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La última expectativa

La llegada de Massa le dio al Gobierno algo que ya no tenía: la capacidad de generar expectativas. Schiaretti evita cualquier asociación al tigrense y se pone enfrente. El impacto en Río Cuarto

Si los recientes capítulos de la política argentina se convirtieran en una serie, se la podría acusar de caer en el exceso y de afectar, consecuentemente, la verosimilitud. Un presidente agobiado y asediado, solo y sin respuestas después de haber alcanzado índices inéditos de popularidad durante una pandemia; una vicepresidenta que no tenía los votos necesarios para llegar a la Casa Rosada y debió poner a un sustituto que terminó siendo una pesadilla de inoperancia y contra el que orquestó, golpe tras golpe, un desgaste público para humillarlo y hacerlo claudicar; un tercer actor, ambicioso y con alto índice de imagen negativa, que de pronto desplaza al Presidente y se convierte en la nueva figura fuerte de un gobierno y de un país envueltos en un caos económico.

Otros protagonistas secundarios alimentarían la historia: la opaca funcionaria que se convirtió en ministra un domingo de vértigo para caer en desgracia 24 días después; un excandidato presidencial al que hicieron volver de Brasil de urgencia y que soñó con el premio mayor y que a los 40 días terminó con una palmada en el hombro y un hasta luego.

La primera temporada podría terminar con el Presidente en la penumbra de Olivos, abandonado y derrotado, y con un primer plano del nuevo superministro con una sonrisa triunfal.

Un thriller político, repleto de traiciones, que podría ser apasionante si no fuera porque cada uno de nosotros está inmerso en esa historia irracional que ha llevado a un nuevo nivel a una crisis que ya de por sí era compleja.

Alberto Fernández sigue siendo el Presidente en los papeles; dispone, como dijo Cristina alguna vez, de los símbolos del poder (vive en la Quinta de Olivos, por ejemplo) pero no del poder. Ahora es el tiempo de Massa, Sergio Massa, ese tigrense con fama de zigzagueante que tuvo la sangre fría suficiente para esperar a que la crisis pusiera a Alberto tan entre las cuerdas como para que se doblegara ante las mismas condiciones que hace menos de un mes consideró inaceptables. Cristina, finalmente, que parece haber comprendido que nada iba a salvarla del naufragio final si la situación seguía con la dinámica que traía, consiguió sacar del medio a Alberto Fernández, a quien se cansó de exigirle que despidiera a los funcionarios que no funcionaban. Los “revoleó” ella y así estamos.

Massa se garantizó tener su propio gobierno dentro del gobierno: manejará las áreas clave de la economía -aunque no todas las que pretendía- para evitar el síndrome Batakis, una ministra que desgranó un discurso sensato en su efímera gestión pero que jamás pudo disponer ni del capital político ni de las herramientas, algunas incluso modestas, para apaciguar la crisis.

El tigrense llega con el título de “superministro” pero tiene ante sí una “supertormenta”, que no le otorga demasiado tiempo para comenzar a mostrar resultados.

Hasta ahora hubo un primer efecto positivo de su arribo al Ejecutivo. Consiguió al menos volver a crear expectativas, algo que ni la figura ni el gobierno de Alberto eran capaces ya de generar.

Es un elemento indispensable porque si algo necesita una gestión para atravesar una crisis es establecer primero la expectativa de que podrá hacerlo. ¿Y por qué le abre Massa al Gobierno esa puerta de oportunidad que ya se había cerrado? No porque se trate de una figura prestigiosa sino porque aparece como un dirigente que, por definición y ambición, es capaz de subsanar el déficit más notorio de Alberto Fernández: la inmovilidad y la indecisión.

Massa va a decidir -o al menos es lo que se espera- y por eso hubo una primera reacción positiva de los mercados. Porque, además, no creen que estén precisamente ante un dirigente que vaya a aplicar un manual de corte netamente kirchnerista.

El nuevo ministro de Economía, que es abogado, corre enormes riesgos. Si fracasa, fracasarán él y el Frente de Todos y se obturará su sueño presidencial. De todos modos, si no hubiera asumido el rol que ahora desempeñará, igual el Gobierno habría colapsado y Massa habría caído con él sin tomar decisiones sino siendo un efecto colateral del modo de no-conducción de Alberto.

Los mercados lo han recibido con benevolencia. No es un dato menor en medio del desastre porque ese fue el factor que terminó de desestabilizar a Alberto. Pero Massa deberá resolver paralelamente una cuestión aún más agobiante: la economía de todos los días. El sitio de información Bloomberg publicó un informe que señala que en Argentina la canasta de alimentos ya cuesta tanto como en Europa pero con un detalle: los sueldos están un 75% por debajo. Ahí está el drama y una complicación política y social latente para el Gobierno.

El flamante ministro se ha convertido ahora en el nuevo interlocutor hacia afuera -manejará las relaciones con los organismos internacionales- y también hacia adentro. Los gobernadores oficialistas tuvieron un rol relevante en su llegada a Economía; circula la anécdota de que en la última reunión con el Presidente uno de ellos le dijo: “Alberto, o hacés algo o no durás 20 días”.

En ese contexto, ¿cuál será la relación con Juan Schiaretti? El gobernador fue un fugaz socio político del tigrense, cuando conformaron junto a Miguel Pichetto y Juan Manuel Urtubey el fallido experimento del Peronismo Federal, aquella avenida del medio de la que cada uno salió por el costado.

Desde el schiarettismo se encargaron de enfriar rápidamente cualquier asociación con el nuevo ministro. “Tanto De la Sota como Schiaretti siempre estuvieron en contra del kirchnerismo. Si los otros se han pasado al kirchnerismo es problema de ellos. Y Massa se pasó al gobierno kirchnerista”, dijo el diputado Carlos Gutiérrez en Palermo.

Podrán abrirse canales de diálogo entre Córdoba y Buenos Aires pero la relación no se distenderá públicamente mientras la imagen del gobierno nacional mantenga en la provincia los elevados índices de rechazo que hoy posee y mientras el antikirchnerismo siga tan arraigado. La elección de 2023 parece estar lejos pero no tanto.

El empoderamiento de Massa tiene además un correlato en el peronismo de Río Cuarto. Actualmente, Adriana Nazario está encolumnada con el tigrense y ese acuerdo permitió que un buen número de dirigentes locales -quien tiene el cargo más alto es Marcos Farina como secretario de Transporte- ocupen puestos en el Ministerio que conduce Alexis Guerrera. Pero la continuidad del propio Guerrera como ministro está en duda y podría convertirse en secretario de una cartera conducida por Gabriel Katopodis.

Hasta anoche, ninguno de los riocuartenses sabía cuál es su futuro en el gobierno nacional.