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Una noche muy especial

El fútbol es un fenómeno extraño. Es muy difícil de explicar en muchos sentidos. Por eso, algunos lo definen como una religión. No hay manera de entenderlo desde lo racional. 

Un desentendido que pasaba anoche por las cercanías del estadio Antonio Candini no sólo no debe haber entendido mucho lo que sucedía, sino que hasta puede haber lanzado algún improperio al aire, por los cortes de calle que complicaron el tránsito en las adyacencias de los puentes Carretero y Obregón Cano. Es que aquel que no siente el fútbol no puede comprender cómo, un viernes frío de agosto, en medio de una crisis económica y política que amenaza con dejar al país (una vez más) patas para arriba y con entradas que no son baratas, un grupo de inconscientes se daba cita para ver un partido, que encima ni siquiera era una final.

Para ese grupo de “locos”, la cuestión es más simple. No hay que darle demasiadas vueltas. Estaban allí porque su club, ese que llevan en la sangre, estaba jugando un encuentro demasiado importante como para perdérselo. 

Fueron muchos años los que los hinchas del Celeste esperaron por este momento. En algún punto, no sólo Estudiantes esperaba por jugar este partido. El mundo deportivo de Río Cuarto quería tener una cita así. Desde 1985 que un club de estas tierras no estaba tan arriba en los escalafones “afistas”. Si no, cómo se explica que en la cancha hubiera referentes y dirigentes de otras instituciones de la ciudad. Hasta el intendente se dio el gusto de pisar el césped del Candini.

Todo tuvo mucho de ceremonia religiosa. Cuando Estudiantes hizo su ingreso, la cancha estalló como el coro de la iglesia cantando el Adestes Fideles. Después vino el momento de silencio que tiene toda ceremonia, en este caso recordando a uno de los últimos en consagrarse dentro del santuario del fútbol argentino “San Tata Brown de los cabezazos”. Lo único extraño fue que el manto sagrado esta vez no tuvo el color habitual, en vez del celeste, el León salió a jugar con una casaca alternativa verde y negra en degradé.

Uno de los tipos mimados de la parroquia, ese que no falta nunca, siempre llega temprano y se va último, Nicolás Foglia fue el encargado de darle la alegría más importante a la noche. Después llegaría el turno de Sepúlveda, que también pidió la palabra para celebrar en la misa del León.

Lo único malo fue el operativo policial. La gente debió esperar demasiado para ingresar y hubo muchos que se perdieron los primeros minutos. Producto de la única y larga fila que se organizó por avenida España.

Al espectáculo lo disfrutaron todos. Los que vieron los Nacionales de la década del 80 y a los que se lo contaron, los protagonistas del hoy y los que jugaron en 1985. Hoy o tal vez mañana será turno de ocuparse de cuestiones más terrenales y mundanas como el dólar, la inflación, las elecciones y los candidatos, anoche, lo único que importó fue la religión moderna, el fútbol. Estudiantes fue el santo que encabezó la procesión.