“¡Paren las teletipos”!
Por Osvaldo Alfredo Wehbe
Siempre trato de ubicar al lector más joven respecto de hechos que sucedieron en décadas pasadas y que en su momento nos conmovieron. En fútbol hay muchos de esos que nos embriagaron de emoción, aun en tiempos en los que el seguimiento era a través de la radio y las imágenes llegaban el día después en los diarios o varias jornadas para adelante, en revistas como El Gráfico o Goles.
En los tiempos de una televisión incipiente por estos lados, muchos partidos que en Buenos Aires o Córdoba se observaban en directo aquí no llegaban, salvo que fuera Canal 12 de Córdoba el que los emitiera. La señal local fue durante mucho tiempo de circuito cerrado y era difícil que emitiera eventos de esos en vivo.
A mí me sucedió entre cuarto y quinto año del Nacional. Empezaría a vivir un año intenso, lleno de la emoción del egreso, del viaje a Bariloche, de una apertura política que, lamentablemente, sería la antesala de tiempos duros, violentos y perversos.
Quedaban atrás meses muy “cuervos” con los torneos ganados por el San Lorenzo de Lorenzo en 1972. Llegaría el único título profesional de Huracán y el segundo de Central. Pero para eso faltaba. La selección pensaba en llegar a Alemania. Había fracasado en el intento para México 70 y la apuesta era a un gran técnico como Enrique Omar Sívori, una figura extraordinaria de nuestro fútbol, proyectado mucho más en Italia. Y el “Cabezón” lo logró. Pero era mucha buena persona para la dirigencia de AFA. Y se fue. ¿Qué ocurrió? Asumió Vladislao Cap, el “Polaco” para los amigos, luego de que los dirigentes aceptaran la renuncia de Enrique Omar Sívori tras haber clasificado a la selección al Mundial y, también, luego de un gran desgaste y peleas. Cap venía de realizar una gran campaña en el por entonces poderoso Deportivo Cali de Colombia y fue designado por el presidente de la AFA en enero de 1974. ¿Quién era el presidente? Un tal Baldomero Gigán, dirigente menor de Boca Juniors pero con grandes vinculaciones al sindicalismo (cualquier similitud al hoy es “pura coincidencia”). Gigán citó a Cap al teatro Ópera de Mar del Plata que administraba y en una de sus oficinas rubricaron el contrato. José Varacka acompañaría al “Polaco” para ayudarlo a conocer el medio local, ya que su ausencia en el país había desactualizado al entrenador.
Luego de designar al entrenador a sólo 4 meses del Mundial, el lunes 18 de febrero llegó la convocatoria de jugadores para el diagrama de amistosos por el interior (uno de ellos en Río IV) y una gira por el exterior.
Un año antes de todo eso se produjo esa emoción grande de la cual hacía referencia en el inicio.
En el estadio Olímpico de Berlín, el 14 de febrero de 1973, amistoso internacional. Por un lado los locales, Alemania Occidental, campeones de la última Eurocopa y organizadores de la Copa del Mundo que se disputaría el año entrante. Por otro lado, la selección argentina.
Dirigida por Enrique Omar Sívori, nuestro seleccionado estaba en un proceso de renovación. Aparecían nuevos nombres, como dos pibes riverplatenses que el “Cabezón” llevó a Europa: Jorge Ghiso y Norberto Alonso.
Aquella noche nuestro seleccionado tuvo un rendimiento superlativo. Abrió el marcador “Vitrola” Ghiso a los cuatro minutos de juego. Diez minutos más tarde, tiro libre para Argentina. Ideal para un zurdo. El “Beto” Alonso acarició la pelota colocándola junto al ángulo izquierdo de un Sepp Maier con pantalones largos. Promediando el segundo tiempo, Miguel Ángel Brindisi puso el 3 a 0 parcial. Sobre el final reaccionó Alemania. Descontaron por intermedio de Jupp Heynckes y Bernhard Cullmann. Pero la chapa final fue victoria Argentina. “Paren las teletipos”, decían las notas de la época. Alemania Occidental fue con Maier; Höttges, Vogts, Beckenbauer, Schwarzenbeck (Cullmann); Breitner, Overath, Wimmer, Geye; Heynckes; Kremers (Held). El técnico era Helmut Schoen. Argentina con Carnevali; Wolff, Bargas, Heredia, Rosl; Brindisi, Telch, Alonso (Babington) y Chazarreta; Avallay y Ghiso. Sívori, el gran Sívori en el banco.
