Relatos Salvajes
*Por Agustín Hurtado
El cine en ocasiones, tiene la intención de ser el reflejo de la sociedad, o por lo menos mostrar algunas de sus caras. Hace algunos años atrás, se estrenó Relatos salvajes. El film reúne seis historias que dan cuenta de los extremos violentos que se pueden generar en distintas situaciones. Lo sucedido ayer en el Superclásico fallido, pudo haber sido el séptimo relato.
Violencia, intolerancia, corrupción, desidia institucional, hipocresía, irresponsabilidad y otros de los conceptos que trabaja Szifrón en su film se vieron expuestos en lo sucedido entre las 15 y las 20.30 de ayer. Fueron además, una muestra más de la relación enfermiza que tiene hoy la sociedad argentina con el fútbol.
Las fuerzas del orden fueron actores principales del relato. Los agentes a cargo de la seguridad en el país son hoy una maquinaria que parecer cumplir sólo una función de represión. Es incapaz de prevenir incidentes, llega tarde y su única respuesta es “repartir” a mansalva e indiscriminadamente. Las razones por las cuales el micro de Boca, el objetivo principal del operativo de ayer, marchó sin escolta por una intersección plagada de hinchas de River, son difíciles de comprender.
Decidía o “zona liberada”, da igual, fue un mamarracho más, que termina salpicando las ya complicadas imágenes de la ministra de seguridad Patricia Bullrich y del propio presidente Mauricio Macri. Las afirmaciones de ambos, diciendo que las fuerzas de seguridad estaban preparadas para que estos duelos se jugaran con público visitante, despiertan sonrisas irónicas, como las que se producen al final del relato que en la citada película protagoniza Leonardo Sbaraglia. Allí, dos policías de apariencia inoperante, sentencian que una pelea mortal entre dos hombres por un problema de tránsito, fue un crimen pasional.
Por si no era poco con los desaciertos de las fuerzas de seguridad, llegaron la Conmebol e Infantino para sumar los suyos. Las idas y vueltas por la suspensión dieron lugar a cualquier tipo de especulaciones. Que incluyeron denuncias de avivadas y conspiraciones, desde ambos bandos. Lejos estuvo esto de ayudar a calmar los ánimos. Mientras tanto, afuera de la cancha, la policía y una facción de la barra protagonizaban una batalla campal que destruyó casi todo lo que había a su paso.
Los hinchas de River que estaban desde hacía rato en el Monumental al rayo del sol no entendían nada. Parecían el personaje de Ricardo Darín, chocando contra un sistema que no le daba muchas respuestas. Menos mal que ninguno decidió hacer lo mismo que el Bombita y no detonó ningún artefacto explosivo.
Párrafo aparte para los medios de comunicación, que se rasgaban las vestiduras por los incidentes producidos, pasando por alto que fueron ellos mismos los que le echaron más leña al fuego, con previas interminables, sacando de contexto al encuentro. Algo similar a lo que muestra la historia de Oscar Martínez, con los movileros apoyando el escrache al frente de su casa.
Las razones del relato salvaje que se produjo ayer son propias y ajenas al fútbol. La sociedad argentina posee problemas generales, educativos, políticos y sociales. Por otro lado, el fútbol tiene sus propias miserias, que toman la forma de barrabravas, de pasiones enfermizas disfrazadas de folklore y de avivadas de todo tipo.
Lo de ayer fue una muestra más de cómo estos dos ámbitos están ligados, girando en un círculo de histeria y a punto de estrellarse contra una pared espejada, como la novia macabra que encarna Érica Rivas en el relato que cierra el Film de Szifrón. Hoy, quizás se juegue, pero pase lo que pase, el fútbol argentino sumó un nuevo capítulo a su larga historia de relatos salvajes.
Violencia, intolerancia, corrupción, desidia institucional, hipocresía, irresponsabilidad y otros de los conceptos que trabaja Szifrón en su film se vieron expuestos en lo sucedido entre las 15 y las 20.30 de ayer. Fueron además, una muestra más de la relación enfermiza que tiene hoy la sociedad argentina con el fútbol.
Las fuerzas del orden fueron actores principales del relato. Los agentes a cargo de la seguridad en el país son hoy una maquinaria que parecer cumplir sólo una función de represión. Es incapaz de prevenir incidentes, llega tarde y su única respuesta es “repartir” a mansalva e indiscriminadamente. Las razones por las cuales el micro de Boca, el objetivo principal del operativo de ayer, marchó sin escolta por una intersección plagada de hinchas de River, son difíciles de comprender.
Decidía o “zona liberada”, da igual, fue un mamarracho más, que termina salpicando las ya complicadas imágenes de la ministra de seguridad Patricia Bullrich y del propio presidente Mauricio Macri. Las afirmaciones de ambos, diciendo que las fuerzas de seguridad estaban preparadas para que estos duelos se jugaran con público visitante, despiertan sonrisas irónicas, como las que se producen al final del relato que en la citada película protagoniza Leonardo Sbaraglia. Allí, dos policías de apariencia inoperante, sentencian que una pelea mortal entre dos hombres por un problema de tránsito, fue un crimen pasional.
Por si no era poco con los desaciertos de las fuerzas de seguridad, llegaron la Conmebol e Infantino para sumar los suyos. Las idas y vueltas por la suspensión dieron lugar a cualquier tipo de especulaciones. Que incluyeron denuncias de avivadas y conspiraciones, desde ambos bandos. Lejos estuvo esto de ayudar a calmar los ánimos. Mientras tanto, afuera de la cancha, la policía y una facción de la barra protagonizaban una batalla campal que destruyó casi todo lo que había a su paso.
Los hinchas de River que estaban desde hacía rato en el Monumental al rayo del sol no entendían nada. Parecían el personaje de Ricardo Darín, chocando contra un sistema que no le daba muchas respuestas. Menos mal que ninguno decidió hacer lo mismo que el Bombita y no detonó ningún artefacto explosivo.
Párrafo aparte para los medios de comunicación, que se rasgaban las vestiduras por los incidentes producidos, pasando por alto que fueron ellos mismos los que le echaron más leña al fuego, con previas interminables, sacando de contexto al encuentro. Algo similar a lo que muestra la historia de Oscar Martínez, con los movileros apoyando el escrache al frente de su casa.
Las razones del relato salvaje que se produjo ayer son propias y ajenas al fútbol. La sociedad argentina posee problemas generales, educativos, políticos y sociales. Por otro lado, el fútbol tiene sus propias miserias, que toman la forma de barrabravas, de pasiones enfermizas disfrazadas de folklore y de avivadas de todo tipo.
Lo de ayer fue una muestra más de cómo estos dos ámbitos están ligados, girando en un círculo de histeria y a punto de estrellarse contra una pared espejada, como la novia macabra que encarna Érica Rivas en el relato que cierra el Film de Szifrón. Hoy, quizás se juegue, pero pase lo que pase, el fútbol argentino sumó un nuevo capítulo a su larga historia de relatos salvajes.