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¡Maracanazo!

Hace 69 años, Uruguay le dio un golpazo a Brasil, uno tan duro que hasta hoy le sigue doliendo la herida
 
Fue un golpe fuerte. Teníamos casi doce años y estábamos en el final de la escuela primaria. La nuestra era una de barrio, bien de barrio. Y habíamos llegado a anotarnos en el intercolegial regional de ese año, casi sobre la hora.

No éramos virtuosos en cuanto a la organización, y dadas las carencias económicas de la mayoría de los alumnos, resultaba difícil comprar camisetas, conseguirle zapatillas a más de la mitad de la lista de jugadores y todo eso.

Sin embargo, el panadero de la otra cuadra del colegio, que nos quería mucho y entre otras cosas, hacía el pan árabe más rico que haya probado; dijo que él donaba las casacas. Ahí se armó un revuelo. Todo fue alegría. Se confeccionó la lista y la señorita de Ejercicios Físicos la llevó a la Municipalidad.

Leyó bien: “Señorita de Ejercicios Físicos”. No teníamos profesor, sino maestra de las actividades corporales. Un personaje la doñita. Por lo tanto, nuestra delegada sería una mujer (algo raro para la época), y sin demasiados conocimientos de fútbol.

El papá del “Chino” se ofreció a ser técnico. Y listo. Para adelante.

Cuando fuimos a la casa de deportes a retirar las camisetas, nos parecía mentira. Se nos ocurrieron las más lindas del mundo. Eran de San Lorenzo de Almagro, por elección del panadero donante. No se pudo objetar la decisión.

Pasamos la primera y segunda ronda sin dificultades. Teníamos un muy buen arquero y un diez que jugaba como Bochini. Los demás acompañábamos para ser once en la cancha. Y llegamos a la final.

Cuando el diario local anunció que en una cancha de un equipo de la Liga, en el centro de la ciudad, jugaríamos la primera final contra un colegio religioso de la zona, haciendo de locales, tocamos el cielo con las manos. Lo que no pusimos fueron los pies en la tierra. Empatamos cero a cero y el uno nuestro fue la figura.

La revancha sería el sábado siguiente en el complejo que ellos tenían en su pueblo. Un polideportivo que se vestiría de fiesta para la ocasión.

Llegamos en un colectivo medio destartalado que puso la Municipalidad.

El trayecto fue divertido. Con el “Turco” imitando a Los Iracundos y a los del Club del Clan, y todos cantando. Los padres que pudieron llegaron en la chata del panadero, que a esa altura era un “barra brava”.

Globos, banderas, música por los parlantes, niñas vestidas con el uniforme del colegio, todo verde y blanco y una cancha de puro césped, hermosa.

Hasta el árbitro de la Liga se había comprado ropa que parecía brillar. La radio había enviado a un periodista y lo mismo el diario.

Entraron a la cancha a pasarnos por arriba. Aguantamos. Seguimos aguantando. El petiso nuestro la puso bajo la suela y los enfriamos un poco. Cero iguales en el primer tiempo. En el segundo nos pareció que el referí tiraba para ellos, localista digamos. Se jugaban dos tiempos de 30 minutos. Más o menos a los 28 del segundo tiempo, el Bochini de nuestra escuela la tiró larga para el Lungo Cabral, este la recibió tres metros antes del área grande y le salieron dos guasos enormes para la edad. Nadie supo jamás cómo el Lungo los pasó por el medio y quedó cara a cara con el arquero. Y optó por meter un puntazo. Le pelota pegó en el arquero y se elevó a las nubes. Y empezó a caer. Y terminó picando y entrando al arco. Silencio sepulcral en el Polideportivo.

Se escuchaba el grito del panadero y el bocinazo de la chata que contenía a su señora, que no se bajaba por el frío y su gripe. El juez hizo jugar una eternidad pero no hubo caso. Ganamos. Les arruinamos la fiesta a los otros pibes, pero en buena ley, en la ley del fútbol, en esa que dice que en la cancha todo se iguala.

El papá del Chino, el técnico, saltaba y gritaba: “¡Maracanazo…maracanazo!”. Y en el viaje de vuelta lo tuvo que explicar.

Tuvo que contar la victoria uruguaya en 1950 contra los brasileños en el Mundial, en la final, en el Maracaná y contra el mundo. Con la leyenda de Obdulio Varela, de Schiaffino y de Ghiggia. Cuando llegué a casa, mi viejo buscó El Gráfico de aquel tiempo, en medio de su bendita colección. Y allí estaba la crónica. 16 de julio de 1950. 69 años atrás. Arbitraje del inglés Readers. Uruguay con Máspoli; Matías González y Tejera; Schubert Gambetta, Obdulio Varela y Rodríguez Andrade; Ghiggia, Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán. Con la dirección técnica de Juan López, derrotó a Brasil dos a uno.

Cero a cero en el primer tiempo. A los tres minutos de la segunda, Friaca puso el uno a cero que le daría con seguridad a Brasil (con el empate era campeón) el título mundial.

Pero en la cancha estaba Obdulio. Y entre el murmullo de alegría, el alarido del festejo antes de la gloria de los locales y sin que alguien en el estadio lo pudiera creer, Schiaffino a los 22 y Ghiggia a los 35 lo dieron vuelta. Uruguay cristalizaba la mayor hazaña en la historia de los mundiales, ante casi 200 mil personas en el viejo Estadio Maracaná. Pasaron 69 años, esta semana.

Mientras leía la revista que me entrego mi papá, me fui conmoviendo, como cada vez que repaso esa historia llena de épica y cuasi ficción.

Me imagino a los hinchas uruguayos siguiendo los relatos de Solé por radio, al pueblo charrúa en las calles, a todo lo que habrá movido el hecho, no sólo en Uruguay, sino también en el mundo entero. Un día que se hizo mito. El más glorioso en la historia del fútbol uruguayo, por cierto.

“Cumplidos, sólo si somos campeones”, se juramentaron. Y lo lograron. Y la frase de Obdulio rebotando en los vestuarios refiriéndose a la multitud: “Los de afuera son de palo”.

Así fui entendiendo el grito de nuestro técnico cuando ganamos el intercolegial bien de visitantes. ¡Maracanazo!. Y muy lejos del verdadero, en una historia bien chiquita, lo fue. Y entre nuestra felicidad y la tristeza de los chicos del otro colegio, la pelota había mandado, a pesar de las conveniencias y las fiestas previas, de las luces de bengala y las niñas con uniforme. Y hoy, con las cosas que pasan fuera de la cancha parece difícil de creer.

Para ganar hay que meterla adentro, hay que ponerle el pecho a las balas y hay que jugar. Festejar es para después.

Y de ese discurso, bebieron amargamente los brasileños en el 50 y brindaron con orgullo los celestes. Como en aquella final entre escuelas, cuando dimos la vuelta nosotros, los del sexto “A”, de la escuela del Barrio del pan árabe.



Osvaldo Alfredo Wehbe