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¡Y entregamos nuestro metegol!

River y Boca, en el Bernabéu. Suena de "gente como uno". Resultará curioso y hasta peligroso para los vecinos del estadio. Se moverá dinero en viajes y los medios acudiremos como moscas al dulce, ignorando lo mal que nos han tratado con tantas idas y vueltas, con tanto ninguneo a los hinchas de dos de las divisas más populares del mundo.

El estadio Santiago Bernabéu tiene sabor a cuento de hadas para los hinchas de fútbol. En el mundo, la "Casa Blanca" es sinónimo de elite, de perfume a grandes jornadas, de reyes y princesas; del fútbol de Di Stéfano, Puskas y Gento; de la "quinta" del Buitre, de Cristiano Ronaldo, de una blanca pureza, sospechada por la alianza con el franquismo en su tiempo.

Para los argentinos, ya don Alfredo Di Stéfano marcó para siempre que el jugador más importante de la historia merengue era nuestro. Y, después, cada argentino que fue llegando a ponerse la casaca blanca nos llenaba de admiración y curiosidad. Héctor Rial, Rogelio Domínguez, Juan Carlos Touriño, el Chavo Anzarda, Pinino Mas, Roberto Martínez, el Chupete Guerini, Quique Wolff, Jorge Valdano, Oscar Ruggeri, Juan Esnaider, Fernando Redondo, Albano Bizarri, Rolando Zárate, el Indiecito Solari (actual DT del Madrid), Esteban Cambiasso, Walter Samuel, Fernando Gago, Javier Saviola, Gabriel Heinze, Ezequiel Garay, Gonzalo Higuaín, Ángel Di María y algunos menos conocidos como Miguel Pérez (desde Sportivo Italiano fue al Madrid) y los más antiguos como Olsen, Imbelloni, Rocha y Navarro.

Todos ellos jugaron en el Real Madrid. Y, seguramente, quedaron marcados por la magia de un cuento de monarcas y leyendas blancas.

Una manera de instalar a Patoruzú o Mafalda, al Cabo Savino o Fabian Leyes en el Palacio Real. De "intrusos", cumpliendo funciones casi a la perfección, pero forasteros al fin.

Con España, el ida y vuelta es desde el descubrimiento. Con historias atroces de conquistadores contra los pueblos originarios y culturas casi fusionadas con la llegada de los inmigrantes en el siglo XIX y antes también, sumado al exilio de muchos de los nuestros a tierras ibéricas. El mundo del espectáculo y el deporte. Y fundamentalmente el fútbol.

La Furia Roja, transformada de a poco en un juego pulido y brillante de la mano de Iniesta, Guardiola y compañía.​

Las giras de conjuntos argentinos en los 40 y 50 goleando a los españoles, hasta que ellos fueron aprendiendo. El Deportivo Español, animador en Primera de AFA, como referencia al mundo hispano. La leyenda de Lángara y la curiosidad de Moreno y Fabianesi. El desembarco de Tinelli en el Badajoz. Y los DT. Hoy Simeone, Pellegrino, Berizzo, Solari y los que pasaron por allí, como Menotti y Bilardo, Lorenzo y Basile, Bielsa y Bianchi, entre otros tantos.

Unidos pero separados. El fútbol de la Argentina y de España.

Y, de repente, la subasta de la Conmebol, entre papelones y bochornos, se lleva uno de los cotejos más esperados por nosotros a Madrid. No ya un jugador o un técnico ni un equipo que va a jugar una copa de verano español o un amistoso. No, ¡les dimos el partido entero!

Se lo entregaron en bandeja políticos, dirigentes, policías y ciudadanos violentos y los "interesados" en tener el cotejo en su casa no hicieron sino empujarla a la red de sus bolsillos.

¡No vaya a creer que es dadivoso y generoso, desinteresado y altruista el proceder de Fifa, Conmebol y Real Madrid para que la final se juegue en la capital española! "Hay mucho más negocio en la decisión de lo que usted imagina. El Banco Santander, uno de los históricos sponsors del torneo que posicionó su marca en Latinoamérica gracias a la Copa y que en 2019 sumará la Champions League a su cartera de productos, ayuda a entender esta movida. Cuando se asoció al fútbol sudamericano en 2009 ganó un mercado de 1.300 millones de personas. Si la finalísima se juega en Madrid es porque primaron este tipo de intereses económicos y eso incluye también a la cadena Fox, la dueña de los derechos televisivos obtenidos de manera poco transparente gracias al escándalo del pago de sobornos en la Fifa y la Conmebol", contaba en estos días uno de los mejores periodistas deportivos del país, Gustavo Veiga, en Página 12. Y agregaba: "El Real Madrid que preside Florentino Pérez (dueño de la empresa ACS, que controla el 30 por ciento de los ingresos en nuestros accesos Norte y Oeste) será el anfitrión del evento. Gana en el fútbol poniendo el clásico argentino en su vidriera y también gana su principal dirigente con las autopistas, ya que el gobierno de Mauricio Macri acaba de autorizar una suba del 56 por ciento en los peajes. En Madrid es vecino de Ana Botín (la presidenta del grupo Santander) en el exclusivo barrio de El Viso". Referencias claras que ayudan a entender el porqué de llevar al Bernabéu nuestro partido del metegol de la vida.

Y casi que lo subastaron. Miami, Medellín, Asunción y Qatar fueron otros oferentes, cada uno a su manera pero siempre por dinero, no por amor al juego. La violencia nos birló el partido y propios y extraños se aprovecharon.

Boca y River ganaron con algunos "suplentes" sus cotejos del fin de semana. El Xeneize, en un encuentro que le fue desfavorable ante Independiente y que ganó por el golazo de Cardona y los de-saciertos del árbitro Herrera. River venció a un remanente de Gimnasia (juega la final de la Copa Argentina este jueves frente a Central), lo que no le borrará, salvo que gane la Libertadores, la eliminación ante el Tripero por esa copa, en Mar del Plata, el miércoles pasado.

River y Boca, en el Bernabéu. Suena de "gente como uno". Resultará curioso y hasta peligroso para los vecinos del estadio. Se moverá dinero en viajes y los medios acudiremos como moscas al dulce, ignorando lo mal que nos han tratado con tantas idas y vueltas, con tanto ninguneo a los hinchas de dos de las divisas más populares del mundo.

Pero "todo pasa". Una frase que en la Argentina nos fuimos dando cuenta, poco a poco, que estaba en el anillo de Grondona, pero describía este país de nubes, con guión de una mala novela.



Osvaldo Alfredo Wehbe



 

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