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Sergio Ibarra, un ídolo riocuartense en el fútbol del imperio incaico

La historia del delantero que pasó de jugar en Atenas a ser el máximo goleador de la historia de Perú
 
En principio, unir el imperio incaico y el “imperio del sur cordobés” asoma como un desafío complejo debido a las diferencias espacio-temporales que hay entre ellos. Pero, desde hace 26 años, resulta bastante simple. Sólo se necesita de un nombre, Sergio Ibarra. 

“Yo me fui de Río Cuarto muy chico, pero con una posibilidad importante para mí, ya que implicaba llegar a un fútbol profesional”, recuerda el “Checho”, que en 1992, con 18 años, dejó Atenas para seguir su carrera en el Ciclista Lima, de la segunda división del fútbol peruano. Allí, comenzó una carrera que lo llevaría a ser el máximo anotador de la historia del fútbol peruano con 261 goles y que hoy lo encuentra a punto de comentar el Mundial para una cadena de televisión de aquel país. 

“Todo Perú está muy ilusionado con el Mundial. Pasó mucho tiempo desde la última vez que el seleccionado participó”, comenta Ibarra sobre la reverberancia que provoca la clasificación conseguida por Paolo Guerrero y compañía. Agrega que las bases sobre las que se asentó la clasificación están dadas, no sólo por el buen trabajo de Gareca, sino por un crecimiento del fútbol en el país.

 “Esto es algo que se fue generando de a poco. Ya había estado cerca de la clasificación al Mundial anterior y en este se pudo dar. El fútbol ha ido creciendo en Perú”, explica el delantero que jugó a lo largo de 22 años en ese país (con pasos por Colombia, China y   El Salvador). 

Ibarra empezó a jugar en la Primera de Atenas a los 16 años. En 1992, con Hugo Ferrarese como DT, jugó su último partido y partió hacia Perú, un país que vivía momentos de convulsión política. A pocos días de arribar a Lima, tuvo lugar el atentado de Tarata, atribuido al grupo Sendero Luminoso. Un coche bomba estalló a pocas cuadras del hotel en el que se encontraba Ibarra. “Yo me quería volver. Fue un susto muy grande. La verdad yo venía de Río Cuarto, donde todo era muy tranquilo y me encontré de golpe con eso”, relata el delantero. Pero conversó con los dirigentes del club y decidió quedarse. 

El tiempo quiso que la opción fuera la correcta. En el segundo partido en Ciclista convirtió el primer gol y todo se encaminó. “Futbolísticamente me adapté rápido. Si bien el equipo tenía jugadores de experiencia y se conocían de memoria, yo pude acomodarme y empezar a hacer lo que yo sabía que era, estar dentro del área y aprovechar las oportunidades”, cuenta Ibarra y marca que no hubo un salto de nivel entre lo que el traía de Atenas y lo que le tocó ver allá. “Una de las diferencias es que allá era profesional y acá no. Pero al ser una división de ascenso el nivel era similar. Lo que sí cambió fue la exposición”, señala y remarca que los partidos se jugaban en estadios más grandes. Incluso llegó a jugar en el Nacional de Lima. 

Si de referentes se trata, Ibarra nombra a un infaltable a la hora de hablar de centrodelanteros, Gabriel Omar Batistuta. “Fue el mejor que yo vi. Era potente, sabía acomodar el cuerpo y todo el tiempo tenía el arco entre ceja y ceja”, destaca y añade que ese estilo de “9” se ha ido perdiendo. 

“Hoy Higuaín es el titular en la selección, porque es el más “9” de todos. No hay muchos más. Es el más clásico. Agüero y Lautaro Martínez arrancan más de atrás. El otro que a mí me gusta es Icardi, aunque en la selección no anduvo, porque no tuvo tiempo para mostrarse y el entrenador lo hizo  arrancar desde muy atrás”, remarca a la hora de hablar de la selección, tema ineludible por estos días. 

El DT de la selección tuvo un paso por el fútbol peruano y de allí lo conoce Ibarra. “El problema de Argentina hoy es que no tiene un estilo de juego.  El sistema de Sampaoli necesita tiempo y él no lo tuvo”, comenta el hasta hace poco entrenador del Cienciano de Cuzco, equipo con el que como jugador le ganó una Recopa a Boca en 2004 (convirtió uno de los penales en la definición) y en el que, en 2010, empezó su carrera como DT, cuando todavía integraba el plantel. 

En ese entonces tenía 37 años y todavía le quedaban algunos más de carrera. “Yo jugué hasta los 40 años porque siempre quise más. El hambre y las ganas me motivaban a seguir. Después, la constancia y la disciplina me ayudaron a mantenerme siempre bien. Yo era el primero en llegar y el último en irme”, cuenta el exatacante y añade que la decisión de retirarse llegó por los mensajes que le empezó a dar su cuerpo. “No quería que mis últimas imágenes fueran las de un jugador que siempre está lesionado”, remarca Ibarra. 

Su carrera como DT empezó cuando todavía jugaba. Cienciano se había quedado sin entrenador y como él ya estaba haciendo el curso, los dirigentes le pidieron que se hiciera cargo del equipo. “Era una situación rara, porque yo tenía que hacer los dos papeles. A veces daba indicaciones, mientras me sacaba los pantalones largos para entrar”, cuenta el surgido en Atenas. 

Una vez cerrada su etapa de jugador el paso a la conducción fue casi inmediato. “El fútbol es muy importante para mí. Era imposible que no siguiera ligado de alguna manera”, sentencia Ibarra. 

Esa relación tan estrecha con el fútbol fue lo que lo hizo emigrar de la ciudad la primera vez y lo llevó a distintos destinos. “Yo anduve por muchos lados con el fútbol. Curiosamente nunca se me dio la chance de volver”, apunta y recuerda que en el 2004 estuvo cerca de jugar en Gimnasia de La Plata. Tampoco apareció la oportunidad de retornar a Río Cuarto como jugador. “Yo estaba en un fútbol profesional, era muy difícil venirme para acá. Nunca hubo un llamado desde acá, pero hubiese sido muy complicado que me volviera”, afirma el exatacante. 

Aquellos caminos de la pelota que  llevaron a Ibarra por distintos lugares del globo son los mismos que, quizás, lo podrían hacer retornar al país. “Hoy mi presente está en Perú. Allí es donde soy considerado como DT. Pero los rumbos del fútbol son impredecibles, uno va donde ellos lo dictan, así que es difícil saber dónde voy a estar en el futuro. Yo nunca le cierro la puerta a nada”, describe Ibarra sobre lo que vendrá. 



Agustín Hurtado