Un sábado a la tarde, en una de las canchas de inferiores de la Liga, un grupo de chicos de entre 12 o 13 corren de un lado a otro detrás de la pelota. Desde la tribuna, surgen los gritos de esos padres que parecen salidos de las turbas iracundas de la edad media. “Corré nene, dale…”, “Movete che”, gritan desaforados, rompiendo la tranquilidad de la atmósfera.
De repente, uno de los pibes, en medio de la maraña de piernas y la polvareda, se toma un tiempo, pisa la pelota, hace pasar de largo a un rival y mete un cambio de frente precioso, aclarando el panorama, permitiendo que fluya la acción. En ese momento, conmovido por la acción del muchacho, un señor con varios inviernos encima se levanta de su asiento y sentencia con claridad: “Así se hace pibe. Pienso, luego juego”.
La frase del veterano, es una deformación de una de las premisas más importantes de la filosofía: “Pienso, luego existo”. La afirmación es una de las piedras fundamentales del pensamiento del francés René Descartes, considerado uno de los padres de la Modernidad.
La aparición de las ideas del francés de bigote caricaturesco, tuvo el mismo efecto que aquel cambio de frente del pibe. Sin meterse demasiado en la profundidad de la frase, el “Pienso, luego existo”, puso al ser humano como eje central del pensamiento, corriendo a las ideas teológicas. En Descartes, la razón de los hombres viene a iluminar a una sociedad hundida en el oscurantismo religioso, como esos partidos trabados, en los que prima el desorden.
Los encuentros cerrados, jugados con el cuchillo entre los dientes, con infracciones a diestra y siniestra, provienen de los dogmas religiosos del aguante y la garra. Esos que hacen que los padres les piden a sus hijos que pongan más de esto y más de aquello. De allí surgen grandes mitos de soldados rústicos y héroes que a través de las armas consiguen grandes victorias. En el medio de todo eso, de pronto, aparecen aquellos que cambian el paradigma, que se ponen en el centro de la escena y a través del pensamiento le dan luz al encuentro.
Generalmente, el rol cartesiano en el fútbol ha recaído sobre los números “10”. La razón adentro de la cancha ha sido representada por los que actualmente son conocidos como los enganches. Son aquellos que se erigen como el centro de todo, piensan el juego y a partir de allí, lo generan. La principal característica que tienen los pensadores del fútbol, es que adentro de la cancha se vuelven el eje principal de sus equipos.
Riquelme fue uno de los grandes exponentes de esa raza. Mientras todos corrían ciegos detrás de la pelota, el vicepresidente de Boca, la frenaba y en escasos segundos desarrollaba en su mente la jugada y luego le daba existencia.
Decir que para jugar es necesario pensar, implica que el fútbol es fútbol cuando alguien lo piensa. Si no hay ningún protagonista adentro de la cancha que utiliza la razón y todos anteponen la fuerza, la intuición y el coraje, entonces no se está jugando al fútbol, se está haciendo otra cosa.
Al fútbol se juega pensando; son las ideas las que hacen mover la pelota y generar el juego. Es una especie de idealismo futbolero.
Durante los últimos tiempos, en el fútbol argentino comenzó a desaparecer esa figura del pensador. El cuerpo –lo físico- ha prevalecido por sobre lo racional y ahora es la doctrina de los atletas está por encima de las ideas. Ya no hay tantos tipos que piensen el fútbol y por ende no hay juego.
En el invierno de 1650, Descartes falleció en Suecia. El filósofo había sido invitado por la reina del país escandinavo en septiembre del año anterior. La causa oficial de su muerte fue la neumonía, aunque hay varias teorías que indican que fue envenenado con arsénico. A través de su pensamiento, el francés moldeó gran parte del pensamiento general occidental y fue clave para el desarrollo de la modernidad. Su gran logro fue haber colocado al hombre en el centro de la escena, dejando atrás los dogmas religiosos. Tan fuerte fue su efecto, que incluso, después de 400 años, su frase célebre llegó a una cancha de fútbol en una ciudad del interior del interior de un país muy lejano.
Agustín Hurtado

