desde donde debió imaginar asados, amigos, bares, abrazos, besos y hasta el descenso y ascenso de su San Lorenzo querido.

Las fotografías del país, basadas en experiencias vividas y en expectativas futuras sospechadas de tristeza, fueron acumulándose sabiamente entre Triste, solitario y final, Cuarteles de Invierno, Una sombra ya pronto serás, A sus plantas rendido un león, No habrá más penas ni olvido, Artistas, locos y criminales o La hora sin sombra. Realmente,  una colección de textos populares.

Y su relación con el fútbol. Su fanatismo por el Ciclón. El recuerdo al equipo del 59 campeón, con Sanfilippo de goleador, de los Matadores del 68 y del bicampeón del 72.

Su sufrimiento por la partida hacia la "B" y la desaparición del Viejo Gasómetro de Avenida La Plata.

Junto con todo ello hay una pila de buenos cuentos sobre la redonda. Que emocionan sin límites, que nos meten en un mundo archiconocido para quienes jugamos y corremos detrás de un balón en cada rincón del país.

¡Había que tener la capacidad de Soriano para en tres o cuatro páginas contar una historia simple, un partido, o la vida de un referí con esa mezcla de nostalgia, emoción y tributo que hacen palpitar los corazones de los lectores!. "El penal más largo del mundo", "Gallardo Pérez, referí", son imprescindibles para quienes se arrimen a la relación literatura y fútbol. 

Así también los "Relatos épicos sobre un deporte que despierta pasiones", de su autoría. Allí el plato fuerte lo forman las memorias del Míster Peregrino Fernández, un entrenador carismático, que se considera el creador del fútbol espectáculo. Otros relatos, como el dedicado a Diego Armando Maradona que marcó con ayuda de "la mano de Dios" el gol contra Inglaterra que supuso la revancha de la guerra de las Malvinas; o los dedicados al inexistente Mundial de 1942, donde el árbitro, hijo de Butch Cassidy, anulaba goles a balazos, completan esta brillante recopilación.

Hay una carta que Soriano le escribió al gran Eduardo Galeano que vale la pena compartir con los lectores de Puntal: "Querido Eduardo: Te cuento que el otro día estuve en el Supermercado Carrefour, donde antes estaba la Cancha de San Lorenzo (El Viejo Gasómetro).  Fui con Jose Sanfilippo, el héroe de mi infancia, que fue goleador de San Lorenzo cuatro temporadas seguidas. Caminamos entre las góndolas, rodeados de cacerolas, quesos y ristras de chorizos. De pronto, mientras nos acercamos a las cajas, Sanfilippo abre los brazos y me dice: "Pensar que acá se la clavé de sobrepique a Roma, en aquel partido contra Boca". Se cruza delante de una gorda que arrastra un carrito lleno de latas, bifes y verduras y dice: "Fue el gol más rápido de la historia".

Concentrado, como esperando un córner, me cuenta: "Le dije al cinco, que debutaba: No bien empiece el partido me mandás un pelotazo al área. No te calentés que no te voy a hacer quedar mal". Yo era mayor y el chico, Capdevila se llamaba, se asustó. Pensó: a ver si no cumplo. Y ahí nomás Sanfilippo me señala la pila de frascos de mayonesa y grita: "¡Acá la puso!". La gente nos mira azorada. "La pelota me cayó atrás de los centrales, atropellé pero la pelota se me fue un poco hasta ahí, donde está el arroz, ve?". Me señala el estante de abajo, y de golpe corre como un conejo a pesar del traje azul y los zapatos lustrados. "La dejé picar y plum", tira el zurdazo. Todos nos damos vuelta para mirar hacia la caja, donde estaba el arco hace treinta y tantos  años, y a todos nos parece que se mete arriba, justo donde están las pilas de radio y las hojitas de afeitar. Sanfilippo levanta los brazos para festejar, los clientes y las cajeras se rompen las manos de tanto aplaudir. Casi me pongo a llorar. "El Nene» Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962 a Boca, nada más para que yo pudiera verlo". Osvaldo Soriano.

"Ser de San Lorenzo es un interminable sobresalto, una carga que se arrastra en la vida con tanto desconcierto y orgullo como la de ser argentino", dijo alguna vez.

Osvaldo Soriano era amante de los gatos. Siempre hubo un felino cerca en su vida, y atribuyó muchas de sus musas inspiradoras a esos animales.

La cuestión es que entre la vuelta al país y su muerte pasó muy poco tiempo. Veintitrés años pasaron sin Osvaldo Soriano, pero con él al lado siempre en forma de novela o cuento.

Rendimos pues, homenaje a su valentía, a su agudeza, a su inteligencia, a su calle, a su platea en el Gasómetro (viejo o nuevo), a sus broncas que por suerte no contuvo en sus escritos.

Miramos con curiosidad los viajes con su padre que por lo que leemos sirvieron de inspiración cotidiana y nos enternecemos por la compañía de su hijo que tendrá por siempre la aureola pacífica y honrosa de serlo.

Muchos nos sentimos seguros a las plantas de semejante escritor, sabemos que jamás estará en cuarteles de invierno, ni triste ni solitario, y una sombra ya nunca será.

Porque hay algo de pena, pero nada de olvido. 

Un abrazo, Soriano. Dichosos los ángeles que lo leen.



Osvaldo Alfredo Wehbe

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