El partido significó un hito para algunos jugadores de aquella gesta, quienes prácticamente se aseguraron tanto un lugar en el plantel que luego iría a Alemania 1974 como un posterior traspaso a Europa. Carnevali, Brindisi, Babington y Wolff fueron, quizás, los ejemplos más resonantes.
Sin embargo, Argentina cerró su gira con un insípido 1-1 ante Israel en Tel Aviv y todo volvió a la normalidad. A pesar de esto, aquel equipo fue la base del que logró más tarde la clasificación para el Mundial con Sívori y en el que la Albiceleste, ya bajo la dirección de Vladislao Cap, superó la primera etapa pero terminó última en su grupo semifinal.
Para Alemania y sus futbolistas, en cambio, aquel 2-3 fue apenas una herida en el orgullo, ya que dos años más tarde, en el mismo escenario de aquella derrota, alzarían por segunda vez en su historia la Copa Mundial de la Fifa.
Para nosotros, en el barrio, fue algarabía total. Era una victoria inesperada frente a un “monstruo” y con una selección que tenía muchas dudas de llegar al Mundial 74.
Luego vendrían las eliminatorias contra Bolivia y Paraguay. Y “los fantasmas” de Miguel Ignomiriello y los goles de Guerini y Ayala ante el duro Paraguay, en La Bombonera. Y Heriberto Correa, que se nacionalizó argentino y enfrentó a su país y luego no fue tenido en cuenta para el Mundial y fuimos sin un 3 de verdad (jugó “Pancho” Sá allí). El favoritismo de Alemania en aquella noche de Múnich se alimentaba de cuestiones recientes. Todavía dirigidos por Helmut Schoen, los teutones venían de ganar su primera Eurocopa en 1972, luego de derrotar en la final a la Unión Soviética por 3-0, y se preparaban para recibir la Copa Mundial de 1974. De hecho, Schoen alistó a ocho campeones europeos, entre los que sobresalían Sepp Maier, Berti Vogts, Franz Beckenbauer, Wolfgang Overath y Jupp Heynckes. Argentina era todo lo contrario.
Una debacle institucional y deportiva que corrigió a medias el ciclo Menotti a partir del 74. Para la “barra” de amigos y para el país, por radio o TV, según el lugar del país siempre unitario, donde estuvieran, una gran alegría. Y el “Paren las teletipos” quedó en la mente de todos. Les habíamos ganado a los alemanes, que serían anfitriones y campeones del mundo al año siguiente. Con eso estábamos hechos.
Osvaldo Alfredo Wehbe.
En los tiempos de una televisión incipiente por estos lados, muchos partidos que en Buenos Aires o Córdoba se observaban en directo aquí no llegaban, salvo que fuera Canal 12 de Córdoba el que los emitiera. La señal local fue durante mucho tiempo de circuito cerrado y era difícil que emitiera eventos de esos en vivo.
A mí me sucedió entre cuarto y quinto año del Nacional. Empezaría a vivir un año intenso, lleno de la emoción del egreso, del viaje a Bariloche, de una apertura política que, lamentablemente, sería la antesala de tiempos duros, violentos y perversos.
Quedaban atrás meses muy “cuervos” con los torneos ganados por el San Lorenzo de Lorenzo en 1972. Llegaría el único título profesional de Huracán y el segundo de Central. Pero para eso faltaba. La selección pensaba en llegar a Alemania. Había fracasado en el intento para México 70 y la apuesta era a un gran técnico como Enrique Omar Sívori, una figura extraordinaria de nuestro fútbol, proyectado mucho más en Italia. Y el “Cabezón” lo logró. Pero era mucha buena persona para la dirigencia de AFA. Y se fue. ¿Qué ocurrió? Asumió Vladislao Cap, el “Polaco” para los amigos, luego de que los dirigentes aceptaran la renuncia de Enrique Omar Sívori tras haber clasificado a la selección al Mundial y, también, luego de un gran desgaste y peleas. Cap venía de realizar una gran campaña en el por entonces poderoso Deportivo Cali de Colombia y fue designado por el presidente de la AFA en enero de 1974. ¿Quién era el presidente? Un tal Baldomero Gigán, dirigente menor de Boca Juniors pero con grandes vinculaciones al sindicalismo (cualquier similitud al hoy es “pura coincidencia”). Gigán citó a Cap al teatro Ópera de Mar del Plata que administraba y en una de sus oficinas rubricaron el contrato. José Varacka acompañaría al “Polaco” para ayudarlo a conocer el medio local, ya que su ausencia en el país había desactualizado al entrenador.
