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Ramón Ortiz, uno de los primeros árbitros nacionales

Jugó durante más de dos décadas. Fue asistente en la B Nacional y luego integrante del colegio de jueces de la Liga Regional. Cuenta que no era un virtuoso para el fútbol y que se destacaba en las carreras atléticas y en el tiro deportivo

¿Te acordás de Ramón Ortiz? Fue uno de los tres primeros árbitros nacionales que surgieron de la Liga Regional. Jugó, así llaman ellos al ser el juez o asistente de un partido, durante más de dos décadas y media. Luego fue integrante del colegio de árbitros de la LRFRC. Hoy sigue pendiente del fútbol, pero como espectador.

Puntal dialogó con él para repasar su vida ligada a la pelota, aunque, según cuenta, no fue un virtuoso con la redonda: “Yo siempre fui deportista. Cuando iba al colegio San Buenaventura hacía dos disciplinas. Tiro, mi viejo era instructor, y  atletismo con el profe Ceballos. Tengo ganada una prueba de cien metros llanos acá en Río Cuarto y tambíen me destaqué tirando. Aparte jugaba al fútbol, pero dejé a los 12 años. Me di cuenta de que no era lo mío. Jugaba en el campito, pero no era bueno”, contó.

- Cómo es entonces que llega el interés por arbitrar?

- Al terminar la secundaria tuve un impasse, como que estaba perdido, y mi papá me dijo que no podía seguir así. Y Miguel Rivarola, un exárbitro, me dijo que fuera al arbitraje. Y fui como para empezar a entrenar, para hacer una actividad física, en el Centro 11. Resultado: a los dos meses comencé a arbitrar. 

Después de las dos primeras veces dije ‘no entro nunca más a una cancha’.  Porque por aquel entonces estudiábamos con un reglamento que llegaba de España con diez años de atraso. No es como ahora que tenés todo actualizado gracias a la tecnología y las comunicaciones. Entonces nadie sabía el reglamento, con todo el respeto que les tengo a los árbitros de primera. Era más o menos. No había escuela y sólo un instructor que le ponía ganas y nada más.

Luego me comenzó a atrapar la actividad y fue una forma de vida. Fue mi vida.

Yo llegué a jugar en inferiores y venía a mi casa extenuado por la tensión, y con mi novia, que es mi esposa, estábamos hasta las doce porque necesitaba cuatro horas para relajarme después de la jornada.

Fui por aquel entonces uno de los árbitros que más rápido llegó a dirigir en primera división. Empecé a los 22 y a los 26 ya jugaba en primera división.



















- ¿Cuántos años estuvo como juez?

- Veintiséis, de los cuales casi 24 en Primera A.

- ¿Cuándo surgió la posibilidad de pasar a ser un árbitro nacional?

- Se da porque nace el Sadra -sindicato argentino de árbitros- y vino un profesor de Córdoba y se abrió el curso. Para acceder a él tenías que tener 20 partidos en primera división, secundario hecho y aprobar una evaluación. Y el tren pasaba una sola vez, un tren grande. Y nos enganchamos con Raúl Muñoz y Jorge Carballo, ya que rendíamos esas condiciones de edad. Por entonces éramos jovenes, hoy con 30 años ya soy viejo para poder dirigir a ese nivel.

Fuimos a Córdoba, fue en el año 91, e hicimos el curso y en dos años nos recibimos. Fuimos la primera camada de árbitros nacionales de la Liga Regional, con título oficial y diploma. Es más, recuerdo que me lo dio el presidente de la AFA, Julio Humberto Grondona. Por entonces no había celulares, así que no tengo una foto de recuerdo.

Me acuerdo como si fuese hoy de ese momento. Me decía ‘mirá hasta dónde llegué. Estoy acá en Buenos Aires, en el Obelisco’.

Tuve contrato con AFA durante diez años como asistente en la B Nacional. Nunca tuve la chance de ser principal porque aunque era joven en un principio, luego ya era tarde. A mí me gustaba más arbitrar que ser asistente.

En aquel entonces la posibilidad estaba entre Cristian Villarreal, Gabriel Charaviglio y yo. Recuerdo que fuimos a Córdoba con el instructor Mario Rosarolli y me dijeron que por edad (yo tenía 35), debía jugar ya porque para ser internacional el límite eran los 45 años, pero no tuve la oportunidad de llegar a serlo.

Sí como asistente tuve satisfacciones de acompañar a árbitros que se estaban haciendo, como Beligoy y Abal, entre otros.

- Al dejar de dirigir, ¿no lo entusiasmó ser instructor?

- No soy docente. No soy un estudioso de las reglas. Sí me gustó más ser quien designe a los árbitros porque me gusta observar si un árbitro tiene carácter y motivación para desempeñarse dentro de un campo de juego.

Yo le debía mucho a la Liga Regional y me ofrecieron ser presidente del colegio de árbitros. Lo fui durante cuatro años hermosos, con gente muy buena e idónea, que tenía identidad propia, y yo me sentía con capacidad de discernir quién tenía condiciones de dirigir tal o cual partido.



Darío Pablo Palacio