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Milagros, encuestas y un gobernador más antikirchnerista

El gobierno nacional cambió la agenda y la actitud en busca de dar vuelta el resultado. En Córdoba, Schiaretti intensifica la diferenciación y reclama acciones urgentes a favor del campo.

¿Hay alguna chance de que el gobierno nacional, castigado contundente y extendidamente en las Paso, pueda recuperarse electoralmente y consiga en noviembre ganar la elección y evitar así un deterioro aún mayor en el plano político y legislativo?

La política, y sobre todo la política argentina, es una tierra de posibilidades. Sin embargo, no hay demasiados antecedentes de una proeza semejante. Se menciona recurrentemente el caso San Luis, digno de estudio. En 2017, después de 34 años, los Rodríguez Saá, dueños indiscutidos del poder, padecieron en las Paso una asombrosa derrota por más de 19 puntos a manos de su antiguo aliado Claudio Poggi. Dos meses después, en una remontada histórica, en la que Adolfo y Alberto no se privaron de nada, la familia Rodriguez Saá no sólo descontó la ventaja sino que, además, le sacó una diferencia de 12 puntos a un Poggi atónito.

Pero por algo siempre se vuelve al mismo ejemplo, a San Luis: porque es excepcional.

Aunque también Mauricio Macri, sepultado por una crisis económica y un aluvión de votos en las Paso de 2019, consiguió lo que parecía imposible:insuflarle a su campaña presidencial, la que definía el poder, un aire de optimismo y de posibilidad. Terminó derrotado pero no en los mismos términos:recortó la ventaja a la mitad y, sobre todo, modificó la sensación de que Cambiemos estaba acabado como opción de poder.

Después de la derrota del 12 de septiembre, el gobierno de Fernández entró en una vorágine con componentes autodestructivos pero, pese a todo, logró sobrevivir. La tregua entre los socios de la coalición parece precaria, pero es una tregua al fin.

¿Podrá en esas condiciones dar vuelta el resultado?

No es, precisamente, una empresa sencilla. Las encuestas posteriores a las primarias sostienen que el Frente de Todos, después de los días convulsionados que siguieron a la elección, en vez de mostrar una tendencia de mejora se inclinó más bien hacia un erosionamiento aún mayor. Sería la consecuencia lógica de la irresponsabilidad y la imprevisibilidad que mostraron los principales referentes de la coalición. Sin embargo, como ha quedado demostrado, creer en las encuestas de opinión en Argentina sería como dotar de rigor científico a un vaticinio de Horangel.

Tendría que combinarse una multiplicidad de factores y producirse una considerable cantidad de olvidos para que el Gobierno pueda revertir la elección. La nueva agenda que están tratando de imponer Juan Manzur, el jefe de Gabinete que tuvieron que ir a buscar a Tucumán, y los nuevos ministros debería tener la potencia suficiente como para relegar de la memoria la semana descontrolada de Cristina Fernández que tuvo en jaque al Presidente, pero también a la inflación, la pandemia, el deterioro del poder adquisitivo, la falta de perspectiva.

Sin embargo, al oficialismo la derrota le sirvió para abandonar su letargo. Al menos, en la semana que pasó mostró otra actitud, más activa, menos contemplativa, menos inclinada a salirle de atrás permanentemente a la agenda que proponía e imponía la oposición.

Es más, prefirió correr el riesgo de sobrepasarse y sobreactuar como al eliminar de un plumazo las restricciones por el Covid antes que seguir resignando la iniciativa. Ahora es la oposición la que se ve obligada a reaccionar ante la temática y el contenido propuesto por el oficialismo.

¿Alcanzará? Imposible anticiparlo. Todavía le falta oficializar una parte de la batería de anuncios económicos que generan una doble incertidumbre:cómo impactarán primero electoralmente y después sobre el resto de las variables de la economía.

Pero a esta altura, y después de la paliza de hace dos semanas, no está de más preguntarse si al Gobierno solamente le serviría dar vuelta el resultado o si le bastaría con acercarse. ¿No podría vender como una especie de épica una diferencia menos abultada? ¿No contribuiría a trastocar la imagen de un oficialismo muerto por uno con signos vitales?

Entre los objetivos del Frente de Todos no están sólo los anímico-políticos sino que también se encuentran los fácticos:apunta a recuperar para sí provincias que perdió y que tienen una extensa trayectoria de triunfos peronistas. Si lo consiguiera en algunos distritos podría evitar que la composición del Congreso, y sobre todo la del Senado, pase a ser tan adversa como la que surgiría si se repitiera lo que ocurrió en las Paso.

Entre las acciones que encaró el nuevo gabinete tal vez una de las más complejas haya recaído en Julián Domínguez, nuevo ministro de Agricultura. Ayer, sábado, se reunió con Manzur y con Fernández y salió de allí con la misión de recomponer la relación y el diálogo con el campo, quebrados por una combinación de componentes históricos e ideológicos y por una serie de decisiones recientes como, por ejemplo, el cepo a la carne.

El área de Difusión de la Presidencia informó que Domínguez espera reunirse en los próximos días con los gobernadores de las provincias ganaderas para tratar de encontrarle un principio de salida al conflicto. Entre esas provincias está, obviamente, Córdoba.

Desde el Panal, la respuesta al anuncio fue fría:“Nuestra posición está perfectamente clara. No necesitamos ninguna reunión sino que se tomen las medidas que venimos reclamando”. A partir de esa postura, la pregunta que queda flotando es si JuanSchiaretti irá al encuentro o preferirá mantenerse al margen.

El gobernador viene de reunirse en Córdoba con la Mesa de Enlace nacional y después del encuentro hizo declaraciones que sonaron como música para los oídos de los dirigentes rurales:las retenciones deben bajar y el cepo desaparecer, planteó el gobernador.

La reunión con el campo le sirvió al mandatario provincial para reforzar un posicionamiento que intensificó después de las Paso: la diferenciación aún más notoria con el gobierno nacional.

Schiaretti no publicó ni un tuit durante el feroz enfrentamiento Cristina-Alberto, que afectó la institucionalidad y amenazó la gobernabilidad. Tampoco estuvo, previsiblemente, en el almuerzo postraumático que juntó en La Rioja al Presidente con los mandatarios peronistas.

El gobernador tiene decidido sostener la línea discursiva que desplegó en las Paso -la idea del modelo Córdoba exportable a la Nación como una tercera posibilidad por fuera de la grieta- pero a la vez profundizará la diferenciación con la Nación. El comando de campaña pretende que Hacemos por Córdoba ejerza un antikirchnerismo evidente pero menos virulento que el de Juez. Así, espera capturar votos de los partidos que no pasaron el corte en las primarias pero, sobre todo, una porción de quienes eligieron a Mario Negri y no comulgan con el estilo del líder del Frente Cívico.

Por eso se percibió en los últimos días una exteriorización más intensa de las diferencias entre el gobierno de Córdoba y el nacional. Y no sólo se vio en el encuentro de Schiaretti con la Mesa de Enlace sino también en la respuesta que dio la provincia a la decisión de Manzur de eliminar la obligatoriedad del uso del barbijo al aire libre y de permitir las reuniones sociales sin límite de concurrencia.

Aquí no sólo seguirá la exigencia del tapabocas sino que no podrá haber reuniones sociales de más de 20 personas. Las disposiciones son, a esta altura, casi una ficción sanitaria pero contribuyen a conformar una construcción política.

Córdoba, que durante la segunda ola pugnó por una permisividad mayor en las restricciones y por una vuelta a las aulas menos morosa, ahora se presenta como uno de los distritos que contrapone al apuro kirchnerista una actitud de prudencia.