Luego de designar al entrenador a sólo 4 meses del Mundial, el lunes 18 de febrero llegó la convocatoria de jugadores para el diagrama de amistosos por el interior (uno de ellos en Río IV) y una gira por el exterior.
Un año antes de todo eso se produjo esa emoción grande de la cual hacía referencia en el inicio.
En el estadio Olímpico de Berlín, el 14 de febrero de 1973, amistoso internacional. Por un lado los locales, Alemania Occidental, campeones de la última Eurocopa y organizadores de la Copa del Mundo que se disputaría el año entrante. Por otro lado, la selección argentina.
Dirigida por Enrique Omar Sívori, nuestro seleccionado estaba en un proceso de renovación. Aparecían nuevos nombres, como dos pibes riverplatenses que el “Cabezón” llevó a Europa: Jorge Ghiso y Norberto Alonso.
Aquella noche nuestro seleccionado tuvo un rendimiento superlativo. Abrió el marcador “Vitrola” Ghiso a los cuatro minutos de juego. Diez minutos más tarde, tiro libre para Argentina. Ideal para un zurdo. El “Beto” Alonso acarició la pelota colocándola junto al ángulo izquierdo de un Sepp Maier con pantalones largos. Promediando el segundo tiempo, Miguel Ángel Brindisi puso el 3 a 0 parcial. Sobre el final reaccionó Alemania. Descontaron por intermedio de Jupp Heynckes y Bernhard Cullmann. Pero la chapa final fue victoria Argentina. “Paren las teletipos”, decían las notas de la época. Alemania Occidental fue con Maier; Höttges, Vogts, Beckenbauer, Schwarzenbeck (Cullmann); Breitner, Overath, Wimmer, Geye; Heynckes; Kremers (Held). El técnico era Helmut Schoen. Argentina con Carnevali; Wolff, Bargas, Heredia, Rosl; Brindisi, Telch, Alonso (Babington) y Chazarreta; Avallay y Ghiso. Sívori, el gran Sívori en el banco.
El partido significó un hito para algunos jugadores de aquella gesta, quienes prácticamente se aseguraron tanto un lugar en el plantel que luego iría a Alemania 1974 como un posterior traspaso a Europa. Carnevali, Brindisi, Babington y Wolff fueron, quizás, los ejemplos más resonantes.
Sin embargo, Argentina cerró su gira con un insípido 1-1 ante Israel en Tel Aviv y todo volvió a la normalidad. A pesar de esto, aquel equipo fue la base del que logró más tarde la clasificación para el Mundial con Sívori y en el que la Albiceleste, ya bajo la dirección de Vladislao Cap, superó la primera etapa pero terminó última en su grupo semifinal.
Para Alemania y sus futbolistas, en cambio, aquel 2-3 fue apenas una herida en el orgullo, ya que dos años más tarde, en el mismo escenario de aquella derrota, alzarían por segunda vez en su historia la Copa Mundial de la Fifa.
Para nosotros, en el barrio, fue algarabía total. Era una victoria inesperada frente a un “monstruo” y con una selección que tenía muchas dudas de llegar al Mundial 74.
Luego vendrían las eliminatorias contra Bolivia y Paraguay. Y “los fantasmas” de Miguel Ignomiriello y los goles de Guerini y Ayala ante el duro Paraguay, en La Bombonera. Y Heriberto Correa, que se nacionalizó argentino y enfrentó a su país y luego no fue tenido en cuenta para el Mundial y fuimos sin un 3 de verdad (jugó “Pancho” Sá allí). El favoritismo de Alemania en aquella noche de Múnich se alimentaba de cuestiones recientes. Todavía dirigidos por Helmut Schoen, los teutones venían de ganar su primera Eurocopa en 1972, luego de derrotar en la final a la Unión Soviética por 3-0, y se preparaban para recibir la Copa Mundial de 1974. De hecho, Schoen alistó a ocho campeones europeos, entre los que sobresalían Sepp Maier, Berti Vogts, Franz Beckenbauer, Wolfgang Overath y Jupp Heynckes. Argentina era todo lo contrario.
Una debacle institucional y deportiva que corrigió a medias el ciclo Menotti a partir del 74. Para la “barra” de amigos y para el país, por radio o TV, según el lugar del país siempre unitario, donde estuvieran, una gran alegría. Y el “Paren las teletipos” quedó en la mente de todos. Les habíamos ganado a los alemanes, que serían anfitriones y campeones del mundo al año siguiente. Con eso estábamos hechos.
Osvaldo Alfredo Wehbe.