En los 70, los intelectuales de izquierda, utilizando los conceptos de Karl Marx sobre la religión, decían que el fútbol era el “nuevo opio de los pueblos”. La idea tenía su base en el antiguo “pan y circo” que los emperadores romanos le entregaban a su pueblo en el Coliseo.
El fútbol siempre ha sido utilizado como un argumento para exacerbar nacionalismos o generar cortinas que cubran cuestiones más importantes en la vida de los países. La Copa América que comenzó amenaza con ofrecer argumentos contrarios a esa teoría. Como hacía mucho tiempo, en las calles no están la ansiedad y el nerviosismo. Esos que hacían que hasta los más desinteresados en la pelota se prendieran en las discusiones.
El año electoral, las cuestiones económicas y el pasado cercano de la selección se combinaron para que esta Copa América pase, por ahora, como esas películas de domingo a la tarde que sólo se ven en la TV, porque no hay otra cosa que hacer. Ante la poca expectativa, los dirigidos por Scaloni tuvieron una presentación acorde y coherente. Si la idea era intentar seducir a una hinchada descontenta, estuvieron lejos de cumplirla. Sólo se podría destacar la “actitud” de los primeros minutos del complemento, aunque restacar eso sería quedarse con lo básico que debe tener todo equipo o individuo que pretenda lograr algo.
Argentina fue un equipo sin una idea de juego, ni ofensiva ni defensiva. Producto de un proceso que ni siquiera se sabe bien si comenzó. Una renovación a medias que tiene un DT interino y un grupo de jugadores con pocos minutos de rodaje juntos.
Messi sigue luciendo solo e impotente. Sus socios de la vieja guardia son como esas bandas de rock veteranas que hace rato que intentan conseguir un disco que los devuelva a las marquesinas, pero siguen repitiendo una fórmula gastada que no logra conectar con las audiencias. Los nuevos intérpretes no pueden acoplarse, porque las canciones viejas ya no suenan como antes y nadie sabe cómo empezar a escribir las nuevas.
Que Colombia haya ganado el partido sólo es un golpe más. Si ayer el tiro de Martínez hubiera pegado en el palo y el cabezazo de Otamendi hubiera sido gol, el análisis no sería muy distinto. De todas maneras, no existe lo que hubiera pasado, existe lo que pasó. Argentina ni siquiera decepcionó, porque tampoco era mucho lo que se esperaba.
Agustín Hurtado
El año electoral, las cuestiones económicas y el pasado cercano de la selección se combinaron para que esta Copa América pase, por ahora, como esas películas de domingo a la tarde que sólo se ven en la TV, porque no hay otra cosa que hacer. Ante la poca expectativa, los dirigidos por Scaloni tuvieron una presentación acorde y coherente. Si la idea era intentar seducir a una hinchada descontenta, estuvieron lejos de cumplirla. Sólo se podría destacar la “actitud” de los primeros minutos del complemento, aunque restacar eso sería quedarse con lo básico que debe tener todo equipo o individuo que pretenda lograr algo.
Argentina fue un equipo sin una idea de juego, ni ofensiva ni defensiva. Producto de un proceso que ni siquiera se sabe bien si comenzó. Una renovación a medias que tiene un DT interino y un grupo de jugadores con pocos minutos de rodaje juntos.
Messi sigue luciendo solo e impotente. Sus socios de la vieja guardia son como esas bandas de rock veteranas que hace rato que intentan conseguir un disco que los devuelva a las marquesinas, pero siguen repitiendo una fórmula gastada que no logra conectar con las audiencias. Los nuevos intérpretes no pueden acoplarse, porque las canciones viejas ya no suenan como antes y nadie sabe cómo empezar a escribir las nuevas.
Que Colombia haya ganado el partido sólo es un golpe más. Si ayer el tiro de Martínez hubiera pegado en el palo y el cabezazo de Otamendi hubiera sido gol, el análisis no sería muy distinto. De todas maneras, no existe lo que hubiera pasado, existe lo que pasó. Argentina ni siquiera decepcionó, porque tampoco era mucho lo que se esperaba.
Agustín Hurtado

