Rostros y Rastros historia | Pamela Brizzio | familia

La búsqueda de la identidad desde edades tempranas

En niños y en adultos, saber quiénes somos y de dónde venimos es una necesidad innata. En la infancia, las historias familiares contribuyen a la construcción de identidad, personalidad y hasta la resolución de conflictos

Hoy es el Día de las Infancias y en este intento de representar esa etapa de la vida de la manera más fiel posible a partir de nombrarlas como son, en esta era en la que la identidad es lo más preciado y debe respetarse, una época del mundo en la que se promueve valorarnos tal cual somos, diversos, únicos; la historia de nuestra familia es parte de ese hilo que nos trae al presente. Hay historias trágicas, hay niños, niñas y adolescentes que bien pueden querer olvidar sus historias por poco felices, otros en cambio rescatarán hazañas impensadas de sus abuelos o bisabuelos, pero como quiera que sean las historias, siempre es mejor conocerlas a desconocerlas. Porque eso es lo que marcará nuestro antepasado.

Sumergirse en las raíces de la familia es adentrarse en un pasado compartido. Es responder a preguntas como ¿quién soy? ¿De dónde vengo? Es una forma, a partir de la historia, desde donde se puede construir un futuro mejor. Este Día de las Infancias puede ser un buen momento para convocar a esos momentos mágicos de historias pasadas.

Por la expectativa de vida de los seres humanos podemos llegar a convivir con nuestra familia hasta en cuatro generaciones simultaneamente, nacemos en una familia, nos desarrollamos y morimos dentro de ese hilo conductor que es parte de lo que somos.

Desde Rostros & Rastros hablamos con la psicóloga Pamela Brizzio (MP 4925) para conocer qué pasa en los niños y niñas cuando comienzan a conocer su propia historia, las biografías de sus abuelos y bisabuelos. “Primero hay que decir que es altamente recomendable que todas las personas, incluidos los niños comiencen a conocer su historia, siempre decimos que conocer nuestro antepasado es conocer nuestro presente. Por eso es importante que los niños empiecen a tener noción y conocimiento de la historia de sus familias y así poder desarrollar muchos beneficios respecto de la construcción de su personalidad, de su identidad y hasta la posibilidad de resolver situaciones”.

Explica la licenciada que los seres humanos en general deseamos el afecto, deseamos pertenecer y deseamos tener conexión con la vida, con nuestro sistema. “Esto de ser parte, de pertenecer a un sistema familiar indica que inevitablemente somos parte, mas allá de cual sea mi historia, y más allá de cual sea nuestro antepasado, si los conozco, si no los conozco, si tuve relación o no, si fui amado, si fui deseado, o si no lo fui, sea como sea, no podemos evitar ser parte de aquellos que me dieron la vida. Esa vida viene de mucho más lejos que simplemente mis progenitores o mis padres biológicos, viene atravesando un camino de generaciones tras generaciones. Si está a nuestro alcance conocer y estar al tanto de dónde venimos y cómo somos, siempre va a ser mucho más productivos saberlo”.

¿A qué edad los chicos pueden comenzar a preguntar por su pasado?

-Pueden hacerlo en diferentes edades, depende de cómo es el niño, de sus intereses, de su capacidad de reflexión o la relación con su familia. Es cierto que cuanto más frecuente y cercana es la relación con abuelos y tíos se genera más curiosidad, pero tarde o temprano la búsqueda de la identidad nos atraviesa y nos interpela. La edad es variable, pueden preguntar entre los 4 y 5 cuando los niños empiezan a tener más conciencia, o cuando tienen relación con otros pares y se dan cuenta de las diferentes familias que hay. También puede pasar que a un niño esto le surja a los 8 o 9 años, es variables de acuerdo al niño y a la familia.

¿En qué nos favorece saber?

-Saber sobre nuestra historia nos genera relaciones perdurables, conectarnos con los miembros de nuestra familia y conocer sobre la historia ocupa una necesidad innata en cada uno de nosotros, nos ayuda a ser compasivos en este entendimiento de las cosas que la familia ha atravesado, lo que han pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mis padres, nos ayuda a ser resilientes, porque mirar cómo a lo largo de nuestra historia nuestros familiares han logrado traspasar situaciones adversas nos da la posibilidad de creernos capaces de transformar nuestras propias vidas.

Y particularmente en los niños, cómo afecta.

-Algunas investigaciones sostienen que los niños con conocimiento de su historia logan ser más resilientes que otros, cuando más conocían de sus antepasados, más fuerte era su control sobre su propia vida, más autoestima tenían y creían con más acierto que sus familias funcionaban bien; esto resultó ser el mejor factor de pronóstico sobre la salud emocional de esos niños. Por lo cual es realmente favorecedor, saber de nuestra historia nos da un sentido de pertenencia y fomenta la identidad, es salvador para algunas personas, y fomentarlo desde pequeños es sin dudas muy favorable.

Además, generar un momento de diálogo compartido debe ser también valorado.

-Así es, si los abuelos viven es mejor que sea de parte de ellos de quienes venga la información, que hasta a veces se desconoce por parte de los padres, muchas veces se mueven historias de abuelos a nietos que no se transmitieron a los hijos, entonces que sea de primeras fuentes es mucho más rico.

Hay algo muy importante también y es que se trata de un proceso que genera una movilización emocional y hay que tener cuidado con eso, en las emociones que pueda generar después el hecho de conocer esas historias. Si no son relatos muy felices, o hubo algún hecho trágico hay que tener algún grado de resguardo, pero tampoco tenemos que subestimar tanto a nuestros niños creyendo que son incapaces de sostener algunas cosas, sí hay que evitar detalles escabrosos que puedan lastimarlos pero pueden entender que haya habido algo grave, a veces un buen recurso es contarlo como si fuera una historia sin dejar de decirles que es real, o bien contarla en partes y esperar un tiempo para sean capaces de captar esos detalles.

Por Fernanda Bireni