Mi hermano mayor me llevó a la pileta durante algunos años de mi niñez con un pie en la adolescencia. En la Aceituna (el ómnibus que iba hacia allí), llegábamos bien temprano y entre las piletas, su trampolín, muchas chicas y muchachos, con los que jugábamos a "de todo", pasábamos casi todo el día. Un buen comedor, con menú diario y un paisaje de un tiempo de mi vida que no olvidaré jamás. Por mi hermano y por el club, en donde, entre otras cosas, hicimos, en el secundario, el baile de egresados.
En esa época hablar de golf, para un futbolero como uno, remitía a Roberto De Vicenzo. Llegarían luego a mi orgullo Florentino Molina y los hermanos Horacio y Luis Carbonetti, como ídolos locales sin haber tomado un palo de golf en mi vida.
Hoy, 14 de abril, es un día especial para el golf argentino. Es el del nacimiento de Roberto De Vicenzo en 1923. Y fue, desde 1968, un día especial para el propio De Vicenzo. Su nacimiento estuvo enmarcado por un hogar con ciertas carencias. "Su madre, Rosa Baglivo, falleció en el parto de mellizos que murieron con ella en 1933. Roberto era el quinto de ocho hijos (siete varones y una mujer), tenía apenas 10 años y por entonces preparaba sus palos para jugar su primer torneo de caddies. Allí, en medio de una situación desesperante y gracias a la agudeza de sus sentidos, empezó a modelar su impronta de campeón. No era siquiera un adolescente y ya se había convertido en el sostén familiar". Esto, descripto por el colega Gastón Saiz en junio del 2017 en La Nación, sirve para empezar este homenaje, sucinto y sentido a Spaghetti (Popeye), como lo bautizó el periodista Gregorio Milderman, por sus fuertes brazos y el uniforme de marinero. Luego los ingleses lo llamarían Old Robert y en el mundo entero es conocido como “El caballero del golf”.
Ganó 231 torneos en 18 países de los cinco continentes, conquistó el Abierto Británico de 1967, arañó el Masters de 1968 y es miembro del Salón de la Fama.
El día de su cumpleaños 45 pasó a ser para la afición golfística, deportiva en general y, fundamentalmente para él, una jornada increíble. Llena de frustración.
Fue un grave error que cometió en el Masters de 1968 (en realidad no directamente él) y por su actitud honrada cuando se evidenció, llenó de asombro al mundo. Al finalizar el torneo, no revisó su tarjeta llenada por su compañero de línea Tommy Aaron, quien le había anotado cuatro golpes en el hoyo 17, en lugar de los tres para birdie que había hecho. De Vicenzo firmó y presentó la tarjeta con ese golpe de más. Según las reglas del golf, si una tarjeta tiene más golpes que los realmente efectuados, se acepta la puntuación declarada por el golfista. Por eso De Vicenzo, que en el campo había empatado el primer lugar, terminó segundo. Bob Goalby se adjudicó el Abierto. Cuando se enteró del error que había cometido, se limitó a expresar una simple frase que quedó para la historia: "Qué estúpido que soy". Nunca culpó a Tommy Aaron, quien había llenado su tarjeta, ni al comité, que se limitó a aplicar las reglas.
"A partir de la pérdida de mi madre quedé al cuidado de lo que sucediera con mis hermanos menores, porque mi padre Elías y mi hermana mayor trabajaban todo el día. Le preparaba el puchero a toda la familia. Mi hermana me dejaba la verdura y la carne lista y a mí me tocaba hervir el agua y luego cocinar para después servirlo", recordaba el Maestro en el libro "Caballero, golfista, campeón", de Luis Melnik. De esa forma, desde pequeño, aprendió los conceptos del orden, el respeto y asumió una prematura responsabilidad. "Si no existen las responsabilidades y los compromisos desde la niñez, al crecer se piensa que todo tiene el mismo valor", reflexionaba. ¡Vaya si el golf es un deporte en el que la honestidad y el hacerse cargo juegan su partido!, agregaba Saiz en su crónica del 2017.
De Vicenzo, aquel jugador venerado por Jack Nicklaus, Gary Player y muchas otras leyendas, respiraba golf desde muy joven: cuando no estaba en la cancha practicaba con un corcho y una vara, imitando una pelotita y un hierro. Pero además se imaginó en otros deportes. Quiso ser boxeador y hasta se subió a un ring durante un entrenamiento, aunque la anatomía de su cara le jugaba en contra: "Me puse a pensar que mi nariz terminaría torcida, por su tamaño era difícil errarle un golpe". También probó con el fútbol y tentó suerte en Platense, un club cercano, pero el entrenador nunca llegó a la práctica. Datos que ayudan a homenajear en Puntal al gran don Roberto.
Jugó y ganó en nuestro Río Cuarto Golf Club. Fue el primero en ganar el Abierto Senior, en 1987, por ejemplo. Debutó con apenas 15 años en el Abierto de la República, en la cita de 1938 en el Ituzaingó Golf Club. Jugó con palos prestados, zapatillas de goma y ropa inadecuada. Cuando el prestigioso aficionado Luis Obarrio le preguntó por qué jugaba con ese calzado, respondió con su ingenio: "¿Sabés qué pasa, Luis? Me auspicia Alpargatas". Desde 1955 a 1961 emigró con su familia a México y retornó en el 62 para ganar todo. Falleció el 1° de junio de 2017, a los 94 años, en la localidad de Ranelagh, provincia de Buenos Aires. El deceso se produjo por causas naturales, tras un accidente doméstico del que no logró recuperarse totalmente.
Así, el saludo a Roberto De Vicenzo, a lo más representativo del golf argentino de todos los tiempos. Un Fangio, un Vilas, un Diego, un Ginóbili, un Messi, un Monzón, un Porta... un grande. Vaya este tributo, de alguien qué jamás tomó un palo para jugar a ese hermoso deporte, pero me huele que a los que están cerca de hoyos, salidas, swings, birdies y demás les gustará el abrazo a De Vicenzo. Uno bien fuerte, de esos que saltan los aislamientos contemporáneos.
Osvaldo Alfredo Wehbe. Redacción Puntal

